El Apocalipsis de los huesos de santo y cómo Halloween invadió el barrio

Bueno, pues nada, ya ha llegado el culebrón de todos los años: “que si Halloween es una fiesta de fuera”, “que si se está perdiendo nuestra cultura”, “que si ahora los niños ya no saben lo que es un hueso de santo”.
En serio, cada octubre parece que España se divide entre los que tallan calabazas y los que tallan prejuicios. Pero vamos a ver, alma de cántaro:
¿a quién le amarga una fiesta?
Que por disfrazarme el día 31 de zombie con pegamento escolar no significa que el 1 no le ponga una flor a mi abuela. Creo que se puede hacer las dos cosas, que la vida no es un examen tipo test. ¿Por qué siempre hay que elegir entre blanco o negro? Yo me quedo con los dos, guapi, que me hago unos grises que ya quisiera Chanel para su colección otoño–invierno.

Pero claro, aquí siempre hay que debatir quién fue primero y quién copió a quién, como si Halloween y Todos los Santos fueran las Kardashians y las Jenners. Así que venga, que hoy vamos a sacar los archivos secretos de ultratumba para descubrir quién empezó todo este lío.


Primero, el Samhain: Resulta que Halloween no lo inventó Hollywood, aunque lo parezca.
Su origen está en el
Samhain, una fiesta celta que se celebraba del 31 de octubre al 1 de noviembre, cuando los druidas decían: “Bueno, ya hemos acabado la cosecha, ahora toca abrir el portal de los muertos, que hay que ventilar un poco el inframundo.”
Durante este fiestón, las leyes de la naturaleza quedaban en pausa. Vamos, que todo valía: los vivos podían visitar el mundo de los muertos, los difuntos podían volver a darse una vuelta, los demonios hacían turismo rural y las hadas salían a cotillear.
Y claro, para que los malos espíritus no te hicieran una mudanza espiritual, los celtas dejaban comida en la puerta. Ahí nació lo del
“truco o trato”. Los niños hoy piden caramelos, pero los celtas te pedían una ofrenda o te hacían una maldición express tipo... “te deseo siete inviernos sin WIFI”.

Y ojo, que en esa época existía un personajazo: el Cat Sith, un gato negro con una mancha blanca en el pecho que, según los escoceses, robaba almas. Así que ya ves, antes de Salem y Sabrina, los gatos ya estaban en modo villano deluxe.


Luego tenemos a los Romanos el “Mundus Patet”, la puerta giratoria entre vivos y muertos. Resulta que los romanos tenían un sitio llamado el Mundus Cereris, que básicamente era la puerta VIP del inframundo, situada en el centro de Roma. La abrían solo tres días al año: el 24 de agosto, el 5 de octubre y el 8 de noviembre.
En esos días, las almas de los muertos volvían a pasear por la ciudad. Vamos, como el Puente de Todos los Santos, pero sin atasco. De ahí viene lo de “Mundus Patet”, que significa “el mundo está abierto”. Muy poético. Los espíritus salían, los vivos se santiguaban, y todos tan contentos.

Y si los celtas tenían fantasmas fiesteros, los romanos tenían auténticos monstruos influencers: los larvae, que se alimentaban de la vida de los mortales (o sea, los vampiros primigenios), y los maniae, unos esqueletos horribles que volvían locos a los vivos.
Vamos, que lo de Halloween no es tan nuevo, solo que ahora los monstruos tienen cuentas de TikTok.


Y finalmente la Iglesia entra en escena y dice: “Eso tan divertido, lo hacemos pero sin diversión”. Y aquí llega el giro de guion: la Iglesia primitiva ve que todo el mundo está de fiesta con los muertos y dice:“Esto hay que regularlo, que se está yendo de madre.”
Así que el papa Bonifacio IV, allá por el siglo VII, dijo: “Vamos a hacer un día para recordar a todos los mártires, pero sin bailes, sin hogueras, sin risas… solo incienso y caras largas.”
Y así nació el
Día de Todos los Santos, primero el 13 de mayo, y luego el papa Gregorio III lo movió al 1 de noviembre. No porque el calendario le quedara bonito, no. Era una jugada maestra para eclipsar las fiestas paganas del Samhain y el Mundus Patet. Vamos, básicamente, el primer caso de apropiación cultural bien organizada.


Pues basicamente estos son los origenes primigenios de todo este lío. Ahora vamos a verla diferencia entre paises. Y claro, aquí en nuestras tierras, Todos los Santos se convirtió en un día para ir al cementerio, llorar un poquito y comerse unos buñuelos en modo penitencia. Porque si hay algo que a la Iglesia le gusta más que rezar, es hacer que las fiestas parezcan funerales con banda sonora de órgano.
Mientras tanto, en México, la gente está montando altares preciosos, comiendo pan de muerto y contándole a su abuela las novedades del año. Y nosotros aquí, con la radio bajita, rezando para no parecer alegres. En serio, ¿no sería mucho mejor recordar a nuestros muertos
riendo, con una copita de vino y un “te sigo echando de menos, pero mira qué bien me ha salido la tortilla”?


Por otro lado, los ingleses, los protestantes y la invasión americana del azúcar. En la Inglaterra medieval, la palabra hallow significaba “santo”, así que el día era All Hallows (Todos los santos). Y la víspera, claro, All Hallows Eve, que con el tiempo se contrajo en Halloween (jawelin para los amigos). Pero luego llegaron los protestantes y dijeron: “¿Santos? No, gracias. Nosotros abolimos eso.” Y la Iglesia católica contestó: “Pues muy bien, pero no toques mis fiestas.” Así que Halloween se quedó como fiesta secular: sin santos, pero con muchos sustos.

Y cuando los colonos ingleses se fueron a América, al principio prohibieron Halloween porque, ya sabes, demasiado pagano, demasiado divertido. Pero en cuanto llegaron los irlandeses en el siglo XIX, con su espíritu fiestero y sus ganas de meter calabazas en todo, la cosa explotó. Y para el siglo XX, Estados Unidos ya había convertido Halloween en un parque temático del terror: niños pidiendo caramelos, adolescentes en películas gritando “¿hay alguien ahí?” y adultos peleando por quién tiene la decoración más hortera del vecindario.


Y así, queridos míos, llegamos al siglo XXI, donde Halloween es la fiesta global de las calabazas, los disfraces, los gatos negros y las brujas que ya no dan miedo, sino likes.
Mientras tanto, Todos los Santos sigue ahí, aguantando como puede, con sus flores, sus rezos y su toque melancólico.

Así que, queridos, dejemos ya el drama. Que si Halloween, que si Todos los Santos… ¡Celebradlo todo! Comed buñuelos con forma de calabaza, encended velas aromáticas de Samhain y, si se os aparece un espíritu, pues le ofrecéis un trozo de pan de muerto y una copita. Que igual lo único que quiere es enterarse de si por fin le habéis hecho caso al testamento.


Al final, da igual si vienes del mundo celta, romano o de Cuenca:
lo importante es recordar y reírse, porque si los muertos pudieran hablar, seguro dirían: “Deja de llorar y pásame el mechero, que quiero ver ese disfraz de fantasma cutre que te has hecho con una sábana.”

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