Cultura 210-Vida 39

Hola, queridos. Hoy vengo a hablaros de un tema maravilloso, fascinante, divertidísimo… sí, exacto: el tema del que nadie quiere hablar porque parece que da mas urticaria que la peste porcina o la gripe aviar. Vamos a charlar, con calma y cariño, del aumento de suicidios en adolescentes. Ya lo sé, ya lo sé… “qué alegría de tema”, pensaréis. Pero oye, si nadie quiere mencionarlo, yo vengo a arruinaros el café.

Resulta que desde 2019-2020 los suicidios entre adolescentes han subido. Bastante. Mucho. Como para que cualquiera con dos ojos y una neurona funcional se diera cuenta. Pero claro, ¿quién necesita ojos cuando tienes presupuestos? Y yo me pregunto:
¿Alguien se enteró? ¿O están esperando a que los chavales cumplan 18, se conviertan en contribuyentes oficiales y entonces sí, entonces sí, sus problemas empiecen a interesar? Porque claro, hasta que no pagas IRPF, tus emociones vienen como en modo demo.

Ahora, hablemos de dinero, que siempre pone a la gente en tensión. Resulta que el Ministerio de Sanidad dedica la magnífica, gigantesca, descomunal cifra de 18 millones de euros a la prevención del suicidio. Para toda España. Sí, sí, España entera. Lo que viene siendo una propinilla de cumpleaños.

Pero tranquilos, que esto no termina aquí: añaden también 39 millones para salud mental. También para toda la población. Y ahora viene mi parte favorita: no hay absolutamente nada pensado específicamente para menores. Porque claro, ¿para qué invertir en quienes no votan? ¿Qué sentido tiene prevenir el sufrimiento de personas que no pueden poner una papeleta en una urna? Eso sería casi… ¿responsable? ¿humano? Nada, nada, demasiado complicado, mucho trabajo para poco resultado.

Pasemos a los datos históricos. En 2010 hubo 288 suicidios de jóvenes hasta 29 años. En 2023, 364. Nada dramático, solo unas cuantas decenas de vidas más. Tampoco es para tanto, ¿no? Que luego la gente se pone sensible. Siempre puedes coger esos números, convertirlos a porcentajes, y voilà: magia estadística, ya no suena tan grave. Total, ¿quién necesita saber que detrás de esos números había vidas y sufrimiento real?

No he conseguido encontrar cifras detalladas únicamente de menores. Deben estar en algún cajón perdido entre “ya lo publicaremos” y “uy, se nos ha traspapelado”. Pero todo apunta a que la cosa va a peor. Y yo, inocente de mí, me pregunto: ¿dónde está la indignación colectiva? ¿Dónde está la gente manifestándose? ¿Dónde están los debates políticos, los reportajes de máxima audiencia, los tertulianos sudando por hablar de algo que de verdad importa?

Ah, claro… la pirámide poblacional. Los chavales son poquitos en la base. Un detalle menor. No pasa nada: cuando crezcan lo suficiente como para votar, ya será otro grupo el invisible. Un plan perfecto, ininterrumpido, eterno. El ciclo de la desatención, ¡patrocinado por tu democracia favorita!

Pero sigamos, que ahora viene una parte especialmente… deliciosa. En los Presupuestos del Estado de 2024, el Bono Cultural Joven, ¿os acordáis? ese vale mágico de 400€ para pillar discos, entrar al cine o meterse más streaming en vena del que ya consumen. Pues tenia asignado la friolera de 210 millones de euros anuales. Sí, sí: 210 millones para cultura juvenil. Mientras tanto, salud mental para toda la población: 39 millones. Repito: 39 frente a 210. O sea, básicamente, que si un chaval está mal, quizá lo que nuestros líderes recomiendan es: “Tú ponte Netflix y ya se te pasa”. Terapia por streaming, lo último en innovación, oye.

Y mientras tanto, en el mundo real, aquí seguimos viendo problemas que podrías detectar hasta con los ojos cerrados y guantes de boxeo puestos.
Que si el uso compulsivo de móviles en menores.
Que si las redes sociales les están destrozando autoestima, sueño, vida social y probablemente la fe en la humanidad.
Que si el consumo de porno empieza tan pronto que casi coincide con la caída de sus dientes de leche.
Que si ya apuestan online antes de saberse atar bien los cordones.
Que si están más horas en TikTok que en la vida real.
Y qué me decís del ciberacoso, ese
bullying premium, con retransmisión 24/7 para toda la clase y exportación internacional. Nada nuevo, claro, solo que ahora se graba en HD.

Pero bah, no pasa naaaaada, lo importante es que los chavales no den guerra. Que estén entretenidos. Y si se convierten en pequeños borreguitos con déficit de autoestima y atención, pues mira, más manejables serán luego. Todo ventajas.

Así que ahí lo tenéis: un Estado que invierte muchísimo en ocio, cultura, conciertos, videojuegos y plataformas… pero en salud mental, lo justo para decir que “algo se está haciendo”. Eso sí, últimamente, todos los referentes de la juventud hablando de lo importante que es la salud mental. Influencers, cantantes, actores… todos contando su historia de superación con terapias privadas. Porque claro, a ver quién es el valiente que espera meses y meses a que te llamen de la Seguridad Social.

Permitidme otra pregunta: ¿cuándo fue la última vez que visteis un debate serio en televisión sobre suicidio juvenil? No sobre bienestar general, no sobre salud mental en abstracto. No. Sobre suicidio juvenil. Exacto: cric-cric. Silencio, ¿verdad? Porque mientras los jóvenes no voten, mientras no sean rentables políticamente, sus problemas seguirán siendo muebles invisibles en la habitación. Pero eso si, les damos dinerito “pa” sus gastos para que se acuerden cuando toque meter el sobre en la urna.

En fin, queridos míos, llegamos al final de este viajecito por la maravillosa realidad que nadie quiere mirar ni con prismáticos. Y yo, que soy optimista por deporte, quiero creer que algún día llegará ese momento mágico en el que los presupuestos para salud mental dejarán de ser lo que sobra del bote del café de un ministerio. Que quizá, quién sabe, algún político se arriesgue a proponer medidas para proteger a los menores sin que sus asesores le digan: “Shhh, no toques eso, que no da votos”.

Quizá llegará el día en que hablar de suicidio juvenil deje de ser tabú y se convierta en una prioridad, y no en el equivalente social de ese cajón donde metes cosas para no verlas. Un día en que dejemos de entretener a los chavales solo para que estén calladitos y empecemos a ofrecerles herramientas para no romperse por dentro.

Pero bueno, mientras esperamos ese momento tan entrañable, seguiremos con lo de siempre: discursos preciosos, promesas vacías y una generación entera sobreviviendo como puede en un sistema que les dice “ya veremos” desde la cuna.

Y cuando todo falle, tranquilos: siempre nos quedará el Bono Cultural. Siempre puedes intentar curar tu ansiedad con una entrada de cine o con un libro de autoayuda comprado con dinero público. No soluciona nada, pero oye, queda monísimo en redes.

Así que nada queridos, cuidemos nuestra salud mental como mejor podamos, ya que el Estado la cuida solo cuando queda bien en un cartel. Y recordad: si algo de todo esto os indigna… enhorabuena, significa que aún quedáis humanos por este barrio.

¡Gracias, queridos! Y que tengáis un día mentalmente estable, o al menos más estable que los presupuestos.



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