Cuando morir entra en el presupuesto

Hola queridos. Hola desde el púlpito del cinismo institucional, desde el atril de las condolencias en diferido, desde ese lugar cómodo donde se habla cuando ya no sirve absolutamente para nada.
Como manda el guion, como dicta el protocolo emocional prefabricado, como exige el manual plastificado de
“qué decir cuando el daño ya está hecho”, mis primeras palabras de hoy y qué menos, faltaría más, van en apoyo a las familias de los fallecidos, a las de los heridos, y por supuesto a todas las llamadas “víctimas colaterales”: los que salieron ilesos pero rotos, los que ayudaron sin chaleco ni cámara, los que vieron, los que escucharon, los que entendieron en segundos lo que otros se empeñan en no entender en años. Porque sí, claro que cuentan. Cuentan… durante 48 horas, luego estorban, luego incomodan, luego ya son mala prensa.

Y es que, qué casualidad tan incómoda, esto estaba cantado. No como una profecía mística, no, cantado como se cantan las verdades que nadie quiere escuchar. Cantado de aviso en aviso, de informe en informe, de técnico en técnico al que se le dijo “no exageres”, “no hay presupuesto”, “no es prioritario”, “ya lo vemos en el próximo ejercicio”.
Pero tranquilos, aquí no pasa nada, nunca pasa nada. En este país el “no pasa nada” no es una frase: es doctrina, es método, es anestesia general administrada gota a gota para que no duela pensar.

Que hay avisos reiterados de violencia machista y se reparten pulseritas del AliExpress, del Temu o del bazar de la esquina como si fueran talismanes mágicos. Psssss, nada, ya avisará un vecino si acaso pasa algo, ¿no? O una amiga, o un cadáver. Total, invertir en prevención real es caro, no luce en campaña y, sobre todo, no engorda las cuentas correctas.
Que los sistemas fallan no porque no se sepa cómo arreglarlos, sino porque arreglarlos
no renta.

Que las infraestructuras se caen a pedazos, envejecidas, oxidadas, olvidadas, y se arreglan con cinta americana, parches de última hora y discursos solemnes. Psssss, que vayan más despacio, que tengan mas cuidado, que al final se adaptan al desastre.
Y ya de paso, les vendemos un cacharro luminoso obligatorio, inútil, caro y perfectamente prescindible, que este año no nos da para las vacaciones de este verano, que está todo muy caro.
Eso sí: cuando algo ocurre, la culpa siempre es del usuario. Jamás del abandono estructural, jamás de décadas de desidia organizada.

Que las listas de espera sanitarias en algunos lugares son tan largas que cuando te llaman ya no sabes si eres el paciente o el heredero. Psssss, la gente es muy impaciente, qué manía con aferrarse a la vida. ¿Que alguien muere esperando? Mala suerte oye, yo ya tengo mi sanidad privada, que tenemos que ahorrar para la tercera mansión, la de la playa, la de “desconectar del estrés de gestionar lo público mientras lo desmantelamos”.

Que los chavales salen del sistema educativo sin saber escribir una frase sin que sangren los ojos. Psssss, mejor así, menos frustración, menos pensamiento crítico, menos capacidad de atar cabos. Más ruido, más consignas, más obediencia automática. Ciudadanos manejables, dóciles, cansados, confundidos. Democracia de bajo mantenimiento. Todo ventajas.

Porque sí, queridos: el otro día hubo 45 muertos sobre las vías. 45. Número perfecto, redondo, ideal para titulares, declaraciones compungidas, lazos negros y minutos de silencio cuidadosamente cronometrados.
Pero decidme queridos:
¿cuántos muertos llevamos por carreteras en mal estado que “no entraban en el presupuesto”?
¿cuántos por listas de espera que no salen en portada?
¿cuántos por falta de medios, por obsolescencia, por abandono, por proyectos en cajones hace mil años que “ya si eso el año que viene” que se repite como un mantra criminal?
¿Cuántas muertes por no dejar actuar, por no haber personal, por tener medios más viejos que los primeros capítulos de
Cuéntame y menos mantenimiento que un coche de desguace?

Si pusiéramos todas las víctimas reales de este sistema putrefacto sobre la mesa, no cabrían en la habitación. Nos echaríamos las manos a la cabeza… si no fuera porque llevamos años entrenándonos para no hacerlo, para mirar hacia otro lado, para normalizar lo intolerable, para aceptar que morir por negligencia es parte del paisaje.
Porque, ¿qué sería de nosotros sin esa capacidad maravillosa de seguir adelante como si no fuera con nosotros?

Porque esta sed insaciable de dinero, esta gula institucional sin fondo, se está pagando con sangre.
No metafórica, no. Sangre caliente, sangre reciente, sangre de gente normal. De personas que pagan impuestos, que cumplen, que esperan, que confían, que dicen “sí”, “vale”, “amén”. Como tú y como yo. La única diferencia es que a ti, de momento, no te ha tocado el turno en esta ruleta.

Y es que estos gusanos insaciables nunca tienen suficiente. Nunca. No existe el “ya está bien”. No existe el “basta”. Siempre quieren más: más dinero, más poder, más foto, más foco, más presencia, más ego inflado con aire público. No pararán jamás. Exprimirán hasta la última gota del último pringado disponible y, cuando no salga nada más, preguntarán indignados por qué el sistema no funciona.

Les encanta el dinero, sí. Pero casi les gusta más verse, oírse, saberse imprescindibles. Su vanidad es obscena, ilimitada, patológica.

Y si no, que se lo digan a nuestra querida ministra de Hacienda. Ay, María Jesús. Qué legado visual.
Qué colección de estampas para los manuales de
“cómo no comportarse jamás ante una tragedia”.

Esa fotografía. Esa obra maestra del narcisismo institucional. Maravilla pura. Ahí está ella, entre el Rey y la Reina, un pasito por delante porque el centro siempre es suyo, con el tren volcado detrás.
Brazos cruzados, sonrisa de suficiencia, postura de
“miradme, aquí estoy yo”. El desastre como decorado, la tragedia como fondo de pantalla. Y ella, en primer plano, impecable, satisfecha, protagonista absoluta del horror ajeno.

Y luego el vídeo. Ay! ese vídeo que se proyectará en universidades, donde los estudiantes mirarán ojipláticos, incrédulos.

Los reyes, que como las ratas de barco hace rato que se han lanzado al mar, han debido dar orden de no hacerles mas imágenes cerca de lo que hoy llaman políticos, no vaya a ser que los relacionen. Pues bien, estaban hablando con la prensa después del mencionado suceso anterior, rodeados de periodistas y escoltas, no cabía un alfiler. Y de pronto, el movimiento. Ese pelo rizado avanzando, abriéndose paso como una culebrilla oportunista. Milímetro a milímetro. Hasta colocarse junto a la reina, porque a ella no la aparta nadie, porque el foco también es suyo, de hecho, es mas suyo.

Y cuando por fin lo logra… Esa mirada, mmmmm, esa mirada de triunfo. Esa mirada de “¿ves cómo sí?”. Esa mirada dirigida a alguien que le sujetaba el cubata metafórico. Solo por esa escena, ese vídeo merece más premios que los Óscar. Cine puro. Maravilla audiovisual.



Y mientras tanto, seguimos, pero no porque no sepamos, seguimos porque nos han enseñado a confundir resignación con madurez, silencio con civismo y cansancio con normalidad.

Pero que quede claro algo, por una vez: esto no fue una tragedia inevitable. No fue mala suerte. No fue un accidente. Es una elección, repetida, sostenida, firmada y no presupuestada.

Cada recorte tiene nombre. Cada “no hay dinero” tiene destinatarios. Cada muerto evitable tiene responsables, aunque no salgan en la foto, aunque no manchen las manos de sangre visible, aunque se laven la conciencia con discursos huecos y gestos ensayados.

Y la pregunta incómoda no es cuántos han muerto. La pregunta es cuántos más estamos dispuestos a aceptar para seguir igual. Cuántos trenes, cuántas cunetas, cuántas listas de espera, cuántas mujeres, cuántos ancianos, cuantas Danas, cuántos chavales harán falta para que dejemos de llamar normal a lo criminal.

Porque no, no basta con indignarse un rato. No basta con compartir el texto, poner un emoji triste y seguir scrolleando. No basta con el “qué vergüenza” dicho a voces en el bar.

Esto solo cambia cuando molesta. Cuando se señala. Cuando se exige. Cuando se piden cuentas con nombres y apellidos. Cuando se deja de votar a quien desprecia la vida y se deja de justificar al que “al menos es de los nuestros”. Cuando se entenderá, de una vez, que la política no es un espectáculo ajeno, sino el lugar donde se decide quién vive tranquilo y quién muere esperando.

Porque si no lo hacemos, no nos engañemos: no somos solo víctimas potenciales, somos cómplices por agotamiento.

Y llegará el día, porque siempre llega, en que no te valdrá una pulsera barata o un lacito en la solapa, ni una foto solemne, ni un minuto de silencio. Llegará el día en que entenderás que el precio de no haber hecho nada era exactamente este.

Y entonces queridos, será tarde.


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