Navidad, día de los inocentes y otras excusas históricas para beber, mentir y llamarlo tradición

Hola, queridos… Igual alguno se preguntaba dónde me había metido, ¿verdad? Pues nada, lo típico: un catarro terrible que se negó a abandonar este cuerpazo escultural, trabajo, obligaciones, marujadas varias y la vida adulta, ese invento del demonio. Total, que os he tenido un poco abandonados. Lo sé. Mea culpa, mea máxima culpa y mea culpa con pañuelo y mocos.

Pero como aquí no venimos solo a pedir perdón sino a compensar, os he preparado una historia maravillosa sobre la Navidad y el Día de los Santos Inocentes, que os va a dejar con los ojos como platos… o como un minion después de tres cafés.

Así que abróchaos el cinturón del trineo, póneos el gorro torcido, preparad el cuenco de palomitas históricas y dejad la incredulidad en casa, porque vamos a contar el origen de la Navidad y del Día de los Inocentes como nunca os lo explicaron en catequesis, porque si lo hubieran hecho así, nadie se habría quedado dormido.

Navidad la vamos a resumir en este eslogan: “si no puedes con el enemigo… cópiale la fiesta y reza fuerte”

La Navidad nos la han vendido durante siglos como el cumpleaños oficial de Jesús, con su fecha fija, su tarta invisible y sus velitas espirituales. Todo muy organizado. Muy serio. Muy de Excel celestial. Pero sorpresa, queridos: nadie sabía cuándo nació Jesús. Ni los evangelistas, ni los pastores, ni el primo segundo ese que siempre dice “yo leí por ahí que…”.

Los Evangelios de Mateo y Lucas cuentan el nacimiento en Belén, con ángeles bajando en plan musical de Broadway, un pesebre humilde y animales haciendo de figurantes gratis. Pero ni rastro del día exacto. Nada, cero, niente, vacío absoluto.

Y claro, siglos después, alguien tuvo que levantar la mano y decir: “Oye… ¿y si ponemos una fecha? Que esto queda fatal en el calendario litúrgico, parece un evento sin confirmar.” Y ahí entra en escena el Imperio Romano, que ya tenía diciembre petadísimo de fiestas: Saturnales, solsticio de invierno, culto al Sol… vamos, un after continuo con toga, vino caliente y decisiones cuestionables.

El 25 de diciembre ya era importante gracias al Sol Invictus, el dios solar que celebraba que el Sol volvía a ganar horas de luz. Luz, renacimiento, esperanza… ¿os suena? Exacto: pack espiritual reciclable, válido para cualquier religión con poca imaginación.

Y luego estaban las Saturnales, dedicadas a Saturno, dios de la agricultura. ¿En qué consistían? Pues en algo muy sencillo y familiar: Banquetes épicos, intercambio de regalos, borracheras legales y lo mejor de todo: los esclavos mandaban y los amos obedecían. Vamos, lo que hoy llamaríamos “Navidad familiar pero con justicia poética”.

Entonces aparece Constantino, primer emperador cristiano, estratega profesional y campeón mundial del “si no puedes contra ellos, únete… pero a tu manera”. Y debió pensar algo así: “¿Eliminar fiestas paganas? Uf, qué pereza. Mucho papeleo. Mejor las cristianizamos y listo.”

Con el apoyo del papa Julio I, se fija oficialmente el 25 de diciembre como Navidad, aunque todo apunta a que Jesús nació en primavera (pastores durmiendo al raso, en Palestina, en invierno… claro que sí, guapi).

Resultado: Misma fecha, mismo espíritu fiestero, distinto branding. Y así nació la Navidad: un reciclado religioso con extras paganos incluidos, como una película antigua con nuevo doblaje.

Cuidado que ahora vamos a pasar del mazapán al trauma y es que ahora viene el Día de los Inocentes.

El 28 de diciembre conmemora la supuesta Matanza de los Inocentes, cuando Herodes el Grande, rey con serios problemas de gestión e inteligencia emocional, habría ordenado matar a todos los niños menores de dos años en Belén para cargarse al recién nacido Jesús.

Muy dramático todo. Muy intenso. Muy Netflix. Pero… ¿pasó de verdad? Aquí viene el girito histórico digno de final de temporada. Resulta que Flavio Josefo, que documentó absolutamente todas las atrocidades de Herodes (y mira que le tenía manía como para exagerar), no menciona esta matanza. Ni una línea. Ni un “por cierto”. Y el historiador Antonio Piñero explica que el relato se parece sospechosamente al del faraón intentando matar a Moisés en el Éxodo.

Conclusión: probablemente es un relato simbólico, creado para presentar a Jesús como el nuevo gran profeta. Vamos, teología con guion adaptado y más épica, que siempre vende mejor.

Y ahora damos un saltito en el tiempo y nos plantamos en el Medievo, donde justo después de Navidad el pueblo tenía una tradición preciosa, entrañable y muy humana: liarla parda.

Aquí aparece la gloriosa Fiesta de los Locos, o como yo la llamo: “cuando el clero dijo: sujétame el cáliz”. ¿De qué iba esto? Agárrate que viene curva: Sacerdotes disfrazados, bailes obscenos, dados sobre el altar, morcillas en misa. Todo lo que se te ocurra es poco.

Literalmente una rave medieval con sotana. Y no, es que no se quitaban las Saturnales ni con agua bendita hirviendo. Porque si algo demuestra la historia es que al ser humano le encanta una fiesta mas que a un tonto un lapiz, da igual el siglo.

Teólogos como Jean Beleth la documentan ya en el siglo XII, y otros como Inocencio III dijeron: “Esto se nos ha ido de las manos, hermanos.” Pero claro, viendo que no podían con tanto cachondeo, la Iglesia hizo lo de siempre: “Vale, no lo quitamos… pero lo metemos en el calendario otra vez. Eso sí, lo acotamos a un solo dia y le ponemos nombre santo.”

Y así nace el Día de los Inocentes tal y como lo conocemos: Bromas, engaños, risas y una excusa litúrgica perfecta pero todo mas comedido. El pueblo feliz. Y muchos curas también.

Historiadores como Javier Traité explican que estas fiestas eran válvulas de escape social: un momento al año para reírse del poder, del orden y hasta de Dios… pero con permiso.

Incluso figuras como Isidoro de Sevilla o Burcardo de Worms se quejaban del desmadre, pero claro, nadie les hizo caso.

Así que, resumiendo queridos: La Navidad es una fiesta cristiana con alma pagana, reciclada de romanos fiesteros. El Día de los Inocentes mezcla tragedia bíblica dudosa con ganas medievales de trolear porque incluso en la Edad Media sabían que reírse del sistema era necesario.

En definitiva: comemos, brindamos, regalamos, gastamos bromas… y todo gracias a romanos borrachos, emperadores estrategas y curas que un día dijeron “bah, qué más da”.

Y ahora sí queridos, feliz Navidad, felices Inocentadas y cuidad de vuestra espalda, que la historia pesa, pero la risa aligera.

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