Yo no soy envidiosa pero...

Jopero mira que es mala es la envidia. Ese motor silencioso que mueve el mundo más que el amor, la gasolina o el café de cápsulas. Mas que mala es ¡maléfica! Es como la mayonesa pasada: sabes que te va a sentar como una patada en el alma, pero ahí estás, cuchara en mano, rebañando el tupper. Y además de mala… ¡carísima! Pero carísima, eh. Es que no hay inversión más ruinosa que la envidia. Yo lo comprobé el otro día, sin ir más lejos.


Resulta que voy yo, tan tranquila, tan zen, a la tienda de una amiga mía en el mercado del Corregidor. Por cierto, por favor, id más por allí, que da penita verlo. Eso parece el plató de “Cuarto Milenio”: puestos cerrados, ecos misteriosos y la sensación de que te va a salir Iker Jiménez detrás de un jamón. Con lo bien que te atienden y se compra allí, ¡hombre ya! Que te dan las pastas con conversación incluida y la carne con un “¿qué tal tu madre?”.

Bueno, el caso: estoy yo esperando mi turno, muy en mi papel de señora con las manos cruzadas, observando sin meterme… , (mentira, metiéndome mentalmente con todo el mundo) y delante de mi una mujer, de esas que huelen a colonia de 1998 y a comentarios pasivo-agresivos. Y le suelta a mi amiga:

Oye, dame un numerito de esos de Navidad… a ver si va a tocar.”
¡LA FRASE! Queridos, esa frase, debería venir con una advertencia sanitaria como los cigarrillos: “Oír esto puede despertar sentimientos de envidia dormidos desde 1983.” Porque, lo de “a ver si va a tocar” en realidad no significa eso. No, no. Significa: “A ver si os va a tocar a todos menos a mí, que vengo cada día, gasto aquí más de lo que no gasto en psicólogo, y luego os veo en la tele bañándoos en champán y yo en casa con la manta eléctrica y la cara desencajada.”

Y claro… ya me la lió. Esa señora me activó la envidiosa que vive en mi interior, que normalmente la tengo jubilada, en un resort mental en Torremolinos, tomando daiquiris, escuchando chill out y sin meterse con nadie. Pero oye, en cuanto escucha esa frase…¡zas! Se pone tiesa como una suricata en un documental de la 2.

Y ahí ya no hubo vuelta atrás. Porque, piensas: “Bueno, por si acaso… dame uno también.” Ya te crea una necesidad que tu no tenias para nada cuando entraste por la puerta. Total que entrabas a comprar unas pastas y sales hipotecada en décimos.
Y de pronto, estás comprando números en todos los sitios donde te sonrían: en el gimnasio, por si la suerte hace crossfit. En el bar del barrio, por si el Gordo se toma un vermut. En la panadería, en el cole, en la peluquería, en el judo del niño, en la farmacia, en el chino de la esquina… y ya que estamos, ¡uno en el veterinario, por si le toca al gato, aunque tú ni tengas mascota!

Total, que con la tontería, entre la envidia y el “por si acaso”, te gastas dos nóminas, un par de riñones y el bazo. Y todo para acabar el 22 viendo la tele con cara de pan tostado, diciendo: “Mira, mira esos desgraciaos del bar del Pepe, que les ha tocao… ¡y yo sin comprarles este año!”

La envidia, amigos, es una máquina tragaperras emocional. Le metes dinero, tiempo y dignidad, y nunca te da premio, ni las gracias. Pero ojo, que no solo pasa con la lotería, ¡nooo! La envidia tiene más versiones que el iPhone. Es como el Windows de los sentimientos: se actualiza sola.

Por ejemplo: Tu amiga empieza una dieta de esas que se llaman “KetoPaleoDetoxAntitodo” que básicamente consiste en no comer nada sólido ni tener alegría de vivir. Y tú, por puro miedo a que ella adelgace y tú no, ahí vas detrás: haciendo la misma dieta, comprando las mismas semillas de chía, y bebiendo los mismos batidos verdes que saben a césped húmedo con arrepentimiento. Y lo peor: ella pierde tres kilos, y tú solo pierdes la dignidad y el sentido del humor.

O cuando tu amigo el visionario, ese que un día, allá por 2012, compró tres bitcoins “por probar” y hoy vive en Bali con piscina infinita y chanclas de Gucci. Y tú, que en esa época pensabas que Bitcoin era una marca de galletas, pues aquí estás, con 27 euros en la cuenta y un aire de pobreza elegante. Y lo peor no es eso, no. Lo peor es que luego te dice, con esa voz de superioridad espiritual: “Tía, el dinero está en el conocimiento financiero, no en trabajar.” Sí, claro. El conocimiento financiero y la suerte de no haber gastado tus bitcoins en pizzas, como hice yo.

O cuando ves a los gurús de YouTube. Esa gente que vive en mansiones con piscinas del tamaño de Cuenca, que se levantan a las 5 de la mañana “para meditar, leer, hacer burpees y visualizar el éxito.” Y algún inocente, dice: “Pues voy a probar, que igual mi vida también cambia.” Y claro, se levantan a las 5, hacen burpees, beben agua con limón, meditan… Y lo único que consiguen es estar muertos de sueño, con agujetas, y con la misma cuenta corriente que ayer, pero eso sí, con un glúteo firme y una hipoteca blanda. Vamos, que se quedan igual de pobres o mas, pero en plena forma. Algunos en vez de millonarios, han acabado sin casa, pero con abdominales. Un homeless fit edition. Y mientras tanto, el youtuber, desde su mansión con jacuzzi, dice: “Si yo pude, tú también puedes.” Y el pobre homless al final abre los ojos y dice: “Sí, claro, pero tú empezaste con dinero de tu padre, y yo con deuda del Santander, cari.” Que esa es otra: el universo conspira, sí, pero conspira con los que ya tienen pasta. A ti el universo te manda facturas, al otro le manda oportunidades.

¡Ay! La envidia queridos es un deporte nacional. España tiene fútbol, siestas y... envidia. Nos encanta decir “yo no soy envidiosa, eh, pero…” Y justo después del “pero” sale lo peor de nosotros, viene el Tsunami del veneno. “Yo no soy envidiosa, pero vaya suerte tiene esa, que todo le sale bien.” “Yo no soy envidiosa, pero yo no presumiría tanto, ¿eh?” Sí, claro, y yo no como mucho pero si veo una chuletón me transformo en aspiradora Dyson.

Y lo más gracioso es que la envidia es contagiosa. Una la suelta, y se expande como un virus emocional. Porque cuando una dice: “A ver si va a tocar…” de repente media cola del mercado se gira como en el Exorcista y dice: “Uy, dame uno a mí también, por si acaso.” Y ya estás tú con el décimo en la mano, sintiendo que si no lo compras, el universo se reirá de ti. Porque esta claro que si no lo compras, toca. Y si lo compras, no toca. Pero si no lo compras y toca, ahí sí que toca… ¡los cojones!

Así que sí, queridos: la envidia es cara, cansa, y te deja la cartera temblando y el alma rascándose. Pero oye, no la cambiamos por nada. Porque, seamos honestos, al final, ¿qué sería de la vida sin ese pequeño gustito de mirar a la de al lado y pensar: “Pues tanto gimnasio y sigue con el brazo blandurrio, ¿eh?” Nada, un aburrimiento.

Así que nada, brindemos con champán, aunque sea del barato, por la envidia. Por esa emoción tan humana, tan universal, tan nuestra, que nos recuerda que aunque no tengamos lo que queremos… al menos siempre nos queda criticar al que sí lo tiene. Y ya está. Bueno queridos, os dejo que me voy al bar de abajo, que me he dado cuenta de que se me ha olvidado…. Tomarme un cafecito jiji.
















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