Échame una mano prima


Hola, queridos. Hoy toca cuento. Pero no uno de hadas que de esos ya no quedan, un cuento de terror, basado en hechos reales y con final abierto. Y como estamos a tope con la historia de Maricarmen, hoy os traigo la de Amaya. Amaya es una mujer de 51 años. Bueno, sentaos que esto es largo, casi tanto como una declaración trimestral.

Amaya se licenció allá por el 2001. Y mientras estudiaba, compaginó la carrera con trabajillos de esos que no quedan bien en el currículum pero sí en la espalda, para sacarse unos eurillos para sus gastos. Y desde que terminó, no ha dejado de trabajar ni un solo día. Empalmando un empleo con otro, como quien empalma resfriados en invierno. Siempre con ganas de mejorar, una optimista de manual. Eso se cura, pero tarda.

En lo personal, todo de perlas. Se compró un pisito, y atención, que lo PAGÓ. Un piso pagado. Hoy eso es como decir que has visto un unicornio en bicicleta. Se casó algo mayorcita, tuvo dos hijos maravillosos, y entonces pensó: "Quiero tener más tiempo para ellos". Y tomó una decisión lógica, emprender. Si, se hizo autonoma.

Y durante años, todo ha ido de maravilla. Clientes no le faltan, el trabajo sale, y así pasaron diez añitos, que se dice pronto. Pero se dió cuenta que el colchoncito de clase media que había acumulado empezó a menguar. Primero era un colchón de matrimonio, luego uno de cama de noventa, después un cojín... y hoy, señoras y señores, es mas una alfombrilla de ratón y de las baratas, de las que regalan en las ferias.

Y entonces Amaya hizo algo peligrosísimo: pensar. Se dio cuenta de que cuando era estudiante, con sus trabajillos, tenía más dinero que ahora, después de más de veinticinco años trabajando! Veinticinco años! Una inversión con rentabilidad negativa. Si esto se lo propone un banco, lo cierran. Bueno no, que a esos los rescatan.

Así que ha decidido buscar un empleo por cuenta ajena. Ojo, no porque el negocio vaya mal que clientes tiene, lo que no hay es rentabilidad. Y ahora algunos estaréis diciendo: "Claro, no sabrá administrarse". Ya os veo, con el dedito levantado, "yo en su lugar…". Pues no, queridos, Amaya eligió un negocio sin apenas gastos: teléfono, luz, agua, internet y reponer lo que se rompe. Local propio, sin plantilla y sin coche de empresa. Un negocio tan austero que haría llorar de emoción a un monje.

Entonces, ¿dónde se va el dinero? ¿Al bingo? ¿A las tragaperras? ¿A una vida de desenfreno en Marbella? Pues no queridos. ¿Sabéis dónde se va? Pues cada tres meses, puntual como un reloj suizo, viene el señor de las tierras a recaudar lo que es suyo. Y como Amaya es legal y trabaja como Dios manda, paga. Y entre lo que se lleva el recaudador, la cuota de autónomos, la gestoría, los suministros y demás, casi cuatro meses de cada doce, trabaja altruistamente para la nación. Con el dinero de los ocho restantes tiene que vivir, comer, pagar los gastos y mantener a la familia. Un reparto muy justo, como el de las pizzas cuando se las come otro.

Y encima, sin vacaciones. Bueno, vacaciones sí tiene: se llaman "días en los que no se factura". Y de bajas, ni hablamos: Amaya no se pone enferma. No es que sea una superheroína, es que su seguro de baja es muy sencillo: no enfermar. En resumen, que lleva años pagando por trabajar. Y eso, si lo pensáis, es como pagar entrada para entrar en tu propia casa.

Total, que se ha pasado por el antiguo INEM, hoy SEPE, que cambia de nombre más que un cantante en decadencia. Y le atendió una chica maravillosa, un cielo, que conste. Y esa chica, con toda la amabilidad del mundo, le vino a decir lo que ya sabe medio país: que la mejor opción para un trabajo estable hoy en día es sacarse una oposición. Es decir, que el consejo del Estado a una emprendedora es: "Deje usted de emprender y póngase a memorizar un temario durante años". Es como decirle a alguien que se está ahogando: “Tranquilo, lo que tiene que hacer es sacarse el titulo de socorrista”.

¿Y, a caso esto no es un grandísimo fiasco? ¿Un país donde la única salida estable es opositar? Mientras en medio mundo aplauden al emprendedor, le ponen la alfombra roja, lo animan, lo cuidan, porque saben que crea riqueza. Aquí le ponemos alfombra, sí, pero atada al cuello.

Y yo me pregunto: ¿quién va a pagar tanto subsidio si cada vez quedan menos empresas? Es como una granja donde el granjero, en lugar de cuidar a las vacas, las ordeña con tanto entusiasmo que ya solo quedan tres. Y la vaca número cuatro, que es Amaya, dice: "Yo me voy a pastar al SEPE".

Y a los funcionarios que me escucháis: un abrazo, no va por vosotros, que os queremos mucho. Pero por si acaso, id siendo amables con los pocos autónomos que quedan que al final os van a sacar los higadillos para poder subsidiarlos a todos.

Y que no es tan difícil, señores, que solo hay que usar el sentido común. Que si un trabajador con el salario mínimo se lleva unos 16.000 euros netos al año, un autónomo ganando lo mismo se lleva unos 11.000. Sí, habéis oído bien: cinco mil euros menos. Y encima, sin vacaciones, sin baja y sin paro. Es como correr una maratón y pagar, además, la inscripción del que va delante.

En resumen, queridos: la vivienda es un problema, por supuesto. Pero tranquilos, que si no podéis pagarla, podrán construir millones de casas que podréis mirar desde fuera con cara de arquitecto. O haceros okupa, claro, porque pagarla, pagarla, lo que se dice pagarla, no la vais a poder pagar.

Bueno que todo esto era para deciros que si os enteráis de algún trabajillo digno por ahí, avisadme. Me presento: 51 años, licenciada en marketing y gestión comercial, más de veinticinco de experiencia, dos hijos, un piso pagado y cero ganas de opositar. Qué triste es de pedir, pero más triste es de robar. Y encima robar, con la competencia que hay, tampoco sale rentable.

Si tienes algún amigo amargado por las noticias de la tele, por favor, compártele esto, lo mismo sabe de algo para mí.




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