Un sucedido
Hola queridos. Hoy vengo en modo estrella internacional del drama fino: con una mala hostia exquisita, un cabreo digno de alfombra roja, una frustración gourmet, una pena de tragedia griega y una rabia contenida que, sinceramente, va a salir por algún lado… y qué mejor escenario que este, donde una puede brillar con todo su esplendor.
Os pongo en antecedentes, porque esta obra tiene argumento.
Enero. Llega la circular del cole anunciando el viaje de estudios. Primera ronda de pagos para ver quién se apunta. Destino: San Sebastián. No es Bali, pero a mi hijo le da exactamente igual porque lo que quiere es lo verdaderamente importante en la vida: irse con sus amigos a hacer el tonto. Esa edad maravillosa en la que la felicidad cabe en una mochila del Decathlon.
Febrero. Segunda entrega del thriller: han salido pocos niños, concretamente 39 según la circular. Hay que hacer el segundo pago antes del 13 de febrero. Pues ahí que voy yo, puntual, obediente, financiando la experiencia educativa. El viaje será el 16 y 17 de abril. Dos meses de margen. ¡DOS! Yo pensando: qué maravilla, qué organización, qué previsión, qué nivel, así sí, todo bajo control, cero problemas.
Aysssss!
Mi hijo mientras tanto, viviendo su fantasía: ilusionado, feliz, contando en casa lo bien que se lo va a pasar con sus amigos. Todo precioso. Todo ideal.
Salto temporal. 13 de abril. Llega a casa y me suelta:
“Mamá,
que nos ha dicho una profesora que igual me toca en la habitación
con mi amigo y con el chungo del cole… pero le he preguntado a la
tutora y dice que no, que eso no puede ser”.
Primera alarma. Se me erizan hasta las pestañas.Le digo: “muy bien hijo, mañana no sales del cole sin saber con quién estás en la habitación”. Porque una es madre, no ONG del caos.
14 de abril. “Mamá, que me ha dicho la tutora que sí, que nos toca con él en la habitación”.
Subidón de sangre, adrenalina, todas las enzimas efervescentes haciendo rave en mi cuerpo. Llego a casa y mail a la tutora. Solicito tutoría. Educada, correcta… pero con el veneno justo.
Of course, no puede esa tarde. Que mañana a las 12 me llama.
Le
digo: no hace falta que me llames, darling, que a las 12 estoy allí.
En persona. En HD.
Viendo la jugada venir como un tráiler de película mala, les mando otro mail explicando mi descontento y proponiendo las dos únicas opciones a estas alturas: o cambio de habitación o devolución del dinero. Ojo, yo prefería el cambio, que mi hijo disfrutara con sus amigos. Una cosa loca, lo sé.
Porque claro, han tenido DOS MESES para organizar a 39 chavales en habitaciones. Dos meses. Yo entiendo que es una tarea hercúlea, casi ingeniería aeroespacial, pero oye, igual daba tiempo a que todos estuvieran medianamente contentos, ¿no? Pues por lo que sea, hay que esperar a DOS DÍAS antes para repartir. Suspense pedagógico.
Llega el gran día. 15 de abril, 12:00. Ahí estoy yo, como un clavo.Me recibe la tutora y me dice que también estará el jefe de estudios. Fantástico: dos contra uno. Me encanta, yo venía a jugar.
Empezamos ella y yo solas, porque claro, en todo el año no he tenido tutoría (detallito sin importancia). Le pido que me cuente cosas de mi hijo mientras esperamos al escolta. Y me suelta el clásico: maravilloso, estudioso, trabajador, implicado, ojalá todos fueran como él. Vamos, lo de siempre desde hace 13 años. Nada nuevo bajo el sol.
Llega el guardaespaldas. Comienza el espectáculo.
Yo enlazo los halagos con la pregunta del millón: si así es como premian a un niño así. Que sus padres le han pagado el viaje como premio a su esfuerzo.
Respuesta del artista: “esto no son unas vacaciones, es un viaje educativo”.
Claro que sí, guapi. Porque todos sabemos que un parque de tirolinas es fundamental en la educación académica y que después hacen un examen tipo EVAU para evaluar lo aprendido. Harvard está temblando.
Pienso: este es el nivel. Agárrate, que tienes dos hijos aquí.
Me muerdo la lengua (hazaña histórica) y pregunto si les parece normal decir esto DOS DÍAS antes. Respuesta: “pero si ese niño no es nada violento”.
CLARO. Porque pegarse en clase, no poder separarlos la profesora y tener que venir otro profesor avisado por los niños… eso es malva de la buena, relajante, casi terapéutico.
Me dicen que fue puntual, que eran dos. Y yo por mis adentros: ¿y qué te hace pensar que si le pones con el otro no protestaría también?
Y aquí viene la joya: que es normal que los preadolescentes se peguen.!!!
Intento mantener la compostura mientras me venden que pegarse entre preadolescentes es “normal”. Perdona, cielo, ¿en qué documental distópico vives tú? Porque en el mío, no. Yo no me he pegado en la vida, mi hijo tampoco, y no tenía en mente matricularlo en Los Juegos del Hambre: edición concertada.
Querido, en serio,¿en qué gueto te has criado tú? ¿En qué mundo es normal que los niños vayan dándose de leches? ¿No se supone que esto es un colegio? ¿No va de educar? Igual podríamos empezar por enseñar a no acabar de tono morado.
Pero no, insiste. Que si quiero educar a mi hijo en un mundo sin violencia le irá fatal.
Mira, guapo, es mi hijo y lo educo como me da la gana. Que conozca la violencia, vale; que la sufra, pues no me apetece. Llámame loca.
Saco otro temita: como es el buenín, el año pasado ya le tocó comerse todo el curso a otro niño que no quería nadie.
Respuesta: que no es verdad, que muchos lo querían, que no he visto el sociograma.
Claro, porque ahora resulta que los sociogramas reflejan mejor la realidad que los propios niños hablando entre ellos. Ciencia ficción educativa.
Total, que todos los quieren… pero siempre acaban con el mío. Casualidad divina.
Y para rematar, como no tenía por donde atacar al feliciano de mi hijo, me saca que rompió un armario. Un armario más viejo que la pana. Puerta de escobas. Estaban haciendo el tonto (¡qué sorpresa, niños de 14 años!), uno dentro, dos fuera, bloqueando… puerta fuera, bisagras a tomar viento.
DRAMA NACIONAL.
Ya le reñí en su momento, pero si es tan grave, mañana voy y te lo arreglo chico, que una es una manitas, bien lo sabéis en ese colegio.
Y todo el rato mi cerebro: “no te sueltes, que tienes dos hijos aquí y no se quieren cambiar de cole”.
En un momento dado, la profe dice que le da pena porque van pocos, unos 37. Yo calculando mentalmente: 37 entre 3… no me cuadra. Y ahí descubro que hay habitaciones de 2, de 3…
Perdona, ¿y en DOS MESES no se ha podido hablar con los chavales para organizar esto bien? ¿No se podía saber antes? ¿No me podías decir el hotel para coger yo una habitación si hacía falta?
NO.
Hay que meter a este niño “tan querido” con alguien. Y ese alguien, sorpresa, es el mío. Porque dormir con él ya no gusta tanto.
Yo lo tengo claro: los niños con antecedentes violentos no deberían ir a estas actividades. Pero oye, debo ser una radical.
Total, que todo lo que pienso no lo digo porque una tiene educación (alguien tiene que tenerla en esa sala) y prudencia por los dos enanos.
El sabueso da por terminada la reunión de malas maneras. Le pido un escrito confirmando que no hay cambio ni devolución. Me dice que no me da nada, que no tiene por que. Pido al director. No está. Qué oportuno.
Le digo que no me voy sin un escrito. Me dice que no, que ya me ha dicho que no tiene por qué. Se levantan, se van y me cierran la puerta del despacho (si, tal cual) y se van tan frescos. Y yo pienso: claro que sí, guapi, ahora me quedo aquí meditando sobre la vida.
Salgo, me planto en la zona común, con despachos, sala de profes, máquina de café y dos sillas. Pues una es para este culo.
Sale el sabueso disparado, me ve saludando a los profes (porque, sorpresa, me llevo bien con ellos) y se pone nervioso. Me dice que no puedo estar ahí, que esa es la maquina de café y es zona de profesores. Perdona, ¿esto es Hogwarts y he entrado en territorio prohibido?
Le digo: claro, no te preocupes. Me levanto, el me dice hasta luego pero… no va a ser tan fácil querido.
Me siento más lejos de la maquina cafetera y más cerca del despacho del director. Se queda ojiplático. Se planta delante: “que te vayas”.
Le señalo la puerta del director: “hasta que no hable con él, aquí me quedo”. Cara de poema. Amenaza con llamar a quien sea. Le digo: adelante, saca el elenco completo.
Habla con el director: no viene en todo el día. Que si quiero, me quede hasta las 19:30 que cierra el colegio.
Le digo: perfecto, no tengo ninguna prisa. Que yo sin mi papel no me voy.
Que no me da ningún escrito.
Yo le digo que soy clienta y
usuaria, hasta que no tenga respuesta, no me muevo.
Se va, con su elegancia de barrio fino.
Yo pensando: ¿esta es la educación en valores de la que tanto presumen aquí?
Al final, viendo el panorama, me quedo escribiendo otro mail con el resumen de la reunión. Sin entrar en el trato, que para eso no he venido. Porque si algo me sobra es capacidad de síntesis… y memoria selectiva cero.
Él pasa varias veces, yo ni lo miro. Ya no me interesas, pequeño, yo buscaba pieza mayor. Termino, envío y me voy.
Por la tarde, mail de la tutora: que no entiende mi correo. Ay, bonita… tanto número y luego la comprensión lectora se nos queda en secundaria baja. Pero tranquila, estaba perfectamente clarito.
Y remata con: “ Estate tranquila que lo hemos puesto en conocimiento de inspección educativa”.
Perdón, ¿CÓMO? Gracias, reina. Me acabas de dar alas.
Llego a casa a toda leche y preparo artillería pesada: dos dosieres completitos. Uno para inspección educativa y otro para consumo. Ahora voy con todo. Porque una ya se ha cansado de que la tomen por tonta. A mí y a mi hijo. Se acabó poner la otra mejilla. Que a veces queridos, por caridad, entra la peste. Y en esta casa, si está en mi mano evitarlo… lo voy a hacer a muerte.
Habéis elegido mal hueso, sabuesos.
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