EGB: la última generación autosuficiente

Hola, queridos. Y hoy, especialmente, un abrazo enorme, de esos que crujen vértebras, recolocan lumbares y te dejan pensando “igual esto no era buena idea”, a toda esa generación gloriosa que conoció la televisión en blanco y negro. Sí, vosotros, los elegidos, los supervivientes, los que cuando alguien grita “¡tigres, tigres!” respondéis automáticamente, sin pensar, sin dudar y con orgullo patrio: “¡leones, leones, todos quieren ser los campeones!”.
Efectivamente. Si has contestado mentalmente esa frase, ya estás dentro,
no hay vuelta atrás. Ya sabes de qué va esto. Ya hueles el Nenuco, la mercromina que escocía solo con mirarla, el bocadillo aplastado de nocilla en la mochila y ese trauma infantil compartido que hoy nos une más que lazos de sangre.

Vamos a hacer un pequeño viaje en el tiempo. Ajusta el cinturón, ponte el chándal de tactel y acompáñame a nuestra más tierna infancia, cuando íbamos a EGB (Educación General Básica).
Que, por cierto, si eso era “básica”, no quiero ni imaginar cómo llamarían a lo de ahora… ¿Educación General Intuitiva? ¿Educación Emocional Experimental con PowerPoint? ¿Educación Básica pero sin lo básico?

En el cole se iba, básicamente, a estudiar. Mucho, a saco, con boli Bic y cuaderno cuadriculado. Salvo dos oasis sagrados en medio del desierto académico: la clase de gimnasia, donde sobrevivían solo los fuertes, los rápidos y los que no tenían asma y pretecnología, que ahora la llaman arts and crafts, porque ya se sabe, en inglés todo parece menos cutre y más instagramable.
En aquella asignatura hacías de todo: marquetería, costura, barro, macramé… éramos niños, pero salíamos con habilidades suficientes para montar un mercadillo medieval o abrir una tienda en Etsy sin tutorial previo.

Ahora bien, había una norma no escrita, grabada a fuego en el ADN infantil, más firme que los Diez Mandamientos: NI SE TE OCURRÍA PEDIR AYUDA EN CASA. Porque tú sabías, todos lo sabíamos. Si abrías la boca para decir: Papá, ¿me ayudas con esto?
La respuesta era
inmediata, automática, sin margen de negociación ni réplica posible: Eso te lo han mandado a TI.

Punto. Fin de la conversación, no insistías, no preguntabas, no llorabas. Tu madre, con suerte, te ayudaba a hacer el disfraz de carnaval… y gracias. Y eso si no era el típico disfraz de bolsa de basura con dos agujeros y una cartulina grapada. Creatividad: cero. Autoestima: regular Supervivencia: cien.

Las manualidades se hacían en clase. TODAS. No salían del colegio hasta que estaban terminadas. Era como una condena: hasta que no acabas, no te vas. Como mucho, si eras de los lentos, de los torpes, de los que necesitaban más cariño y menos pulso, te dejaban llevártelo un fin de semana. Pero lo normal era hacerlo allí, bajo la atenta mirada del profesor, el profesor de antes, el que tenía autoridad, voz grave y capacidad real de arruinarte la vida con una sola mirada sin levantar la voz.

Recuerdo perfectamente que en 5º de EGB nos hicieron hacer un mapa físico de España con plastilina. Con sus montes, sus ríos, sus mesetas… todo. ¿Y dónde lo hicimos? EN CLASE.
Sin padres,
sin apps, sin tutoriales de YouTube, sin un arquitecto paisajista de apoyo emocional. Sin nadie preguntando si el niño estaba frustrado porque el río Ebro no le salía recto.
Y ahora… ahora saltamos a la actualidad. Agárrate. Al parecer, el currículo educativo ha bajado un pelín, solo un poquito, eh, nada grave. Se nota apenas… en cualquier entrevista que le hagan a un chaval por la calle que no sabe quién descubrió América, pero sí editar vídeos en 4K, te pone música épica y te lo sube a redes con hashtags estratégicos.

Ahora todo es muy Montessori, muy de tocar, muy de experimentar, muy de “vamos a rellenar huecos porque si no, ¿qué hacemos con estas seis horas?”. Y está muy de moda lo que llaman proyectos. Proyectos por asignatura, proyectos por trimestre, proyectos del proyecto y como no, el making of del proyecto, porque sin eso no tiene alma.

¿Y dónde se hacen esos proyectos, queridos? Exacto. EN CASA.

Porque, claro, son tan sencillos, tan ligeros, tan asumibles… que en el cole no hay tiempo. Ni medios, ni ganas. Así que ale, familia, a disfrutar de vuestra nueva profesión: docentes en la sombra.

Caso verídico número uno.
Uno de mis hijos, diminuto,
enano, de esos que todavía confunden martes con dinosaurio. Proyecto de las profesiones.

Nos llega una notificación. Porque ahora, por lo que sea, los padres tenemos que tener una aplicación. Una app donde te dicen los deberes, los exámenes, las faltas, si ha respirado raro, si ha parpadeado fuera de tiempo y si emocionalmente hoy estaba alineado con el universo..

¿Te imaginas al profesor de tu época escribiéndole a tu padre por una app? Tu padre te preguntaba: ¿Has hecho los deberes?. Tu respondías: Sí. Y con eso ya estaría todo, no había seguimiento, no había gráficos, no había alertas push. La nada hasta que llegaran las notas o tu profe los llamara porque la habías liado en clase.


Bueno que me voy por las ramas, el caso, la notificación decía algo así como:
“Esta semana vamos a trabajar las profesiones. Tendrán que venir disfrazados de la que les haya tocado. Tranquilos, con lo que tengáis por casa será suficiente.”

JA.
JAJAJA.
JAJAJAJAJA.

Salen los niños de clase, uno a uno, porque no los sueltan hasta que no ven a la madre, y van preguntado: ¿Hijo de que te ha tocado?
De maestro, dice uno. De escritor, dice otro. De abogado, de socorrista, de mecanico...
Y yo pensando: mira, pues no era para tanto, esta vez prejuzgue mal.

Sale el mío. ¿De qué te ha tocado mi amor? ¡DE ASTRONAUTA, MAMÁ!

Claro que sí, guapi, te pongo la escafandra de los domingos y el cohete de las bodas no? ¿Algo más? ¿Un satélite real? ¿Un curso acelerado en la NASA?

Desde ese día, queridos, he hecho barios máster. En costura. En dibujo técnico. En marquetería. En electrónica. Y en edición de vídeo. Ahora monto vídeos mejor que muchos youtubers. Que no exagero, que no.

Estas semanas hemos hecho un “conecta” con el mapa de Europa. Diez metros de cable, una pila de petaca y mas paciencia que el santo Job en hora punta. Y ahora estamos terminando un feudo medieval, completo: castillo, casas, molino, bosque, foso… Y cuando acabemos, tengo que grabar al chaval contando una historia épica sobre ese feudo, con narrativa, con emoción, con plano secuencia si hace falta. ¿Como te quedas? Y esto ha sido solo la última semana, imaginate desde infantil.

Creo sinceramente que esto me computa para trabajar en cualquier producción de Hollywood como escenógrafa, jefa de vestuario, técnica de efectos especiales y postproducción.

Así que tú imagínate ahora a tus padres en su época, sentados en la mesa del salón, teniendo que hacer todo esto. ¿Qué le habrían dicho al profesor? Exacto.
Y eso que antes el profe tenía autoridad. No como ahora.



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