El día que casi abracé a una vendedora

A ver, os voy a narrar mi epopeya consumista de hoy. Sí, epopeya, como “La Odisea”, pero con menos barcos y más dependientes zombis. Es una historia tan intensa, tan surrealista, tan emocionalmente desgarradora… que casi me convierto en estatua de sal en mitad de un pasillo. Hoy casi abrazo a una vendedora. ¡Una vendedora! ¡Imagínate! Mira que yo no soy de contacto físico, pero es que casi le hago un masaje craneal de la emoción.

Los que me conocéis, que sois básicamente todos los que no habéis tenido escapatoria posible, sabéis que he sido comercial media vida. Y no una comercial de esas que se sientan con cara de “que ganas tengo de morirme hoy”, de las que te sueltan un “lo que sea, yo no sé, pregúntale a mi compañera”; no. Yo era de las buenas, de categoría, de las que te miraban, te escuchaban, sonreían sin parecer un muñeco poseído, y vendían sin necesidad de hipnotizarte ni perseguirte por el parking. Vamos, que tengo mis horas de vuelo, que tengo mili hecha en la venta.

Por eso yo valoro el gremio, lo respeto, lo admiro y últimamente también lo lloro, porque siento que lo que queda del espíritu comercial está más muerto que los sentimientos de un cactus. Porque sí, me estoy encontrando con cada artista del desinterés… que deberían tener placa conmemorativa.

Últimamente entro a una tienda y el dependiente me mira como si yo fuera un holograma desfasado. Me ven borrosa, supongo. ¡Pasan de mí como quien ignora una mosca! Me acerco, pregunto, y me contestan desde la otra punta del mundo: “míralo en la web”. ¡TOMA YA! ¡PREMIO NOBEL DE LA VAGANCIA ACTIVA! Míralo en la web… claro… porque ellos están ahí para decorar, como planta artificial del Ikea, para ocupar espacio y respirar aire acondicionado y en el mejor de los casos, me señalan lo que sea… así con un dedo flojo, sin fuerza vital.

Y yo ahí: “Perdón, ¿para qué existes tú? ¿Para subirme el colesterol? ¿Para hacer bulto? ¿Para calentar el asiento?¿Para jugar al Candy Crush mientras yo me pierdo en tu jungla de estanterías? ” Porque si lo tengo que mirar en la web… yo ya si eso, me quedo en casa en bragas y chanclas. ¡No hace falta que me vista!

Y no hablemos de cuando les pregunto si volverán a tener el producto. Ahí se pone interesante, me miran como si yo acabara de formular una ecuación cuántica: “Eeeeh… no sé… eso creo que no… quizá ya no se hace… pásate otro día a mirar” Ya sólo falta que saquen una ouija y pregunten al espíritu del departamento de compras. Porque información real no tienen. Pero lo que es humo… humo te venden por toneladas.

Vamos a ver: si entro a una tienda a mirar no me importa que me ignores, voy con calma. Pero ahí no, ahí te persiguen por toda la tienda, “Chicas tranquilas no soy una ninja silenciosa entrando a saquear, solo quiero mirar”. Pero si te pregunto algo específico es porque quiero… comprar. COM-PRAR. Darte mi dinero, ya sabes, transacción, interés real, billetes, claro que como ahora nadie paga en cash igual es por eso que no lo perciben igual, no se. En tu cabeza debería sonar un “¡ALERTA! ¡CLIENTE POTENCIAL! ¡DINERO FRESCO!” Que si me achuchas un poquito, te suelto la cartera en la mano y hasta te doy las gracias. Pero no. Suena un “ojalá no me moleste nadie que estoy a punto de ligar con el Jonny por el whatssap”.

¡Y luego se quejan de que la venta online sube! Hombre, ¿cómo no va a subir si algunos directamente te dicen que lo mires en la web? ¡Me lo han dicho a la cara! Cara dura, cara plana, cara sin expresión… pero cara al final.

Y yo que soy autónoma, que valoro el trabajo del otro… me pongo mala. Porque yo sé lo que es currárselo. Pero, oye, parece que trabajar sin desgastarse está muy de moda.

Vamos al tour del desastre, episodio 1:

Primera tienda: silencio sepulcral, yo entro, saludo… Ni un “hola”, ni un “te odio”, ni un “que tal la vida”, nada. Son como fantasmas. Me paseo, hago fotos como turista en monumento romano. Nadie me atiende. Ya tengo la info que creo necesaria aquí. Me voy.

Segunda tienda: pregunto:
—“Hola, buenos días, ¿tenéis…?”
Y el vendedor desde su silla, sin mover ni una falange:
—“Sí, ahí”.
Y me señala. Como si yo fuera un perro al que le tiran un palo. Qué despliegue físico. ¡Ese dedo se merece un descanso!

Segunda pregunta:
—“¿Tenéis esto en otro color?”
—“No. No se hace.”
Ni un “déjame comprobar”, ni un “lo pregunto”, ni un “me da igual la vida”, o una alternativo, algo? nada. Seco, cortante, más soso que un pan sin sal. Pues nada, adiós. Y todavía me dicen adiós con la misma entonación que usarían para decir “te voy a denunciar”.

Tercera tienda: digo “buenos días” y el aire me responde. Sólo el aire. El aire se ha llevado el saludo. Ni un “ahora voy”, ni un “espera”, ni un gruñido. Nada. Entro, miro y con las mismas, me voy.

Cuarta tienda, repito proceso. Revisiono muebles como documental de La 2, nadie me atiende, me voy. Estoy ya por poner mi currículum en la entrada para ver si alguien despierta.

Y entonces… llega la quinta. La utopía, el milagro. Entro sin ninguna ilusión, sin esperar ya nada de la vida. Digo “hola, buenos días” y… ¡ME RESPONDEN! Con voz humana. Con ganas. Con educación. Casi me doy contra una estantería del susto. Y no sólo me responden, ¡se levanta! ¡Se levanta! No estoy soñando. Se acerca, me atiende, me explica todo, me acompaña por la tienda, me cuenta opciones, combinaciones, catálogos, colores… ¡TODO! Fue como volver al 2005. A cuando las tiendas funcionaban y tú no te sentías un estorbo humano. Casi lloro, “no te vayas nunca, por favor, adóptame” Yo ya quería darle un abrazo, un beso, casarme con ella, adoptarla, nombrarla mi heredera. Algo. ¡Qué maravilla! ¡Qué servicio! ¡Qué nostalgia de cuando las tiendas cuidaban al cliente y no te trataban como una piedra! Cuando salimos, mi madre y yo mirándonos con cara de “a esta gente sí le doy mi dinero, mi cariño y mi respeto”.

Y es que como ha cambiado todo en unos años eh? Pero todo, todo. Antes el pan de panadería crujía, sabía a pan. Ahora lo tocas y parece chicle con complejo de ladrillo. Las gominolas de antes sabían a gominolas, ahora saben todas a plástico con sabor a colorante 47. Y tú ahí pensando si te estás comiendo un regaliz de fresa o un trozo de flotador infantil. Los juguetes y los electrodomésticos antes eran de metal, duraban más que una relación de los 80. Ahora los miras fuerte y se rompen. Las casas antes eran grandes, espaciosas, con sitio para vivir. Ahora te venden un trastero con balcón y le llaman “coqueto”. Y las tiendas… mira antes eran pequeñas, bonitas, cuidadas con mimo, con olor a “estoy comprando algo especial” Te conocían, te hablaban, te trataban como un ser humano. Ahora son enormes, brillantes, laberintos gigantes, con música de discoteca barata, luces que te marean, y tú ahí, sola, vagando con cara de hamster desorientado buscando señales de vida en un planeta abandonado.

Hasta para hacer la compra diaria: tú coges, tú pesas, tú pagas, tú te cobras, tú te cocinas, tú friegas. Ya sólo falta que me digan que tengo que reponer yo las estanterías. Mmmm tiempo al tiempo.

Y nos venden esto como progreso, como avance, como modernidad. Y yo me río, me río mucho por no llorar. ¡Progreso mis narices! Sí, sí, llamadme viejuna, llamadme Mari, haced un meme conmigo, lo que os de la gana, me da igual, pero os están lavando el cerebro con lejía industrial y con una adorable sonrisa corporativa. Cada vez más rápido, cada vez más solos, cada vez más haciendo el trabajo que debería hacer otro.

Seguid pasando por cajas rápidas, pagando con el móvil, sin hablar con nadie. Id corriendo a tiendas donde os ignoran con profesionalidad. Que yo… yo me quedo soñando con la dependienta milagrosa, esa que me miró y me trató como si fuera humana.


Comentarios

Entradas populares de este blog