La zanahoria, la coleta y los burros
Hola queridos, acomodaos bien, coged unas palomitas, un ibuprofeno y si podéis también un poquito de paciencia, porque hoy vamos a hacer un ejercicio de memoria histórica colectiva. Sí, memoria, esa cosa que en España dura menos que un yogur abierto en agosto. Vamos a viajar quince añitos atrás. Nos montamos en el Delorean patrio, versión low cost comprada en Wallapop, y aterrizamos concretamente en el 15 de mayo de 2011. ¿Os suena? Claro que os suena. El famoso 15-M. Los indignados, la revolución de las plazas, el momento en el que media España descubrió que estaba hasta los santos cojones… pero de forma pacífica, sostenible y con tambores reciclados.
En aquella época el presidente del Gobierno era José Luis Rodríguez Zapatero, conocido también como “el hombre que sonreía mientras el país ardía”. Un líder político que gobernaba España con la misma energía con la que un monitor de yoga te dice que “todo fluye”. Llevaba ya siete años y un mes al mando del barco. Siete años. Que en política española equivalen más o menos a tres guerras civiles y cuatro discos recopilatorios de Melendi.
Había llegado al poder en 2004 prometiendo progreso, diálogo y modernidad. Y oye, modernidad hubo: modernizamos el paro, modernizamos los desahucios y modernizamos el concepto de “juventud preparada para irse a Alemania a poner cafés”. En 2008 revalidó victoria porque todavía quedaba gente que pensaba: “Bueno, igual esto remonta”. Claro que si guapi.
Y entonces llegó 2011. España era básicamente una mezcla entre una oficina del INEM y una película postapocalíptica. Más de un 21% de paro general y casi un 50% de paro juvenil. Medio país estaba buscando trabajo y la otra mitad estaba buscando al hijo que se había ido a Londres a compartir piso con ocho murciélagos y un programador de Murcia.
Pero tranquilos, porque mientras todo eso ocurría, nuestros queridos políticos estaban centrados en lo importante: robar con creatividad. Porque si algo ha demostrado España históricamente es que aquí la corrupción no es un delito… es artesanía. Patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. Y claro, la gente explotó.
El 15 de mayo de 2011 cientos de miles de personas salieron a la calle bajo el lema: “¡Democracia Real Ya! No somos marionetas en manos de políticos y banqueros!”. Lo cual ya era optimista, porque implicaba asumir que los políticos manejaban algo. Viendo el nivel, yo creo que muchos iban improvisando como Homer Simpson apagando incendios con gasolina.
Las plazas empezaron a llenarse. La Puerta del Sol se convirtió en un festival mezcla de revolución francesa, campamento hippie y asamblea de vecinos eterna. Había pancartas, debates, tiendas de campaña, gente tocando cuencos tibetanos… o sea, lo más parecido a Woodstock pero con hipotecas impagadas.
Y ojo, porque aquello daba miedo, pero miedo de verdad. No a la ciudadanía, no, miedo a los de arriba, a las élites, a esos señores que llevan cuarenta años turnándose el poder como si España fuese un Airbnb familiar. Porque por primera vez parecía que el pueblo había despertado y eso es peligrosísimo. Un pueblo dormido acepta cualquier cosa; un pueblo despierto empieza a hacer preguntas incómodas. Preguntas tipo: “¿Dónde va mi dinero?”, “¿Por qué mi sueldo parece una broma?” o “¿Cómo es posible que este señor cobre 200.000 euros por gestionar peor que mi primo el del FIFA?”. Y claro, el sistema dijo: “Uy uy uy, esto se nos va de las manos”.
Porque el contexto era precioso. El Partido Popular estaba hasta el cuello con el Caso Gürtel. Una trama tan grotesca que parecía escrita por Torrente después de una noche de cocaína y Red Bull. Empresarios sobornando políticos, contratos públicos adjudicados a dedo, trajes regalados… Francisco Camps literalmente cayendo por unos trajes. El único político del mundo destruido por ir demasiado elegante. Luego estaba Luis Bárcenas, aquel hombre que parecía el contable de una funeraria clandestina y que escondía más dinero que un narcotraficante de Netflix.
Pero tranquilos, que el PSOE tampoco quería quedarse fuera del concurso nacional “A ver quién saquea mejor”. Ahí teníamos el Caso ERE en Andalucía. Dinero público destinado a trabajadores acabando misteriosamente en bolsillos ajenos. Intrusos cobrando prejubilaciones de empresas en las que jamás habían trabajado. Vamos, que si tú pasabas cerca de una fábrica cerrada ya te daban una paga.
Y por si faltaba algo, aparece el Caso Nóos. Ah sí, con la monarquía hemos topado. Porque cuando pensabas que ya no podía salir nadie más corrupto… aparecía un Borbón. Iñaki Urdangarin, el yerno real, utilizando una fundación “sin ánimo de lucro” para desviar millones. Sin ánimo de lucro para nosotros, claro. Porque ánimo sí tenían. Bastante.
Aquello era maravilloso. El ciudadano normal no llegaba a fin de
mes pero los políticos y sus amigos parecían protagonistas de
Ocean’s Eleven versión cañí. Y mientras tanto, el pueblo
gritaba:
“¡No nos representan!”. “¡Lo llaman democracia
y no lo es!”, “No hay pan para tanto chorizo”. Que sinceramente
es uno de los mejores lemas de la historia universal. Shakespeare
jamás escribió algo tan preciso.
Y entonces pasó lo inevitable. Las élites hicieron lo que mejor saben hacer: adaptarse. Porque una cosa hay que reconocerles. Son hijos de puta, sí, pero torpes no son. Llevan siglos sobreviviendo a revoluciones, guerras y crisis. Tú crees que vas a cambiar el sistema y ellos ya están diseñando el merchandising de tu revolución. Así que movieron ficha y nos presentaron al salvador. La nueva política, la regeneración democrática, la esperanza. El elegido.
Nos envolvieron con lacito a un señor enjuto, con coleta, cara de profesor de filosofía enfadado con la fotocopiadora y permanentemente indignado, que venía a acabar con la casta. Ahí estaba Pablo Iglesias, convertido en el mesías del cabreo nacional.
Y claro que le creímos. Muchísimos le creímos. Porque cuando estás desesperada te agarras hasta a un cactus. Y aquel hombre decía exactamente lo que necesitábamos escuchar. Que iban a cambiar las cosas. Que iban a abrir las ventanas. Que iban a echar a los corruptos. Que la gente corriente iba a recuperar el poder. Y nosotros detrás, emocionados, pensando: “Esta vez sí.” “Ahora sí.” “Por fin alguien habla claro.” JA JA JA.
Qué inocentes éramos, Dios mío. Parecíamos personajes secundarios de Black Mirror pero sin presupuesto. Porque al final ocurrió lo de siempre. La revolución se institucionalizó. El supuesto antisistema nos enseñó que era sistema. El que supuestamente iba contra la casta ya sabía que los sillones del Congreso son comodísimos y que cobrar del Estado tampoco estaba tan mal. Resulta que destruir el sistema desde dentro cuando eres sistema pues no puede ser y a demás es imposible.
Y nosotros ahí, siguiendo la zanahoria como burros ilusionados directos al matadero. Creyendo que esta vez era diferente. Pero no. Nunca es diferente. Cambian las caras, cambian los logos, cambian los eslóganes… pero el mecanismo sigue igual. Es como cambiarle la funda al sofá de una casa en llamas.
Y con los años una entiende algo precioso: el sistema tiene una habilidad increíble para absorber cualquier amenaza. Tú montas una revolución y ellos te montan un partido político y te ponen al mejor redentor que necesites. Tú haces una acampada y ellos te sacan un documental en Netflix. Tú gritas contra el poder y ellos te invitan a tertulias. El capitalismo convierte hasta tu rabia en contenido patrocinado. Maravilloso.
Y así es como mucha gente acabó perdiendo la fe. Porque el 15-M fue real. El hartazgo fue real. La rabia era legítima. Pero el resultado… ay, el resultado. El sistema cogió toda aquella energía, la empaquetó, le puso una coleta y la vendió como “la nueva política”.
Y aquí seguimos quince años después. Con alquileres imposibles, salarios ridículos, corrupción reciclada y políticos diciéndonos que ahora sí vienen tiempos mejores. Claro que sí. Igual que el calvo de la lotería trae prosperidad.
Y mientras tanto las élites siguen tranquilas. Porque descubrieron hace tiempo que en España puedes robar, mentir, destruir servicios públicos y aún así salir en televisión dando lecciones de ética. Este país es tan mágico que un corrupto aquí no dimite: ficha por una eléctrica.
Así que sí. El 15-M fue precioso, fue emocionante y fue histórico. Pero también fue la demostración definitiva de que el sistema no teme a las protestas… teme perder el control del relato. Y cuando eso pasa, crean uno nuevo, uno más bonito, más joven, más moderno e ilusionante. Con palabras como “empoderamiento”, “transversalidad” y “proceso constituyente”.
Y al final todo acaba igual: nosotros trabajando y ellos cobrando. Y es que así es España, el único país donde una revolución puede terminar patrocinada por un banco.
Pues eso queridos, que una acaba comprendiendo la lección que la historia lleva siglos intentando gritarnos a la cara: ningún privilegio cayó jamás porque alguien pidiera las cosas por favor en una plaza con una pancarta biodegradable. Los de arriba nunca soltaron el poder por empatía, por conciencia ni porque cuatro hashtags estuvieran “petándolo”. Cada derecho, cada cambio real, cada pedazo de libertad que existe hoy nació cuando la gente dejó de suplicar y empezó a hacer temblar de verdad a quienes vivían cómodamente sobre sus espaldas. Porque el sistema tolera protestas… hasta que descubre que delante ya no tiene ciudadanos indignados, sino un pueblo dispuesto a prenderle fuego al tablero entero.
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