Bonhoeffer tenía razón y nosotros consignas
Hola, queridos. Poneos cómodos, coged algo de beber, mejor si es fuerte, porque lo vamos a necesitar, porque hoy vengo ilustrada. Sí, yo. Sorprendente, lo sé. Resulta que acabo de descubrir a un señor llamado Bonhoeffer. Un teólogo alemán que, entre otras cosas sin importancia como enfrentarse al nazismo (un detalle menor), decidió dejarnos unas reflexiones que, sinceramente, parece que las escribió ayer viendo las noticias en España con una copa de vino y cara de “esto ya lo he vivido”. Y claro, una piensa: ¿pero cómo no me habían hablado antes de este hombre? ¿Dónde estaba yo? ¿Viendo reels? Probablemente sí.
En fin, vamos al tema. Este buen señor dijo algo que debería venir hasta en las cajas de cereales: la estupidez es un enemigo del bien mucho más peligroso que la maldad. Y aquí ya empezamos fuertes, porque una piensa: “bueno, peor que el mal, imposible”. Pues no, queridos, siempre se puede empeorar.
Porque contra el mal tú luchas, protestas, te indignas, haces pancartas, tweets, stories con fondo negro y tipografía blanca dramática. Pero contra la estupidez… ay!. Contra la estupidez no hay protocolo. No hay vacuna. No hay debate posible. Es como discutir con una pared, pero una pared con WiFi y mucha opinión.
Y ojo, que Bonhoeffer no hablaba de la estupidez como falta de inteligencia. No, no. Eso sería demasiado fácil, demasiado vulgar. Aquí hablamos de algo mucho más sofisticado: gente perfectamente capaz… que decide no usar esa capacidad. Es como tener un Ferrari y usarlo para ir en primera a 20 km/h, porque total, ¿para qué más?
Y aquí es donde entramos nosotros, España, ese reality show sociopolítico donde todo pasa, nada sorprende y aun así seguimos fingiendo que sí.
Primer punto de la teoría de Bonhoeffer: el poder necesita de la estupidez.
Esto es precioso, de verdad. Una historia de amor digna de telenovela turca. El poder crece… y automáticamente aparece gente dispuesta a defenderlo TODO. Pero TODO. Con una pasión que ni defendiendo a su propia familia.
¿Corrupción? Bueno, a ver, tampoco exageremos.
¿Escándalos?
Seguro que está sacado de contexto.
¿Decisiones absurdas? Tú
no entiendes la estrategia.
Siempre hay una excusa. Siempre hay un “y tú más” preparado en la recámara, como si fuera un comodín moral. Porque cuestionar al poder que uno apoya implicaría asumir que quizá… te han tomado un poco el pelo y eso no se lleva, aquí preferimos morir con el relato puesto.
Segundo punto: no es que la inteligencia desaparezca, es que se renuncia a la independencia interna.
Este es mi favorito. Porque aquí entramos en el terreno del lujo: la comodidad mental, poner el pensamiento en punto muerto. Y es que pensar por uno mismo cansa, genera dudas, incomodidad, crisis existenciales... ¿Y para qué todo eso, si alguien ya ha hecho el trabajo y te lo ha resumido en una frase preciosa, contundente y compartible?
“Esto es así.” “Esto es injusto.” “Esto es culpa de los otros.”
Listo. Ya tienes opinión, sin esfuerzo, sin conflicto, sin usar tu criterio demasiado. Es como pedir comida a domicilio, pero en versión ideológica. Y así vamos: con opiniones de alquiler, perfectamente decoradas, listas para lucir en cualquier conversación. Porque lo importante no es entender, es tener algo que decir con seguridad.
Tercer punto: el estúpido no es independiente, aunque parezca segurísimo.
Aquí llega el momento diva total. Ese en el que alguien te habla con una seguridad que dices: “bueno, igual sabe algo que yo no”. Claro, claro...
Es simplemente fidelidad absoluta al discurso aprendido. Repetición nivel loro premium. Con intensidad, con gestos, con énfasis. Porque nada da más credibilidad que golpear la mesa mientras dices algo sin cuestionarlo. Ese fenómeno maravilloso de ver a alguien defender políticas que le perjudican directamente… con entusiasmo. Como si fuera accionista de la idea.
Pero da igual. La coherencia es secundaria. Aquí lo importante es la lealtad al bando. El pensamiento crítico ya… para mañana.
Cuarto punto: hablas con consignas, no con personas.
Y aquí es donde ya entramos en el circo. Intentas tener una conversación normal, racional y de repente… BOOM! En toda la cara, Karaoke ideológico, frases hechas, etiquetas, respuestas automáticas. Da igual lo que preguntes, la respuesta ya viene en pack. Es como hablar con un asistente virtual, pero sin actualizaciones desde 2015.
Y lo mejor es que esto no es exclusivo de nadie, es transversal, democrático e inclusivo. Todos tenemos nuestro repertorio de frases mágicas para no pensar demasiado. Entonces la conversación real desaparece… pero oye, el espectáculo es fantástico. Entretenimiento asegurado.
Quinto punto: la persona se convierte en herramienta y puede participar en el mal sin verlo.
Y aquí es donde ya se nos congela un poco la sonrisa. Porque cuando dejas de cuestionar, dejas de ver. Y cuando dejas de ver… puedes justificar absolutamente cualquier cosa. Siempre hay una excusa. Siempre hay un enemigo mayor. Siempre hay una causa superior.
Y así, poquito a poquito, lo que antes nos parecía inaceptable… se normaliza, se vuelve cotidiano, incluso defendible. Y lo más inquietante no es que ocurra, es que se aplaude.
Y ahora, la gran reflexión.
Esta claro que el ser humano no aprende, nunca. Pero nunca, nunca. Es impresionante, una consistencia digna de estudio. Tropezamos con la misma piedra con una elegancia… casi artística. Cambian los nombres, cambian los discursos, cambian los hashtags… pero el mecanismo es idéntico.
Poder que crece. Pensamiento crítico que se apaga. Gente que repite.
Y siempre pensamos que esta vez es diferente, que ahora sí, que nosotros somos más listos, más despiertos, más informados. Claro que sí, guapi.
Porque la verdadera joya de todo esto es que la estupidez no se reconoce a sí misma. No dice “oye, igual estoy equivocado”. No, no. Se siente moralmente superior, se siente informada, se siente en el lado correcto de la historia. Y con esa seguridad… no hay argumento que entre. Ninguno. Cero. Niente. Fin del debate.
Así que aquí estamos, una vez más, con nuevos protagonistas, nuevos discursos, nuevas excusas… y el mismo guion reciclado. Pero tranquilos, todo bajo control, todo perfectamente defendido, todo maravillosamente justificado. Y lo mejor de todo: convencidos, absolutamente convencidos, de que esta vez sí. Esta vez lo estamos haciendo bien.
Icónico. Realmente icónico.
Y ahora viene lo realmente épico, queridos. Porque si algo nos enseña todo esto, más allá del sarcasmo, del drama y del espectáculo, es que el peligro nunca estuvo solo en “los otros”. No. Eso sería demasiado fácil, demasiado cómodo, demasiado… estúpido, curiosamente.
El peligro está en lo silencioso. En ese momento diminuto en el que dejamos de cuestionar porque nos conviene. En esa pequeña concesión interna donde preferimos tener razón antes que entender. En esa vez, en la que repetimos algo sin pensarlo demasiado… porque encaja, porque gusta, porque suma.
Ahí empieza todo. No con grandes discursos, no con villanos de película. Empieza con gente normal. Con nosotros. Con esa renuncia casi imperceptible a pensar por cuenta propia. Y lo verdaderamente brillante y aterrador a la vez, es que nadie cree estar haciéndolo mal mientras lo hace.
Así que quizá, solo quizá, la verdadera rebeldía hoy no es gritar más fuerte, ni repetir mejor el eslogan, ni defender con más pasión tu bando. Quizá la verdadera rebeldía… es pensar. Pensar de verdad, aunque incomode, aunque te deje solo, aunque te haga dudar. Porque en un mundo lleno de certezas prestadas, de verdades empaquetadas y de opiniones en serie… el pensamiento crítico no es solo una herramienta. Es un acto de resistencia. Y eso, queridos… eso sí que últimamente no está nada de moda. Pero precisamente por eso, es más necesario que nunca.
Comentarios
Publicar un comentario