De los heavys a los hombres lobo


Hola queridos, criaturas del algoritmo, flores del WiFi y víctimas del scroll infinito.

Hoy vengo a hacer un ejercicio de arqueología humana: demostrar, sin ningún tipo de filtro ni dignidad, lo VIEJUNA que soy y lo exageradamente afortunada que fui al nacer en 1975. Sí, cuando el Ebro solo tenía una orilla y el mayor hallazgo tecnológico era que el VHS se rebobinaba solo. Os pongo en situación.

El otro día voy a recoger a mis hijos al cole, ese safari diario donde una ya va mentalizada como quien entra en una reunión de la ONU pero con mochilas con ruedas y, como siempre, de camino a casa me van contando sus aventurillas mañaneras. Que si uno ha traído galletas sin gluten, que si otro ha suspendido mates pero con autoestima alta, que si la profe ha dicho “chicos y chicas y chiques y chiquis y entidades conscientes”.

Y de repente, mi hijo mayor suelta:

—Mamá, ¿sabes lo que ha hecho un therian?

Perdón. ¿Un qué? ¿Un trapero? ¿Un entrenador personal? ¿Un Pokémon legendario?

—No, mamá, un therian.

Y yo, que ya a estas alturas me siento como si me hablaran en klingon, le digo:

—Cariño… ¿eso qué demonios es? ¿Se come? ¿Tributa? ¿Cotiza?

Y él, con esa paciencia infinita que tienen ahora los preadolescentes cuando explican cosas obvias a sus padres analógicos:

—Mamá, un therian es una persona que se identifica de manera profunda, interna e involuntaria con un animal. No es un disfraz ni un hobby. Es una identidad que se percibe a nivel espiritual, psicológico o neurológico.

Mmmmm perdona, ¿cómo dices?

Traducción simultánea para madres del 75: es una persona que se cree un animal. Van con máscara y vestidos de ese animal.

POR LA GLORIA DE MI MADRE BENDITA!!!

O sea, que después del género fluido, el multiverso identitario y el “hoy me siento energía cósmica”, ahora también tenemos el pack expansión versión fauna ibérica.

Yo me quedé mirando al horizonte como quien ha visto arder Roma.

Porque en mi época, queridos, si querías pertenecer a un grupo era FACILÍSIMO.

O eras pijo o eras heavy o eras punky o eras rockabilly y todos contra los pijos. Fin del conflicto geopolítico.

Era maravilloso, sencillo, ordenado, clasificable en una carpeta.

Luego llegaron los emos y ahí ya empezamos a sospechar que la cosa se nos iba un poco de las manos… pero seguían siendo humanos. Tristes, pero humanos.

Ahora no, ahora:
—Hoy me siento mujer.
—Mañana me siento hombre.
—Pasado me siento energía del bosque.
—El jueves soy lobo ártico con trauma intergeneracional.

Y tú ahí, intentando no equivocarte de pronombre, de especie o de ecosistema. Llámame retrógrada, vintage o edición limitada del Pleistoceno, pero una ya tiene una edad y hay cosas que le pillan sin manual de instrucciones. Yo me perdí en la actualización 3.4 del ser humano.

Pero esperad, que la conversación no terminó ahí. Le pregunto:
—Bueno hijo, ¿y qué ha hecho un bicho de esos?

Y me dice, con total naturalidad:

—Pues un therian ha mordido a un niño.

Perdona, ¿qué?

Yo: “Eso seguro que es una chorrada de TikTok.”
Porque si algo suena absurdo en 2026, probablemente tenga filtro y música de fondo. Pero claro, me pica la curiosidad. Y me pongo a investigar. Y encuentro titulares maravillosos:

Que en Argentina una cría de 14 años fue rodeada por jóvenes con máscaras de perro o lobo al salir del cole, que la olfatearon (que ya me parece un nivel de implicación altísimo) y que uno terminó mordiéndola en el tobillo.

Que a los chicos de Morat les atacó una señora que se identificaba como animal.

Que detenciones en el Barrio Chino de no se donde por mordeduras.

Que un therian fue mordido por un perro real mientras actuaba como perro en la calle (esto ya es karma con banda sonora).

Que en Costa Rica prohibieron la entrada a therians en una tienda.

Yo leyendo todo esto y pensando: ¿estamos viviendo en un documental de National Geographic patrocinado por TikTok? Pero aquí viene lo interesante. Porque luego lees a los psicólogos y te dicen: “No es un trastorno mental en sí mismo. Es una expresión identitaria. Es exploración adolescente. Es búsqueda de pertenencia.”

Y ahí, amigas mías, se me cae el sarcasmo un poquito al suelo. Porque claro… ¿qué es la adolescencia sino un safari emocional sin GPS?

En mi época querías pertenecer a un grupo, pues te ponías una chupa de cuero, te dejabas flequillo imposible, escuchabas música a todo volumen y ya estabas integrado.

Ahora quieren pertenecer… Y se tienen que convertir en lobo espiritual con conflicto existencial. El fondo es el mismo. La forma es… bueno… más peluda.

Y sí, también dicen los expertos que puede ser una forma de gestionar traumas, ansiedad, sensación de diferencia. Que mientras no haya pérdida de contacto con la realidad ni daño a terceros, es parte de la exploración. O sea, que si tu hijo se siente gato pero aprueba matemáticas y no muerde vecinos… respira tranquila.

Y ahí es donde me da un poco de pena. Porque detrás de la máscara, literal, hay chavales intentando entender quiénes son en un mundo que cambia más rápido que nuestra capacidad de procesarlo.

Nosotros crecimos con promesas claras: Estudia, trabaja, cómprate una casa, ten hijos y jubílate.

Ellos crecen con: Crisis climática, precariedad laboral, inteligencia artificial y alquileres que cuestan como un riñón premium. Igual lo raro no es que quieran ser lobos, igual lo raro es que sigan queriendo ser algo.

Así que sí. Me río. Ironizo. Exagero. Porque soy del 75 y el sarcasmo es mi idioma nativo. Pero también pienso: Qué difícil debe de ser crecer en un mundo tan ruidoso que necesitas ponerte una máscara de animal para sentir que perteneces a alguna manada.

En mi época, las máscaras eran para atracar bancos. Ahora son para decir: “Eh, estoy aquí. No sé muy bien quién soy, pero existo.”

Y mientras tanto yo, señora vintage con vaqueros de tiro medio y coche de gasolina, observo el espectáculo con palomitas. Porque no sé qué será lo próximo. ¿Identificarse como electrodoméstico? ¿Comunidad oficial de tostadoras emocionales? No lo descarto eh?. Pero también sé que cada generación ha tenido su versión del “señor, poco nos pasa”.

Así que aquí estoy. Entre la risa nerviosa, la ironía de diva y el intento sincero de entender un mundo que corre más rápido de lo que mis rodillas permiten. Y si algún día mi hijo me dice:
—Mamá, me siento lince ibérico.

Pues nada. Le diré:
—Cariño, mientras no me arañes el sofá y recojas tu habitación… maúlla lo que quieras.

Porque al final, todos hemos querido ser algo distinto alguna vez. Aunque lo nuestro fuera simplemente… ser raros sin WiFi. Señor, poco nos pasa, pero qué entretenido está el circo.


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