Escaños vacíos y maletas guardadas

Hola, queridos. Poneos cómodos porque hoy vengo en modo diva fiscal ofendidísima pero elegante.

Como ya os conté en otro episodio de “Autónoma al borde de un ataque trimestral”, cada tres meses me entran unas ganas irrefrenables de hacer la maleta, coger mi dignidad, mi portátil y largarme de este país con la misma energía con la que Beyoncé abandona el escenario tras un bis. Dramática, sí. Exagerada, también. Pero puntual con mis impuestos, siempre.

Claro, mi marido no me tomaba en serio. Él estaba ahí, tranquilo, asalariado, con su nómina entrando religiosamente cada mes, viviendo en esa fantasía maravillosa llamada “retención automática”. Hasta que el otro día ocurrió. El despertar. El momento Matrix.

Está él mirando su nómina, frunce el ceño y me dice:
—Oye… este número que hay aquí al lado de mi sueldo… ¿qué es?

Y yo, con mi mejor risa irónica, esa que mezcla ternura y ganas de decir “ay, criatura”:
—Cariño… ese es tu sueldo. El de verdad. El antes de que el Estado pase la gorra versión premium.

Se quedó ojiplático. OJIPLÁTICO. Como si acabara de descubrir que los Reyes Magos son Hacienda con capa.
—¿Cómo? ¿Eso es lo que yo ganaría?

—Sí, amor. Eso. Lo que tú creías que era ciencia ficción. Ahora entiendes por qué cada tres meses me subo por las paredes como Spiderman pero sin superpoderes, solo con modelo 303.

Y vamos a ver. Que yo soy la primera que está de acuerdo en pagar impuestos. De verdad. Yo he comprado el pack completo del mantra oficial: infraestructuras, sanidad, pensiones, educación… Lo recito mejor que el Padre Nuestro. Si hay que contribuir al fondo común, ahí estoy yo, con sonrisa institucional y transferencia hecha.

Pero claro, una tiene ojos. Y coche. Y Google. Y televisión.

Sales a la carretera y dices: “Ah, mira, cráter lunar versión nacional”. Te subes a un tren y piensas: “Qué emoción, ¿llegaremos hoy o será una experiencia espiritual?”. Te pones mala y descubres que conseguir cita médica es como intentar entradas para un concierto de Taylor Swift. Y tienes hijos en el cole y ya ni te cuento… ahí el nivel de observación se vuelve científico.

Y luego está la tele. Ese maravilloso escaparate de “cosas que pasan”. Corrupción por aquí, corrupción por allá. De todos los colores, ojo. Aquí el arte de mangar es transversal. Si algo une a izquierda y derecha en este país no es la bandera, es el manual avanzado de “cómo colocar al primo en un consejo asesor”.

Ves titulares: caso de corrupción A, caso de corrupción B, comisión C, sobrecito D. Y tú pensando: “Ah, mira, mis impuestos, qué viajeros, están viendo mundo”.

Luego están los chiringuitos montados ad hoc. Que no son de playa, no. Son conceptuales, creativos, con nombres larguísimos y objetivos difusos. Y el dinero volando. ONGs de las que no sabes ni qué hacen ni qué reportan, pero oye, qué internacionales somos.

Y lo mejor: tú, pobre mortal, no puedes mover 1000 euros sin que te pidan la partida de nacimiento, el grupo sanguíneo y una carta explicando si era para sushi o para una lavadora. Pero por ahí arriba el dinero en B se mueve más rápido que las borrascas de primavera. Eso sí es eficiencia.

¿Dimisiones? No, queridos, aquí no dimite nadie. Aquí se habla de bulos, otros esquivan el bulo, otros silban mirando al techo como si estuvieran esperando que caiga una paloma de la paz. Y mientras tanto, nosotros mirando desde el sofá, unos defendiendo a muerte, otros protestando en el bar, pero en general… versión nacional de “aquí no pasa nada”.

Más corrupción. Menos servicios. Más inseguridad en la calle y más inseguridad vital. Trabajo precario, vivienda imposible. Y luego en la tele: “Problemón, los españoles no tienen hijos”.

¿Perdón? A ver, si la media para independizarte es 36 años, viviendo con tus padres, encajando trabajos temporales y compartiendo piso con tres desconocidos y una planta moribunda… ¿en qué momento te planteas tener un bebé? ¿En el pasillo entre el cuarto de la lavadora y la habitación de tu hermano?

Pero claro, la narrativa es maravillosa: “Hace falta sangre nueva, por eso es la única solución que tenemos para subsistir es regularizar a mogollón de gente”. Traducción libre: “Alguien tiene que sostener el chiringo cuando nosotros nos jubilemos”. Con el nivel educativo actual se piensan que somos todos tontos. Y una intenta ser comprensiva, pero a veces cuesta.

Y últimamente lo pienso mucho. España: el país donde nos dan por saco con una elegancia institucional impecable y nosotros respondemos con un “bueno, qué se le va a hacer”.

Pues no. Esta diva fiscal ha decidido revolverse. Dramáticamente, pero con estrategia.

He descubierto mi partido político. Y esta vez no es broma. Me he unido. Sí, yo, la que cada trimestre amenaza con exiliarse fiscalmente a la cocina.

Se llaman Escaños en Blanco. ¿A que no habíais oído hablar de ellos? Pues yo tampoco. Tardé medio minuto en unirme. Medio minuto y cero dramas.

Su objetivo es tan sencillo que parece un chiste, pero no lo es: que el voto en blanco sea computable y se traduzca en asientos vacíos en las instituciones. Vacíos. Sillas sin culo, sin chupoptero agradecido. Silencio parlamentario literal.

Su programa electoral tiene un único punto. UNO. Más minimalista que mi armario después de ver un documental de Marie Kondo. “NO TOMAREMOS POSESIÓN DEL CARGO”. Esto que quier decir:

Primero: dejar vacíos los escaños. Si obtienen representación, no toman posesión. La silla se queda ahí, como símbolo de “ninguno me representa, gracias”.

Segundo: renuncian a sueldo y subvenciones. O sea, que no van a por el coche oficial ni el despacho con cortinas gruesas. Van a por el vacío existencial institucional.

Tercero: forzar una reforma de la ley electoral para que el voto en blanco sea reconocido como rechazo real y reste escaños a los demás. Y cuando eso pase… se autodisuelven. Desaparecen. Fin. Bomba de humo política.

Porque el voto en blanco tradicional aquí cuenta como voto válido, pero no ocupa silla. Es como decir “no me gusta nada” pero que el sistema responda “estupendo, gracias por participar, ahora seguimos igual”.

En cambio, votarles a ellos es convertir el “paso de todos” en una silla vacía que se ve. Que molesta. Que pregunta sin hablar.

Y ahora mismo, es la única forma elegante que se me ocurre de decir: “Mira, no. No compro este sistema apestoso”. Sin quemar nada. Sin gritar en una plaza. Sin coger la maleta… todavía.

Así que aquí estoy. Diva fiscal, autónoma trimestralmente traumatizada, pero con sentido del humor y ganas de dar guerra de la forma más irónica posible: intentando dejar sillas vacías.

Si se os ocurren otras ideas antes de que haga la maleta definitiva y me vaya a pagar impuestos a Narnia, soy todo oídos. Pero que sean creativas, que una ya que protesta, protesta con estilo.


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