Bizcochos asesinos y cafés que matan

Bueno, bueno, bueno… atención, porque cuando ya pensábamos que habíamos tocado techo con los ofendiditos premium, resulta que se nos abre una nueva expansión del universo,” Los Raritos Edición Delux. Sí, queridos míos, porque después de sobrevivir a gente asegurando muy seria que los gallos violan a las gallinas, como si fueran del CSI Avícola, a los iluminados que defienden que la Tierra es plana “porque sí”, sin pruebas cientificas, sin ná’. Los que no te dejan hacer ni un chiste. Sí, esos que escuchan una broma y parece que les has ofendido a los antepasados, al linaje y hasta al perro del vecino. Ahora llegan los de “eso no se puede, no vaya a ser que…

Os pongo contexto, que esto lo merece: se viene un pequeño evento en un lugar lleno de niños. No diré cuál, porque luego me reconocen y me veo en la puerta del cole con un comité de bienvenida con antorchas, bueno pues eso que… son las fiestas del cole de mis hijos. Los de último curso se van de viaje de estudios y, como ha pasado desde que existía el trueque y las cabras como moneda de cambio, pues necesitan sacarse unos eurillos para que a los padres no les dé un parraque al pagar.

Hasta aquí todo normal, lo de siempre, tradición ancestral, casi patrimonio cultural. Pero ahora viene lo bueno, agarrad las palomitas (doy la receta maíz, aceite y sal, no vaya a ser que alguien llame a Sanidad).

Resulta que van a hacer una especie de merendola donde venderán cosillas. Todo precioso… Un segundo voy a hacer un salto temporal. Antes, en ese pasado glorioso donde éramos felices y no lo sabíamos, en los cumples de los peques llevábamos un bizcocho al cole para compartir. Un bizcocho normal, casero, del de toda la vida, que igual llevaba yogur, chocolate… o la energía del amor materno, yo qué sé.

Pues un día debió de aparecer EL RARITO. Así, con eco dramático. Ese que dijo:
“¡Oh, Dios mío, detenedlo todo, Vade retro, Satanás! ¡Un bizcocho! ¡Los niños podrían MORIR!”

Porque claro, según esta gente, un alérgico es una especie de Pokémon que no sabe que lo es. Un niño que un día se levanta y dice: Hmm… pues hoy me apetece probar este bizcocho misterioso que huele a nueces y muerte.
Y zas, tragedia griega.

Y lo mejor es que para ellos también debe existir la madre psicópata del barrio, la que quiere envenenar a su hijo y para disimular pues se carga a toda la clase, y decidiría hacerlo con un bizcocho porque, oye, es más artesanal.
Que digo yo… si esa madre quisiera cargarse a su hijo, lo tendría más fácil sin llevarse por delante a 24 más, ¿no? Pero bueno, detallitos.

Total: prohibido no preguntar si algún niño tiene alergias o algo. Prohibido llevar algo casero. Ahora, para no acabar en la cárcel por homicidio involuntario de repostería, compras el bizcocho industrial que parece corcho con azúcar. Pero eso sí, con etiqueta de alérgenos, porque si la etiqueta lo dice, ya no mata.

Pero la historia no termina aquí, no, no. Hoy, el capítulo continúa. Regreso de mi salto temporal.

Estos chavales que decíamos se querían ir de viaje y habitan un planeta donde hace frío en invierno, ¡qué sorpresa más inesperada! ¿no?, pues pensaron vender cafecitos, chocolate caliente y caldito. Porque, claro, los padres estaremos en el patio congelándonos, como pingüinos esperando mientras los niños corretean, y un caldito calentito viene de lujo, que te voy a contar.

Pues resulta que NO. NO SE PUEDE. Drama, tensión y violines. Porque no vaya a ser que haya leche, y claro, si un alérgico toma café con leche… pues sí, le puede dar un síncope. Pero digo yo: ¿Quién demonios que es alérgico a la leche pide un café con leche? Es que está en el nombre, criatura, café con… leche!. Es como pedir “una hamburguesa con gluten y lactosa, pero sin gluten ni lactosa, gracias”.

Pero no, que si el termo no tiene la etiqueta, peligro mortal. Porque claro, dejar al lado el brick de leche y el bote de café por si alguno aun no sabe lo que lleva el café con leche, para que lo vean… tampoco vale. No sé, igual daña la vista o desestabiliza el ecosistema.

Y lo del caldo… ¡Ay, el caldo! Ese caldo casero, de los buenos, que cura constipados y hasta traumas de la infancia. Pues según ellos, eso es peor que la cicuta. Eso en manos de adolescentes es como darles un arma química. El caldo del crimen. Temblad queridos.

Que digo yo, otra vez: el que es alérgico LO SABE. Y si no sabe lo que lleva y le apetece pues, PREGUNTA. Y si duda, NO SE LO TOMA. No hace falta un comité de la NASA supervisando un termo. Vamos, digo yo.

Estamos llegando a unos niveles que, de verdad, dan ganas de bajarse de la vida en la primera parada disponible. Levantar la mano, pedir al universo: "Conductor, pare aquí, que yo me tiro".

¿Y qué será lo próximo? ¿Prohibir las risas, no vaya a ser que a alguien le dé un ataque de risa y se le desencaje la mandíbula? ¿Quitar los globos de las fiestas, no vaya a ser que un niño lo explote y otro se traumatice por ruido súbito? ¿Retirar los lápices por peligrosos objetos punzantes? ¿Prohibir respirar porque hay gente alérgica al polen?
(Demasiada naturaleza, mucha falta de respeto).

Pues nada, aquí seguiremos, sobreviviendo a normas absurdas, a paranoias colectivas y a gente que ve peligros mortales donde antes solo había merendolas y buen rollo. Yo, por mi parte, me estoy pensando abrir un canal de YouTube que se llame: Cosas que antes eran normales y ahora son delito”. Cada capítulo seria más sorprendente que el anterior, fijo. Mientras tanto, si veis humo en el horizonte, no os asustéis, soy yo, quemando el manual de lo políticamente correcto para ver si, por fin, entra en calor el patio del colegio.


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