Ética pública y otras leyendas urbanas


Hola queridos… hoy vengo con un leve ardor de estómago. No sé si es por el calor, por el café, o por consumir actualidad nacional en ayunas, que es una práctica de riesgo reconocida ya por la Organización Mundial de la Salud Mental Colectiva. Porque hay días en los que una no se enfada… no. Una simplemente se queda mirando al vacío. Con esa serenidad inquietante de quien ya no sabe si reírse, llorar o pedir cita directamente con un exorcista administrativo.

Y la pregunta aparece sola: ¿Esto es normal… o simplemente llevamos tantos años viviendo en el absurdo que ya lo decoramos con plantitas? Porque tú miras alrededor… y descubres algo fascinante: las reglas del juego no las pone el jugador, las pone el árbitro.
Que casualmente también juega y además apuesta. Y claro… ahí empieza la magia democrática deluxe. Porque los gobernantes no solo gestionan el sistema. No, no, no. Ellos escriben el sistema, lo interpretan, lo parchean, lo contradicen. Y a veces da la sensación de que lo prueban directamente en beta sobre la población, como si fuéramos ratones de laboratorio pero pagando IVA.

Y lo impresionante no es que exista burocracia. Lo impresionante es la creatividad infinita para conseguir que el ciudadano honrado sienta que vive dentro de un escape room jurídico diseñado por un funcionario nihilista después de divorciarse.

Así que vamos a hacer un pequeño viaje por el maravilloso parque temático del “ciudadano ejemplar”. También conocido como: “el pringado premium del sistema”.

Primera atracción: la vivienda y la okupación. Esta no la desarrollo que ya hemos hablado mucho de ella en otras ocasiones y la conocéis de sobra.

Luego está la legítima defensa. Maravillosa, poética, casi zen. Porque tú puedes defenderte… pero con moderación budista. Entra un ladrón en tu casa y tú tienes que hacer cálculos jurídicos en tiempo real como si fueras ChatGPT versión abogado penalista: “Perdone señor caco… del uno al diez… ¿cuánto peligro concreto representa usted exactamente para poder responder proporcionalmente sin comprometer mi futuro procesal?” Porque como te pases medio milímetro… acabas tú explicando cosas delante de un juez mientras el delincuente adquiere automáticamente categoría de “víctima emocional del entorno”.

Las herencias también son una fantasía. El Código Civil te recuerda que tus bienes son tuyos… hasta que intentas decidir qué hacer con ellos. ¿Quieres dejárselos al hijo que te cuidó? Bueno. ¿A una ONG? Muy noble. ¿A tu vecino Paco, que fue el único que te ayudó cuando estabas fatal? Pues estupendo, pero la ley tenía otro giro inesperado preparado. Si quieres desheredar a un hijo o a tu marido… necesitas prácticamente: ADN, vídeos en 4K, dos testigos, tres notarios y una profecía maya certificada por el Vaticano.

Y cuidado con heredar deudas. Porque tú aceptas una herencia “pura y simple” pensando: “Qué ilusión, la cómoda de la abuela”. Y descubres que el difunto tenía:
préstamos ocultos, fondos buitre respirándole en la nuca, microcréditos satánicos y una relación tóxica con entidades financieras que parecían patrocinadas por Satanás Financial Group.

Resultado: heredas una cómoda antigua, tres infartos y una depresión con vistas. Solución, tranquilos queridos que la hay: beneficio de inventario. Una modalidad jurídica tan sencilla como construir un reactor nuclear siguiendo un tutorial grabado en vertical por un señor llamado Manolo.

Y el impuesto de sucesiones… porque claro… si tus padres ya pagaron impuestos toda la vida… ¿por qué no otra ronda? Tradiciones españolas, como la tortilla que no se pierdan!

Seguimos. Vas conduciendo tranquilamente… y de repente aparece un jabalí ninja en mitad de la carretera. Chocas. ¿Responsable? Tú, claro, quien si no?. Porque aparentemente los animales silvestres disfrutan de inmunidad diplomática y estatus de observadores de la ONU.

¿Y Hacienda? Ah… Hacienda… esa experiencia inmersiva. El principio “paga y luego reclama” es poesía administrativa contemporánea. Primero aflojas el dinero. Luego ya, si eso, lloras por escrito en una ventanilla digital diseñada por enemigos de la humanidad que jamás funciona a la primera.

Si un ladrón se hace daño saltando tu valla llena de trampas caseras… sorpresa, te denuncia él, porque la propiedad privada puede existir… pero defenderse demasiado ya parece de mala educación. El mensaje institucional da la sensación de ser: “Por favor, permita el robo… pero con civismo”.

Y luego llega la gran puerta giratoria judicial: las condenas inferiores a dos años. El ciudadano pregunta: “¿Entonces irá a prisión?” Y el sistema le responde:“JAJAJAJA.”

¿Te roban el coche y el ladrón provoca daños? Tu seguro puede terminar pagando. Es decir: te roban y además colaboras involuntariamente en la reconstrucción del desastre.
Participación ciudadana premium.

¿Llevas un destornillador, una navajita o un spray no homologado porque vuelves de noche por un barrio dudoso? Multita. Seguridad ciudadana gourmet. Tú sancionada, el delincuente insolvente: modo leyenda.

¿Un vecino infernal con música a las tres de la mañana, perros ladrando y vocación satánica? Perfecto. Disfruta de: burofax, junta vecinal, demanda, meses de espera y envejecimiento acelerado. Cuando termine el procedimiento probablemente ya habrás desarrollado un ictus espiritual y miradas vacías tipo veterano de guerra.

En tráfico también pasan cosas preciosas. Tú vas a 121 km/h sin darte cuenta… y ZAS: radar, foto, multa instantánea, más rápida que Amazon Prime. Pero el kamikaze sin puntos, sin seguro y sin miedo a Dios parece tener desbloqueado el nivel de inmunidad administrativa.

El autobús tampoco decepciona. Llegas con un billete de 50 euros: “No aceptamos”. A la calle. Pero el carterista reincidente que lleva viajando gratis desde 2009… bueno… mejor no generar conflicto, no vaya a ser que se altere el ecosistema.

Las estafas bancarias son otra obra maestra. Te engañan con un SMS clonado,
te vacían la cuenta y el banco te mira con esa mezcla de compasión y gaslighting corporativo diciendo: “Bueno… técnicamente usted colaboró involuntariamente en su propia ruina.”

Compras algo robado sin saberlo en una tienda aparentemente legal: te lo requisarán y tú te quedas: sin objeto, sin dinero y con una experiencia educativa maravillosa sobre la fragilidad de la ilusión.

Compras un piso ilusionado… y descubres que arrastra deudas de comunidad del antiguo dueño. Bienvenido a: “Adopte un problema ajeno”.

Te vandalizan el coche aparcado y, si no pillan al culpable… pagas tú. La delincuencia:
actividad de coste cero. Emprendimiento nacional.

Con los perros tampoco fallamos. El dueño responsable vive rodeado de requisitos, normas, seguros, cursos, multas potenciales y sensación constante de estar criando un velociraptor legalizado. Mientras tanto el cafre insolvente sigue por la vida totalmente despreocupado, como un espíritu libre.

Y si la administración se equivoca… eres tú quien tiene que demostrar que no eres culpable. Porque el sistema te mira fijamente y te dice: “Presunción de inocencia… pero para mañana, que hoy estamos liados.”

¿Y la plaza de garaje? Tuya, pagada, escriturada. Pero como bloquees al listo que aparca en ella o improvises justicia creativa… de repente el problema eres tú. Fascinante.

Y aquí llega la parte incómoda. Porque mientras el ciudadano vive atrapado entre normas complejas, obligaciones cruzadas, procedimientos infinitos y responsabilidades que parecen diseñadas por un enemigo personal… quienes redactan estas reglas son también quienes deberían jugar con el nivel más alto de exigencia.

Y ahí aparece la pregunta inevitable: Si al ciudadano se le exige tanto rigor, tanta prueba,
tanta proporcionalidad, tanta responsabilidad… ¿no debería exigirse todavía más a quien legisla, gobierna y administra? Porque gobernar no es solo mandar. Es dar ejemplo.

Y quizá el verdadero problema no es que existan normas complejas. El problema es que la confianza se evapora cuando el ciudadano empieza a sospechar que la exigencia no es igual para todos.

Y entonces surge esa pregunta incómoda, casi sarcástica, pero legítima: ¿Qué pasaría si la ética pública fuese tan estricta como la fiscalidad del ciudadano? Imagínate. Un mundo loco, salvaje, casi utópico.

Donde para tocar poder hiciera falta un nivel de integridad brutal. No por venganza ni por castigo, si no por coherencia.

Porque quizá… solo quizá… si el acceso al poder exigiera estándares éticos de laboratorio suizo… no haría falta tanta sospecha, tanta desconfianza y tanta sensación de que el sistema siempre llega tarde… excepto para cobrar.

Y ahora sí… veamos el gran desfile nacional de nuestros gobernantes democráticos. La colección completa. Siete presidentes desde 1977 y una antología de tramas, investigaciones, condenas, escándalos y sospechas que parece escrita por Netflix después de tres cafés, dos ansiolíticos y cero escrúpulos.

Con Adolfo Suárez y Calvo-Sotelo la democracia estaba arrancando y todavía no habíamos alcanzado la velocidad crucero de la corrupción burocrática. Había caos, improvisación y un país entero intentando entender dónde estaban los interruptores.

Luego llegó Felipe González… y aquello ya empezó a coger presupuesto cinematográfico.

Filesa, Malesa, Time-Export, Luis Roldán desviando fondos, los GAL, Barrionuevo, Juan Guerra usando despachos oficiales como coworking premium, Mariano Rubio, Ibercorp, Caso Flick… Aquello no era un gobierno, era una gymkana institucional patrocinada por el BOE.

Después Aznar. Y años más tarde explotaron Gescartera, Forcem y las semillas mutantes de futuras maravillas como Caja Madrid y las Tarjetas Black. El boom inmobiliario venía con nivel premium de corrupción incluido.

Zapatero heredó una fiesta económica que terminó dejando joyitas como: los ERE de Andalucía, Malaya, Astapa, Campeón… Y toda la basura histórica que sigue saliendo hoy porque este país recicla fatal los plásticos… pero recicla escándalos políticos como una máquina alemana.

Rajoy tuvo Gürtel, Bárcenas, Caja B, Lezo, Púnica, Nóos… Y terminó desalojado por una moción de censura. Todo muy elegante, muy sobrio, muy “esto no es lo que parece” mientras arde el edificio detrás.

Y con Pedro Sánchez… ojo, aquí hablamos de investigaciones abiertas, no condenas, pero hemos pasado de nivel: Caso Koldo, Begoña Gómez, David Sánchez, Mediador o Tito Berni, hidrocarburos, sospechas de financiación irregular…y vaya, visto lo visto… “continuará”. Porque esta serie sigue en emisión y además parece renovada por varias temporadas.

Conclusión: aquí no se libra ni el tato. Cada legislatura parece una nueva temporada donde el ciudadano trabaja, paga, espera, reclama, demuestra, recurre, se desespera y encima tiene que agradecer el servicio como si le hubieran hecho un favor personal.

Y entonces una piensa… Si cada vez más ciudadanos sienten que tienen que resolver solos sus problemas porque nadie responde… ¿qué pasa cuando la confianza desaparece del todo? ¿Para qué queremos gobernantes si a veces parece que solo sirven para redactar el manual avanzado del sufrimiento administrativo?

Porque claro, queridos gobernantes… si algún día esto termina convirtiéndose en una anarquía emocional colectiva… una duda sincera:

¿Quién va a protegeros de esa masa de plebeyos agotados, exprimidos y cabreados… a la que lleváis décadas explicándole que todo este circo burocrático es “por su bien”?

Dadle un pensao.


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