Manual para odiar correctamente

Hola queridos. Sí, ya lo sé, ya lo sé… llevo siglos sin aparecer por aquí. Meses, años emocionales, un silencio casi monástico. Pero sinceramente, ¿para qué iba a hablar? ¿Para repetir exactamente lo mismo de siempre? Porque en este país uno puede desaparecer seis meses, volver… y encontrarse exactamente la misma función, los mismos actores y el mismo guion rancio. Es como una serie que ya cancelaron en tu cabeza pero que sigue renovándose temporada tras temporada porque alguien insiste en producirla.

España es un poco como esa rueda de hámster política donde todos corremos muchísimo, opinamos muchísimo, discutimos muchísimo… pero el hámster sigue exactamente en el mismo sitio. Bueno, miento, casi siempre el hámster está peor. Más cansado, más mareado, pero oye, correr corremos.

Y arriba, en las alturas del Olimpo político, parece que están encantadísimos con el sistema. Ellos cómodos, climatizados, con su catering institucional y sus discursos motivacionales… mientras los de abajo estamos ahí, en plan roedor disciplinado, mordiendo zanahorias informativas que nos lanzan cada día desde las noticias.“Tomad, ciudadanos, vuestra zanahoria del día.”

Y tú la masticas, indignada, comentándolo en el bar, en redes, en el grupo de WhatsApp de la familia… para que al final todo siga exactamente igual. La zanahoria no arregla nada, pero oye, mantiene al hámster entretenido.

Pero bueno, como siempre hay que comentar alguna zanahoria nueva, hoy vengo con la zanahoria premium de la semana: el flamante concepto de HODIO. Sí, sí. HODIO. Con H. Porque cuando uno ya cree que el catálogo de ideas absurdas está completo, siempre aparece una edición especial coleccionista, un tema premium político.

Y esta vez, según parece, la nueva genialidad consiste en una app para medir el odio en redes sociales. Una app. Para medir. El odio.

Permitidme un segundo porque necesito sentarme con elegancia y abanicarme dramáticamente.

Porque claro, cuando uno piensa en los grandes problemas del país —vivienda, impuestos, energía, empleo, infraestructuras, sanidad— lo primero que se le viene a la cabeza es: “¿Sabes qué falta aquí? Una aplicación para medir emociones en internet.

Brillante. Absolutamente brillante.

Es como si alguien en una reunión dijera:
—¿Cómo solucionamos el malestar social?
—¡Ya lo tengo! ¡Una app!
—¡Maravilloso! ¡Denle un presupuesto inmediatamente!

Pero vayamos por partes, porque la cosa tiene su gracia filosófica. Primero: ¿qué es el odio?

Según la definición seria y académica, el odio es una emoción intensa, prolongada y negativa caracterizada por sentimientos profundos de aversión, rechazo, hostilidad o repulsión hacia una persona, grupo, idea o cosa.

Hasta aquí todo muy correcto, muy psicológico, muy manual universitario. Pero claro… ahora llega la pregunta divina. ¿Cómo demonios se mide eso? ¿Dónde está el sistema métrico del odio? ¿Existe el kilo-odio? ¿El mili-odio? ¿El odio por metro cuadrado de tweet? ¿Habrá un odiometro oficial como los radares de velocidad?

Imaginad la escena: “Señora, iba usted a 130 kilómetros de odio por hora. Multa administrativa y tres puntos menos en el carnet emocional.”

Y sobre todo, la gran cuestión: ¿Quién decide qué es odio? Porque aquí entramos en territorio maravilloso.

Si a mi, por lo que sea, se me ocurriera decir que Pedro Sánchez me parece un jeta, un egocéntrico con cierto aroma a psicopatía, un mentiroso profesional y un jefe con tendencias sectarias… ¿Eso sería odio? ¿O es simplemente una descripción con adjetivos poco cariñosos? Porque si el odio es una emoción, entonces depende muchísimo de quién escucha, ¿no?

Lo que para uno es odio, para otro puede ser crítica. Para otro sarcasmo. Para otro simple cabreo ciudadano. Pero ahora resulta que habrá un gran oráculo digital que decidirá: Esto es odio. Esto no es odio. Esto es odio medio. Esto es odio con matices.

FANTÁSTICO.

Mientras tanto, el mismo gobierno que no me deja usar mi dinero como quiero, que decide por dónde puede circular mi coche, que prepara el maravilloso experimento del euro digital controladito, que interviene el mercado del alquiler en vez de construir vivienda pública, que regula hasta cuántas gallinas puede tener uno en su casa… etc, etc, etc. Ahora también quiere meter la nariz en mis emociones.

Pedro, cariño. ¿Ahora tampoco puedo odiarte si me da la gana? ¿Eso también estará regulado?

Porque si yo quiero odiarte a ti, a tu séquito político y a todas las decisiones que tomáis… ¿eso entra dentro del plan emocional aprobado por el ministerio? ¿O eso va directamente al archivo de conducta sospechosa?

Y claro, como todavía no podéis meter un microchip en nuestras cabezas —tiempo al tiempo— la alternativa será multar el odio. “Disculpe ciudadano precario, detectamos hostilidad nivel 7 en su comentario.” TOMA, multa emocional.

Pero claro, aquí ya una empieza a ponerse imaginativa. ¿Tendremos centros de reeducación para odiadores? Un bonito recinto donde metemos a la gente que siente emociones incorrectas. Les damos un poco de Soma, como en las novelas distópicas, o directamente una lobotomía suave y listo. Ciudadano neutral, ciudadano feliz, ciudadano sin opiniones.

Y claro, otra pregunta maravillosa. Si alguien odia al gobierno, eso es odio, vale, pero si alguien odia a los rivales del gobierno… ¿eso qué será? ¿Odio o compromiso democrático? Porque la línea es curiosa. Aquí ya entramos en terreno literario.

Entiendo que estarás ya con Marlaska preparando una nueva división policial.¿La Policía del Pensamiento quizá o te has currado mas el nombre para que no se note tanto? Tembién tendremos el crimental: el crimen de pensamiento?

Ayssss 1984 verdad? En ese mundo, tener dudas sobre el sistema o sentir rechazo hacia el líder era un delito. No hacía falta hacer nada, bastaba con pensar mal.

La Policía del Pensamiento utilizaba vigilancia y psicología para detectar a los traidores antes incluso de que hicieran algo. Y ahora nosotros vamos a tener… una app pagada con nuestros impuestos. Una app para controlar el odio.

Si Orwell levantara la cabeza estaría diciendo: “Bueno, a ver, que yo lo escribí como advertencia… no como manual de instrucciones.”

Pero en fin, Pedrito, te diré una cosa con todo el glamour del mundo. Si te conociera en persona, no me tomaría ni un café contigo. Pero ojo, no te sientas especial. Tampoco lo haría con Rajoy, ni con Santiago, ni con ninguno de los especímenes políticos que están ahora mismo instalados en el poder viviendo de nuestro sudor.

Podría decirse que os odio a todos por igual. Una igualdad maravillosa. Una igualdad emocional. Si mañana desaparecierais todos de mi campo visual, os prometo algo: no os echaría de menos. Ni un poquito. Es más, por sincerarme del todome tenéis harta. Pero harta nivel histórico. Harta nivel arqueológico. Harta nivel “veo las noticias y me dan arcadas”. Es escucharos en la radio y experimentar una mezcla de mareo, sudores fríos y ganas de mudarme a una cueva.

Así que digo yo… En lugar de gastar dinero en una app para medir el odio… ¿No podríais hacer algo más práctico? Por ejemplo: meteros todos en el Falcon, hacer un viajecito bonito… y visitar la isla Sentinel. Dicen que tiene unas vistas espectaculares. Naturaleza pura. Gente muy hospitalaria. Un destino ideal para desconectar de la política nacional.

En fin, queridos. Ahí lo dejo. A ver cómo puntúa esto en el odiometro oficial. Porque sinceramente… tengo curiosidad científica.


Comentarios

Entradas populares de este blog