El día que la Guardia Civil quiso saber mi nombre

Hola, queridos. Seguro que os pasa como a mí, porque no sé qué está pasando últimamente, pero o me he vuelto famosa sin saberlo, o soy la mujer más deseada por los estafadores de internet. Y es que, por desgracia, esto ya es pandemia mundial, que cada día nuestro móvil decide sorprendernos con un nuevo episodio de “A ver qué intento de estafa me toca hoy”. Es como el calendario de Adviento, pero en vez de chocolatina, te trae ansiedad.

El clásico, por supuesto, es el de “Su paquete de Correos ya está esperando. Pinche aquí”. Y tú piensas: “Hombre, pues si me lo manda Correos, será verdad, ¿no?”. Pero claro, llevas sin pedir nada desde el confinamiento, cuando creías que aprenderías a hacer pan. O sea, que ese paquete lo mismo viene de 2020 y trae dentro la dignidad que se perdió haciendo TikToks de bailes con la fregona.

Luego está el mensaje romántico internacional: “Hola, soy Ludmila, vivo en Rumanía, soy una joven limpia, obediente y busco un hombre bueno con quien hablar”. A ver, Ludmila, cariño, gracias por la honestidad, pero huele un poco a Vladimir con barriga, en calzoncillos y con una camiseta manchada de sopa de fideos largos detrás de un teclado, con ocho pantallas abiertas, enviando millones de correos a la vez con una tecla que dice “SEND/DESTRUIR VIDAS”.
Vamos a ver, Vladimir, afina el tiro, que le estás mandando esto a una mujer adulta, casada, con hijos
y con mas ganas de dormir que de obedecer. Yo no soy tu público objetivo, majete. Yo lo único obediente que tenía en casa era el robot aspirador, y hasta él se sublevó.

Y luego está el “Su cuenta del Banco Santander ha sido hackeada”. Ay sí, qué disgusto. Ah espera, un detallito sin importancia, ¡nunca he sido clienta del Santander! Pero oye, ellos insisten, que lo mismo me abren una cuenta gratis con el timo incluido.

Y el que más me gusta: “Tiene una multa de tráfico pendiente”. Hombre, esta ya juega con el miedo, eh. Porque tú la lees y te entra ese sudorcillo tipo “¿no habré frenado a tiempo? ¿habré rebasado el limite de velocidad por mas de la mitad?”. Pero no, tampoco. Ni con esas, queridos estafadores. Que os quede claro, no pienso pinchar en ningún enlace, aunque me digáis que he heredado un castillo en Rumanía con Ludmila dentro. Y es que esa es la magia de los estafadores que te hacen dudar hasta de tu existencia.

Y todo esto me lleva a lo que me pasó ayer.

Estaba en el súper, acabando de pagar mis cosillas (unas cuatro bolsas de cosas de primera necesidad y una barra de pan que ya venía rota, porque la vida es así y todo 150€). Y de repente suena el teléfono del curro. Contesto muy profesional: “Hola, buenos días”, con esa voz de persona superprofesional que pones cuando contestas cosas del trabajo. Y al otro lado se oye algo raro. Un tipo diciendo que llama de noseque de la Guardia Civil y que quiere hablar con el propietario.

Primero: ¿por qué siempre “el propietario”? ¿Por qué nunca “la propietaria”? ¿O la persona responsable”? Parece que si tienes ovarios, automáticamente no puedes tener un negocio, solo un difusor de olor a vainilla y un estrés fiscal crónico.

Total, que le digo: “Sí, soy yo la propietaria”.
Y el tío, sin despeinarse: “¿Cómo se llama?”.
Perdona, ¿Así de rápido, ni una cita para un café? ¿de dónde me llamas exactamente? ¿Del cuartel de “No me sé presentar”? Porque tú no me has dicho tu nombre, pero quieres saber el mío. Pues no sé, guapo, ¿jugamos al veo-veo también?

Le contesto: “¿Perdona, de donde me has dicho que llamabas?

Me dice que es de una revista de la Guardia Civil. La revista que sacan todos los años después del Pilar. Ah, claro, la famosa revista del Pilar, el “Vogue” de los tricornis.

Yo ya me imaginaba la escena: un tipo con tricornio en una mano y un Excel abierto en la otra, pidiéndome dinero para poner un anuncio del negocio “en apoyo a los huérfanos de la Benemérita”, mientras el amigo Vladimir de antes le da al copy-paste. Vamos que empiezo a oler a timo, pero me quedo un poco por curiosidad, porque esto promete.

Le comento: “Hombre pues de esa revista no he oído hablar pero de la de los huérfanos de la Policía Nacional si”

Y antes de que me diga lo que quiere, me suelta sin yo haber dicho nada mas (para los que no estéis al tanto, esa de la Policía Nacional fue una estafa por toda España hace unos pocos años), pues ya en contexto, me dice:“Hombre, no vamos a pagar justos por pecadores”.
¡Toma frase! La Biblia de la estafa. Y yo, que ya olía a timo a tres kilómetros o quizá no, le digo: “Pues mira, como no sé quién eres ni si esto es real, lo siento si eres de verdad, pero hasta aquí he llegado. Buenos días.”
Y colgué, con la elegancia de quien cierra un capítulo de Mujeres Desesperadas.

Y claro, luego me puse a reflexionar. Porque hemos llegado a un punto en que si alguien te pide ayuda porque de verdad la necesita, ya no te lo crees. Imagínate que un día te para un señor por la calle, sangrando, y te dice: “Por favor, llame a una ambulancia”.
Y tú: “Sí, claro, y luego me vendes una suscripción a la revista de los paramédicos del Congo, no te digo”

Nos han quemado tanto el cerebro que ahora hasta la solidaridad lleva antivirus. Y no es para menos, que luego ves casos como ese tipo que decía tener una enfermedad rarísima, la gente le dio dinero a saco, y al final el tío se lo gastó en vida de lujo: relojes, coches, viajes… Vamos, que ni el de los burpees.

Así que sí, desconfías hasta de tu sombra. Te llega un correo del médico y piensas: “A ver si va a ser Ludmila con bata blanca”. Te llama tu madre y dudas: “¿Y si no es mi madre, sino un hacker con su voz?” que mi madre nunca llama a estas horas.

Y lo peor es que eso nos hace polvo como sociedad. ¿Cómo vamos a ser una comunidad fuerte si todos creemos que el otro nos quiere robar, estafar o vendernos bitcoins?
Si seguimos así, dentro de poco cuando alguien te diga “buenos días”, tú contestarás:
“Depende. ¿Buenos para quién?”

Pero bueno, en fin, ahí lo dejo. Si mañana recibís un correo que dice “Hola, soy la Guardia Civil Ludmila, de guardia en el Banco Santander, juntos por la paz mundial, pinche aquí”, ya sabéis: No pinchéis. O pinchad, pero con guantes, una lupa y la mirada triste del que ya no confía ni en los folletos del supermercado.

Señor guardia civil, en el caso de que fuera usted un auténtico agente de la ley, no me lo tenga en cuenta hombre, que soy ya una Mari, por favor, recuerde este dato si me ve pasar con el coche digamos… un poco apurada.

A sus ordenes señor agente.


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