Crónica de una Nochevieja anunciada

Hola queridos. Sí, queridos, porque si habéis llegado hasta aquí es que o bien sois familia, o bien amigos de verdad, o bien gente que no ha sabido poner una excusa creíble a tiempo.

Supongo que os pillo a todos en ese maravilloso momento previo a la Nochevieja: unos en la peluquería, negociando con el espejo una versión “yo pero mejor”; otros ultimando el outfit, ese que parecía espectacular en casa y que ahora, curiosamente, no convence a nadie; y luego está el héroe silencioso: el anfitrión. Esa persona que ahora mismo está recorriendo el vecindario cual chatarrero moderno, pidiendo sillas, taburetes, una mesa plegable del 92 y, si se descuida, un sofá cama con traumas. Todo mientras suda entre fogones como si estuviera concursando en MasterChef Edición Desesperación.

No te digo más que yo vengo de gastarme un pastón indecente en pirotecnia. Porque claro, mis pequeños vástagos consideran que los fuegos artificiales estándar son para cobardes. Que si este no hace suficiente ruido, que si aquel no ilumina lo bastante el cielo, que si el año pasado fue mejor… Así que nada, creo sinceramente que para el año que viene necesitaré unas cuantas granadas, dos bazucas y un lanzallamas. Todo por la ilusión de los niños, por supuesto. La ilusión y por dejar sordos a tres municipios colindantes.

Y sí, aprovecho para pedir disculpas públicas, muy públicas, a aquellos que nos increparon en las fiestas de esta nuestra ciudad. Pero aviso: esta noche vamos con TODO. Que el 31 de diciembre es una noche mágica… y ruidosa. Muy ruidosa, se siente.

Pero venga, para que os relajéis un poco, que os veo con el culo prieto y la mirada perdida como quien repasa mentalmente si ha comprado suficiente hielo, vamos a hablar de algo tranquilo. Algo ligero. Algo que no genera expectativas absurdas ni frustración colectiva: de donde viene esto de la Nochevieja? Pues en una frase te lo resumo, venimos de sacrificios humanos antiguos a atragantarnos con 12 uvas y aguantar a los “cuñaos”. Mmmmm igual no ha sido tanta evolución? Vamos a verlo.

Nochevieja. Ese momento del año en el que todos, sin excepción, nos ponemos profundísimos durante exactamente 24 horas. Nos invade un sentimiento nostálgico, esperanzador, reflexivo… y un poco dramático, porque si no, no cuenta. Agradecemos lo vivido, olvidamos convenientemente lo traumático y nos prometemos que el año que entra va a ser mejor, siempre mejor, aunque estadísticamente… bueno, dejémoslo ahí.

Celebrar la llegada del nuevo año es una de las festividades más universales del planeta. Todo el mundo lo hace, aunque no todos el mismo día, ni con el mismo calendario, ni con el mismo entusiasmo, ni con la misma resaca posterior. Pero todos coincidimos en algo: necesitamos marcar el paso del tiempo con una excusa para beber, comer y abrazar a gente sudada.

En la mayoría de países que siguen el calendario gregoriano, España incluida, celebramos la Nochevieja el 31 de diciembre. También lo hacen en gran parte de Europa, América, Rusia, Australia, Japón, Sudáfrica… Vamos, que no es cosa nuestra. Es un despropósito global perfectamente organizado.

Pero claro, uno se pregunta: ¿De dónde sale todo esto? ¿Por qué seguimos haciendo lo mismo año tras año? ¿Y quién fue el iluminado que decidió que comer uvas a velocidad de metralla era una buena idea?

Un origen muy antiguo… y bastante más sangriento. Como casi todo lo que hoy celebramos con cava barato, esto viene de la Antigua Roma. En aquel entonces, el año empezaba en marzo, porque el calendario iba a su bola, como quien empieza la dieta un lunes cualquiera. Hasta que llegó Julio César, que además de conquistar medio mundo dijo: “Vamos a poner orden aquí”.

En el año 46 a.C. instauró el calendario juliano y decidió que el año empezaría el 1 de enero. ¿Por qué? Pues porque estaba dedicado a Jano, el dios romano de los comienzos, las transiciones y los umbrales. Un señor con dos caras: una mirando al pasado y otra al futuro. Básicamente, el primer símbolo oficial del “lo que fue, fue, y lo que venga, ya veremos”.

Los romanos celebraban esta fecha con sacrificios y brindis para pedir protección. Nada de lentejuelas ni besos bajo la mesa. Aquí se sacrificaba, se bebía vino y se le rezaba a un dios con más caras que un político en campaña.

Con el paso de los siglos, la cosa fue cambiando. En la Edad Media, la Nochevieja se volvió más recogida, más cristiana, más de reflexión y oración. Muy poco Instagram, la verdad.

En la España medieval se mezclaban rituales paganos, limpiezas simbólicas y celebraciones religiosas. Pero fue a partir del siglo XVIII cuando la gente dijo: “Vale, reflexionar está bien… pero un bailoteo tampoco sobra”.

Y así llegamos a la Nochevieja moderna: cenas interminables, eventos multitudinarios, conciertos, fuegos artificiales y esa maravillosa tradición española de las 12 uvas, nacida en Madrid a principios del siglo XX. Todo por una cosecha excesiva en 1909. Sí, señoras y señores: nos atragantamos por exceso de producción agrícola.

Entonces… ¿por qué seguimos celebrando esto? Pues porque, aunque el mundo haya cambiado, seguimos necesitando creer que podemos empezar de cero. Que el calendario nos da una oportunidad nueva. Que si cambiamos de año, cambiamos nosotros. Aunque luego no vayamos al gimnasio, no aprendamos inglés y sigamos dejando todo para mañana.

Así que nada, queridos supervivientes del 31 de diciembre, dentro de unas horas estaremos todos abrazándonos como si no nos hubiéramos ignorado en el grupo de WhatsApp durante meses. Sonreiremos, brindaremos y diremos frases profundas como “este año sí” o “el tiempo pasa volando”, que no significan absolutamente nada pero quedan fenomenal con una copa en la mano.

A las doce en punto nos meteremos doce uvas en la boca como si el futuro dependiera exclusivamente de nuestra capacidad de masticar sin morir porque el universo observa atentamente y decide tu suerte anual, en función de si te atragantas o no, con una uva sin pepitas comprada a última hora.

Brindaremos por los que están, por los que no están, por lo que fue, por lo que será y por cosas que no entendemos pero suenan muy solemnes. Y en algún momento de la noche, entre el segundo brindis y el tercero “porque sí”, alguien dirá: “Pues no ha ido tan mal el año, ¿no?”
Y todos asentiremos, aunque sepamos perfectamente que sí, que ha ido regular.

Pero oye, aquí estamos, vivos, vestidos más o menos dignamente. Con gente que nos quiere o, como mínimo, nos tolera y eso, amigos míos, ya es una victoria.

Así que celebremos porque mañana dolerá la cabeza, el estómago y un poco el alma… pero esta noche, esta noche vamos a fingir colectivamente que el año nuevo lo arregla todo.

Feliz año a todos queridos y si no es feliz… que al menos nos dé buenas historias que contar.

Comentarios

Entradas populares de este blog