El suelo es lava

Oh-Dios-mío. Queridos todos, hoy comparezco ante vosotros, metafóricamente subida a una caja de fruta, con bata de boatiné indignada ondeando al viento, para anunciar que HE LLEGADO AL LÍMITE DE MI PACIENCIA. Ese límite del que tanto se habla, ese que crees que es infinito… hasta que un día resbalas a dos centímetros de casa y ves tu vida pasar en cámara lenta.

A ver, voy a explicarme despacito, que vengo con la vena del cuello latiendo al ritmo de un tambor tribal. Seguro que todos habéis oído ese dato tan moderno, tan europeo, tan de conversación de brunch: “En España hay más perros que niños.” Estupendo. Maravilloso. Nada dice “sociedad avanzada” como discutir si tu perro es intolerante al gluten mientras tú cenas cereales. El país avanzando hacia un futuro donde los parques infantiles serán sustituidos por circuitos de agility y los columpios tendrán dispensadores de bolsitas biodegradables.

Pero no. Ese no es el dato que me tiene al borde del colapso nervioso con tic en el ojo izquierdo. El dato que a mí me deja absolutamente perpleja, ojiplática, al borde del desmayo dramático, es otro que curiosamente no aparece en ninguna estadística oficial: el crecimiento descontrolado del CERDO URBANO.

Sí, queridos. Porque perros hay muchos… pero lo que se ha disparado a un ritmo que ni la espuma de cerveza, es el número de cerdos que pasean a su compañero… y luego desaparecen misteriosamente cuando el animal entra en “modo fabricar churro”.

Cada día hay más perros acompañados de su cerdo. Su cerdo edition premium. Su cerdo plus. Su cerdo deluxe. Gente que tú los ves y piensas: “Qué bien vestidos, qué modernos”… y luego el perro se agacha, ellos miran al horizonte como si contemplaran el sentido de la existencia y de repente se vuelven todos expertos en ceguera selectiva. Es increíble. El perro hace “plof”. Y el dueño hace “yo no he visto nada”. Pero vamos a ver, alma de cántaro… si has oído hasta el eco.

Y ojo, que yo he tenido perros toda mi vida. LOS HE TENIDO. No hablo desde la envidia ni desde el rencor, hablo desde la experiencia, desde la sentadilla profunda, desde el olor que te hace cuestionar tus decisiones vitales. Ahora no, porque ya tengo hijos y sinceramente mi cupo de seres vivos que dependen de mí está completo. No puedo responsabilizarme de más criaturas sin abrir directamente un albergue.

Porque tener un perro es precioso. Llegas a casa y te reciben como si fueras una mezcla entre Shakira y un jamón ibérico. Saltos, amor, emoción… nadie en tu vida se alegrará tanto de verte salvo tu madre si vas a devolverle los tupper.

Son fieles. Son cariñosos. Son terapia emocional con patas. TODO ESO ES VERDAD. Pero tener un perro también implica responsabilidades. Lo sé, es un concepto revolucionario. Porque no basta con abrazarlo, peinarlo, comprarle mas abrigos que a un niño de Finlandia, bañarlo con champú de avena ecológica recolectada por monjes tibetanos. Cunado hace caca, LO RECOGES. No lo dejas ahí como si fuera arte urbano. Que ya bastante tenemos con el arte moderno como para empezar a ver exposiciones tituladas: “Texturas orgánicas sobre cemento”.

Que digo yo… lo mismo que haces corazoncitos y recoges sus juguetes, también puedes hacer de tripas corazón y agacharte con una bolsita. Ese gesto atlético que combina sentadilla profunda con respiración contenida. Donde se demuestra el verdadero amor por tu compañero.

Pero no. Porque parece que algunos han interpretado que el ciclo natural es: el perro lo deja… y la Madre Tierra se encargará. Pues mirad, la Madre Tierra está hasta el moño y yo mas.

Salir a caminar por mi barrio se ha convertido en un deporte extremo. Esto no es un paseo, es el Grand Prix, son las zamburguesas de humor amarillo. Voy mirando al suelo con una concentración que ni un cirujano en pleno trasplante. Olvídate de ir charlando con alguien. ¿Conversar? ¿Relajarme? ¿Mirar escaparates? JA. Tengo la vista fija en el pavimento como si estuviera buscando diamantes.

He desarrollado reflejos de ninja. Tengo más cintura que una bailarina esquivando obstáculos. Cualquier día doy un salto mortal y alguien me gritará:

—¡9,5!
—¡Ha faltado estirar la punta del pie!

Intentar caminar recto es una fantasía. Una utopía. Un concepto filosófico. El otro día iba con mis hijos, felices, inocentes, despreocupados, brincando por la calle como si vivieran en un anuncio de compresas… Y yo detrás gritando:

—¡CUIDADO!
—¡LA MOCHILA!
—¡ESO NO ES BARRO!
—¡SALTA, SALTA!

Parecemos un equipo de desactivación de bombas.

Y ya lo del carrito de la compra esta mañana… queridos… eso ha sido pura coreografía. He hecho más eslalon que un esquiador dopado. Izquierda, derecha, giro, frenazo… En un momento dado me he planteado ponerle matrícula al carrito y pedir subvención deportiva. Caminar en línea recta es ya un recuerdo del pasado. Un lujo. Una fantasía.

No sé cómo estarán vuestros barrios, pero el mío debe ser como Las Vegas para los cerdos. Lo que pasa en la acera… se queda en la acera. Igual ha sido elegido como reserva natural del cerdo urbano. Igual hay un programa de cría que desconozco. De mi casa al supermercado no hay una sola acera libre. NI UNA. Esto no es un barrio, esto es un campo de minas. Sales limpia y vuelves con trauma.

Y os digo una cosa: yo soy muy de campo, muy de monte, muy de naturaleza. Pues camino más tranquila por el monte, rodeada de jabalíes que por mi propia ciudad. Porque el jabalí al menos no te mira con cara de “ha sido la naturaleza”. El jabalí no te traiciona, el cerdo urbano, si ¿Os parece normal? Porque a mí no guapi.

Y ya ni hablemos de los pises. Esa batalla la di por perdida hace tiempo. Eso es Vietnam. No se puede ganar. Fijaos cómo estará la cosa que en la puerta de mi establecimiento tuve que poner un cartel. Un cartel, explicando que esto es UNA PUERTA. Una puerta, queridos, una cosa vertical, con pomo, por donde entran humanos, no un árbol milenario, no un urinario canino con vistas. Un cartel pidiendo, por favor, con educación, con cariño, casi con lágrimas: “¿Podrían ustedes invitar a sus adorables compañeros de cuatro patas a orinar en otro lugar que no sea exactamente donde la gente pone las manos para entrar?”que solo le faltaba decir: “Por favor te lo pido, estoy cansada.” No pedía un milagro. Solo un poquito de puntería geográfica.

Porque hay gente que pone al perro a mear ahí y encima se queda mirando con orgullo, como diciendo:

—Mira qué presión tiene.
—Este apunta mejor que yo.

En serio… ¿no se puede hacer nada para volver a pasear con tranquilidad? ¿Tenemos que salir a la calle con botas de pescador? ¿Traje NBQ? ¿Un dron que analice el terreno antes de avanzar? ¿No podemos salir sin sentir que participas en una gincana escatológica? ¡SEÑOOOOR! Que es una tortura. Una prueba de carácter. Un entrenamiento mental. Yo ya no paseo, yo sobrevivo. Respiro hondo. Me concentro. Bajo la mirada. Y avanzo. Como una heroína. Como una superviviente de un apocalipsis zombi esperando a ver que hay tras la esquina. Como una mujer que solo quería dar un paseo… y ahora vive atrapada en un documental extremo titulado: “España: tierra de perros… y cerdos de dos patas.”

Cualquier día me veréis barriendo la acera mientras susurro: “Este barrio antes era bonito…”

Así que desde aquí hago un llamamiento. Queridos dueños responsables: os quiero. Sois ángeles, seres de luz, personas de bien. Ojalá os toque siempre el lado frío de la almohada. Queridos cerdos con perro: recogedlo. No pasa nada. No se cae un brazo. No perdéis estatus social. Nadie va a decir:

—Oh no… ha usado una bolsita… qué vergüenza…

Al contrario. Os miraremos como héroes, os abriremos paso, puede que hasta os aplaudamos. Pero mientras tanto, seguiré entrenando mis reflejos, mi equilibrio y mi capacidad pulmonar para no respirar cuando paso por ciertas zonas.

Hay momentos en la vida en los que una descubre cosas sobre sí misma. Algunos se van a Bali, otros hacen retiros espirituales, otros beben zumos verdes con cara de sufrimiento… y luego estoy yo, que he alcanzado el nirvana emocional esquivando mierdas por la acera. Porque sí, queridos, la iluminación no llega meditando: llega cuando consigues recorrer dos calles sin pisar algo que te haga replantearte tus ganas de vivir.

Eso sí, luego hablamos de dejar un mundo mejor a nuestros hijos… queridos, de momento conformémonos con dejarles una acera por la que pasear.



Comentarios

Entradas populares de este blog