Koke y la misión imposible de ser niño

Pues mira, hoy me he despertado con un cóctel emocional tan espectacular que ya lo quisiera un guionista para su serie turca. Una mezcla finísima, ¡gourmet! Si yo fuera un menú, hoy sería “Tristeza reducida al vino tinto, ira flambeada y una indignación tan fuerte que viene con casco y advertencia de seguridad”.
Vamos,
una emoción digna de tener su propio documental en Netflix, con entrevista a expertos y un narrador con voz profunda diciendo: “Y fue entonces… cuando todo se fue a la mierda”.

Porque mira, estamos todos en modo defensa de la mujer, que ole, sí, aplauso, voltereta, viva y bravo. Ya era hora. ¡Que nos faltaba ponerle música de Beyoncé de fondo!
Pero yo, desde mi humilde y deliciosa ignorancia me pregunto:
¿y los niños, queridos?
Sí, LOS NIÑOS, esas criaturas baj
itas, pegajosas y sinceras como auditoría de Hacienda, que creen que los espaguetis crecen en los árboles y que los adultos sabemos lo que hacemos (benditos inocentes).

Niños de cinco años, esa edad gloriosa en la que su mayor dilema existencial es si es verdad que los dinosaurios desaparecieron o si se pueden encontrar uno perdido por el bosque. O si es mejor pintar este dibujo con el rojo o con el verde. O que cuento le digo a mi mami que me cuente esta noche.
Pero no, al parecer ahora los niños están
en liquidación, oye. A una mujer la sacan de un mal entorno, oye que perfecto, maravilloso y sobre todo necesario, pero si un niño vive con su propio villano de Marvel… pues nada, aquí todo el mundo silbando, mirando al techo, “yo no he visto nada”, como si estuviera pasando un camión de helados tocando “Despacito”.

Y ya estáis pensando, ¿Y esta qué trae hoy, qué ha pasado? Pues resulta que yo, señora tradicional, mari por edad, que no manejo redes sociales porque no me entero y visto lo visto, honestamente mi salud mental lo agradece. Vivo en una burbuja hermosa, fabulosa, estilo spa espiritual sin wifi. Hasta que ayer ¡toma! la realidad me golpea en la cara con un pan congelado.

Y me entero de la existencia de una joyita… una señora que se autoproclama “Lamejormadredelmundo”. Madre de un pobre crío de 5 años que, por lo visto, cometió el terrible pecado original de nacer NIÑO.
¡El horror, señora! Peor que pisar una pieza de Lego descalza. Peor que un lunes en enero. Peor que perder el Wi-Fi justo cuando el protagonista iba a revelar el secreto de la serie. Vamos, un drama nivel “final de temporada”.

Total, que esta señora, que parece tener alergia a los hombres, incluido el que salió de su propio útero, ha decidido que su hijo tiene que ser una niña. No que quiera, no, que tiene.
Y mira, yo soy la primera en defender que cada quien viva como quiera, faltaría más.
Pero hormonar a un niño de CINCO años? Cinco si, el número ese que viene antes del seis y después del “me hago pis”. Y a los 15 dice que lo va a castrar.

Señor 5 años. A esa edad el 80% de tus pensamientos son: ¿Mi color favorito es el verde o ahora es el verde un poco mas oscuro? ¿Con qué juego de mesa voy a jugar con mami por la tarde?. A esa edad yo no sabía ni atarme los cordones. Este crio, según la Perfect Mother, ya maneja términos como “identidad profunda”, “alma de lesbiana” y yo qué sé cuánta iluminación de catálogo espiritual.

Cariño, por favor. Con cinco años si tú dices que te gusta el yoga, él es maestro tibetano.
Si dices que te gustan los zombies, él desayuna con tres. Si dices que hablas con los árboles, él ya tiene dos encinas de mejores amigas.

Porque para él tú eres Atenea, Zeus y todos los caballeros del zodiaco. Eres su religión, su universo, su centro de gravedad emocional. Y él solo quiere que lo quieras. Que sonrías. Que le digas “muy bien, cariñoy le des el abrazo mas caluroso de mamá. Así que claro que te va a repetir lo que dices… como un lorito de repetición.

Y hoy en día,todo el mundo rasgándose las vestiduras porque hay que cuidar la “salud mental”. Sí, claro. Pues mira, este niño va camino de tener una mente más complicada que un puzle 4D. Cuando tenga 20 años no sabrá si le gusta el helado de vainilla o quiere mudarse a Mongolia con una cabra de compañía. Porque imagínate conciliar “lo que hago para que mamá me quiera” con “lo que realmente soy sin filtros de TikTok”.

Esto es como lo que pasaba antes con los homosexuales, pero versión remix. Antes los obligaban a parecer hetero. Ahora, si te toca una madre iluminada nivel gurú esotérico, te fuerzan a lo contrario. Y tú imagínate que al niño, pobrecito, le da por ser heterosexual, que puede pasar, vamos digo yo, y claro… tiene que decírselo a mamá después de media vida hormonado desde los Teletubbies. ¡Pobrecito mío, si ni va a poder ejercer!

Y mira, alguien tiene que decírtelo guapa: TU LIBERTAD ACABA DONDE EMPIEZA LA DEL OTRO. Tú puedes creer en que las piedras hablan, que los chakras bailan o en que el universo te manda señales. Pero a tu hijo no le puedes escribir su biografía con boli permanente, por mas que te apetezca.

Esto es como la gente que dice:
—Mi hijo es vegano.
¿Vegano de qué? ¡Pero si no sabe ni lo que es la vida! ¿Va a saber lo que es la pirámide nutricional?

Y entre tanto postureo, tanta imposición, tanta mamarrachada… ¿quién protege al crío?
Porque lo tenemos ahí, en directo, en pr
imera linea de red social. El Reality Show del Despropósito Humano.

¡LOS NIÑOS SON NIÑOS! ¡LOS ADOLESCENTES, ADOLESCENTES! ¡Y LOS ADULTOS, ADULTOS!
No hay que meter el turbo. No hay que desbloquear niveles antes del tiempo. No hay que hackearles la infancia.

Que sí, que hay personas que desde pequeñas tienen clarísimo quiénes son. Y ole por ellos. Pero que sea su decisión, no una misión secundaria para conseguir el afecto de tu adulto de referencia.

Y ahora ya, en nivel furia máxima, me pregunto: ¿Quién es el iluminado de pediatra que firma estas recetas de hormonas? ¿Con qué manual, qué brújula, con qué horóscopo trabaja? Porque o es un gurú reencarnado… o alguien se olvidó el sentido común todavía sin desprecintar en casa.

En fin, queridos: Hay un niño que necesita ayuda. ¡YA!
A ver si dejamos de jugar a ser Dios y de dirigir la vida de los demás, sobre todo la de quienes solo quieren dibujar dinosaurios, comer dulces y que su madre no los convierta en su proyecto personal de bricolaje emocional.


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