La nueva nueva normalidad

Hola queridos. Hoy vengo a haceros una reflexión humilde, sencilla, tranquila… básicamente imposible de publicar sin que alguien en internet me llame fascista, boomer, comunista, neoliberal o las tres cosas a la vez.

Porque esa es otra maravilla de la nueva nueva normalidad: ya nadie discute ideas. Ahora eres directamente una etiqueta con patas. Tú dices “igual pagar 1.200 euros por compartir piso con tres desconocidos y una cucaracha emocionalmente dependiente no es calidad de vida” y automáticamente aparece uno diciendo: “Eso es porque no has entendido el progreso, facha!”.

Y probablemente tenga razón. Porque claramente el progreso consistía en trabajar más, cobrar menos y vivir peor… pero con wifi de fibra.

Antes, con el sueldo de un currito normal, uno de esos señores que arreglaban cosas, fabricaban cosas o trabajaban 12 horas sin hacer un TikTok motivacional sobre ello… podías mantener una familia. Una familia entera. Con hijos. Sí, hijos. Esos pequeños humanos que ahora cuestan más dinero que mantener un tigre de Bengala con alergia al salmón.

Antes un albañil, un mecánico o un electricista se compraban una casa. Y no hablo de una caja de zapatos “estilo nórdico minimalista” de 34 metros cuadrados con cocina integrada en la ducha. No. Una casa de verdad. Con habitaciones. Con salón. Incluso con un pasillo inútil, símbolo máximo del lujo español. Y encima la pagaban en 10 años. ¡10 años!

Hoy tú vas al banco con dos carreras, tres idiomas, un máster, experiencia laboral, estabilidad emocional relativa y un contrato indefinido… y el director te mira como si hubieras entrado a pedir un préstamo para comprar plutonio enriquecido.

—“¿Quiere usted una hipoteca?”
—“Sí”.
—“¿Tiene aval?”
—“No”.
—“¿Padres ricos?”
—“Tampoco”.
—“¿Algún órgano duplicado?”
—“Creo que tengo dos riñones”.
—“Perfecto, podemos empezar a hablar”.

Y aun así firmas una hipoteca a 40 años. CUARENTA!. Ya no compras una vivienda. Heredas una misión secundaria. Tu nieto terminará de pagar el lavabo y encima dará gracias porque el piso tiene “muchísima luz natural”, que es el lenguaje inmobiliario para decir que no tiene techo en una esquina.

Pero tranquilos, porque nos dicen que ahora vivimos mejor. Claro que sí guapi. No tienes casa, no tienes estabilidad, no tienes hijos, no tienes ahorros, pero te has ido tres días a Lisboa a hacer fotos de brunch monísimo. Has cambiado la seguridad de una vida por un café con espuma con forma de cisne.

Y ojo, porque ahora todo son “experiencias”. Ya no comes, “bruncheas”, ya no trabajas, “teletrabajas”, ya no estás explotado, “eres resiliente”, ya no eres pobre, “priorizas experiencias frente a posesiones”. Qué maravilla semántica.

Antes ser pobre era no tener dinero. Hoy ser pobre es vivir en un zulo de alquiler pero decir: “Yo es que no quiero atarme a una hipoteca”.

Claro. Y yo no conduzco un Ferrari porque rechazo el consumismo.

Luego está el tema del trabajo. Antes trabajar era rentable. Tú currabas y prosperabas. Ahora trabajas y desbloqueas ansiedad premium. Hay gente que gana menos trabajando 40 horas que otro haciendo tutoriales de cómo organizar calcetines energéticamente compatibles con Mercurio, o directamente cobrando una paguita del estado. Y mientras tanto te dicen: “Lo importante es la salud mental”.

Amigo, mi salud mental se arreglaría viendo una transferencia digna el día 1.

Antes los profesores imponían respeto. Entraba el profesor en clase y hasta el más rebelde se callaba. Hoy entra el profesor y tiene que pedir permiso: “Perdonad chicos, ¿os importaría muchísimo dejar de tirarme sillas durante cinco minutos mientras intento explicar matemáticas?”

Los médicos igual. Antes el médico era autoridad. Hoy llegas a consulta después de esperar ocho meses porque los pobres están hasta arriba, pero aquí solo protestan ellos, y encima algunos entran puño por delante para ver si les atienen primero.

Y la policía… madre mía la policía. Antes un agente imponía respeto. Hoy tiene que llevar cámara, mediador, psicólogo y probablemente un community manager por si detiene a alguien y le hacen un hilo en Twitter diciendo que le miró regular.

Y hablando de inseguridad… Antes si alguien venía a robarte o lo que fuera por la calle y se pasaba de listo, aparecía un señor llamado Manolo que solucionaba el conflicto con pedagogía manual avanzada. Hoy no. Hoy si te atracan, entrega la cartera, el móvil y si puedes una reseña positiva en Google. Porque encima parece que el delincuente es una víctima incomprendida y tú eres un privilegiado opresor por llevar zapatillas nuevas.

Pero espera, que viene lo mejor: La antiguamente conocida como propiedad privada. Antes alguien entraba en tu casa diciendo: “Ahora esta vivienda es mía”. Y automáticamente lo llevaban al psiquiátrico porque pensaban: “Este hombre claramente ha inhalado pegamento industrial”.

Hoy no. Hoy tú llamas a la policía y prácticamente te preguntan: “¿Pero usted tiene empatía?”. Coño, empatía tengo. Lo que no tengo son ganas de pagar la hipoteca y suministros de un señor llamado Kevin que está fumando en mi salón viendo Netflix con mi contraseña. Y no se te ocurra protestar mucho, porque igual el malo eres tú por alterar el descanso emocional del okupa.

Luego está la justicia. Qué espectáculo. Antes robabas, te pillaban y acababas entre rejas.
Hoy depende. Si eres un señor importante con millones escondidos detrás de una pared falsa estilo narcotraficante colombiano de Netflix, no pasa nada. Siempre aparece una frase mágica: “Defecto de forma”. Qué maravilla el defecto de forma. Han encontrado 18 millones en billetes en su chalé, pero resulta que el policía rellenó el formulario con boli azul en vez de negro. Absuelto.

Sin embargo tú, Paco, albañil de Cuenca, le das con una escoba a un tipo que entró en tu casa a las tres de la mañana vestido de ninja y acabas declarando como si hubieras derrocado un gobierno africano.

Pero la mejor parte de esta nueva nueva normalidad es que la gente ya ni se rebela. Antes te quitaban derechos y ardían las calles. Hoy suben impuestos, alquileres, gasolina, comida, luz, agua y hasta el aire parece financiado… y la respuesta social es: un vídeo de TikTok diciendo: “Sobreviviendo en España”. La revolución ahora dura 14 segundos y lleva música electrónica de fondo.

Antes la gente hablaba con los vecinos. Hoy puedes vivir diez años pared con pared sin saber si al lado vive una familia o una impresora industrial de OnlyFans.

Antes los niños jugaban en la calle hasta que anochecía y el mayor peligro era volver con las rodillas peladas. Hoy los padres tienen miedo hasta de dejarles bajar solos al portal.

Antes los abuelos dejaban herencias. Hoy te dejan una colección de facturas y una hipoteca emocional.

Y los políticos… Madre mía los políticos. Antes por lo menos fingían, disimulaban, te mentían con cierta elegancia institucional. Hoy parecen participantes de un reality de supervivencia donde el premio consiste en enchufar a cuatro primos y destruir al adversario en prime time. Ya no se molestan ni en hacer que intentan gobernar. Y mientras ellos discuten como adolescentes hormonados en un patio de instituto, tú estás calculando si este mes puedes permitirte aceite de oliva o vas a tener que volver a lubricar las ensaladas con lágrimas.

Pero tranquilos, porque según ellos, todo va estupendamente. La economía va como un cohete. Eso sí, debe ser un cohete de Ryanair porque vamos todos de pie, sin espacio y rezando para no estrellarnos.

Y aquí viene mi grandísima duda, queridos. ¿Cómo demonios pensáis mantener este circo funcionando eternamente? Porque claro, durante un tiempo podéis seguir exprimiendo a la gente: más impuestos, más alquileres, más horas, más precariedad, más discursos motivacionales en LinkedIn escritos por un tipo que heredó tres gasolineras.

Pero llega un momento en que el truco deja de funcionar. Porque una sociedad donde la gente trabaja y no vive… acaba cansándose. Una sociedad donde formar una familia parece un sueño inalcanzable… acaba vaciándose. Y una sociedad donde tener casa propia es más difícil que entrar en la NASA… termina criando generaciones enteras que ya no tienen nada que perder. Y eso siempre sale regular.

Porque el ser humano aguanta mucho, demasiado incluso. Aguanta alquileres absurdos, aguanta políticos de reality de tele 5, aguanta tickets del supermercado que parecen facturas de transplante de órganos. Pero hay una cosa que no aguanta eternamente: sentir que da igual lo que hagas.

Y ahí está el peligro de esta nueva nueva normalidad. Que habéis convertido a generaciones enteras en NPCs cansados. Gente que ya no sueña con prosperar.
Solo sueña con dormir ocho horas, llegar a fin de mes y que no le venga una multa sorpresa o una subida del alquiler con efectos especiales. Este es el nivel.

Antes la gente quería comerse el mundo. Hoy la mayor fantasía de un “chaval” de 30 años es: “ojalá encontrar un piso con ventanas y no compartir baño con un streamer”.

Pero tranquilos. Seguid diciendo que todo va genial, seguid llamando “flexibilidad” a la precariedad, “coliving” a compartir piso como universitario con 40 años y “libertad financiera” a repartir hamburguesas en patinete bajo la lluvia. Seguro que no pasa nada.

Porque la historia demuestra que cuando una sociedad aprieta demasiado a la gente… la gente tarde o temprano responde. A veces votando, a veces marchándose y a veces simplemente dejando de creer en todo el sistema y tomando la Bastilla.

Y el día que eso pasa… ya no hay campaña publicitaria, ni influencer motivacional, ni político sonriendo en TikTok bailando con una señora, que pueda arreglarlo.

Pero bueno… mientras podáis sonreíd, seguid haciendo reels de lo bien que lo estáis haciendo, subiendo fotos abrazando niños y fingiendo que todo esto es completamente normal… porque sinceramente, yo tengo la sensación de que un día todo este castillo de humo, deuda, postureo y gente sobreviviendo con ansiedad y café… va a reventar por algún lado.

Y cuando eso pase, por fin descubrirán que no se puede construir una sociedad sin respeto ni valores.







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