De casa al cole
A ver, hoy me he propuesto hablar en serio de un tema de suma gravedad. Un asunto que afecta a nuestros hijos y por ende, a toda la sociedad. Hoy voy a reflexionar sobre el bullying en las escuelas.
Permitidme ser clara: hoy no estoy de coña y esto no creo que sea una exageración. No es un tema menor que podamos barrer bajo la alfombra. Es algo tan importante que, si lo ignoramos, podríamos convencernos de que vivimos en un mundo perfecto, como pretenden algunos. Y, curiosamente, ese es exactamente el mensaje que recibimos de algunos adultos supuestamente responsables: “Tranquilos, todo está bien, son cosas de críos”.
¡Ah, qué alivio! Saber que los problemas más serios de nuestros hijos se pueden resumir con esa frasecita tranquilizadora… mientras ellos sufren en silencio. Fantástico, ¿verdad?
Pero ¿sabes que?, que detrás de ese “son cosas de críos” hay un pequeño detalle que nadie quiere mencionar: los acosadores no nacen malvados. No, por supuesto que no, bueno quizá habrá un mínimo porcentaje que si, porque la maldad existe, pero en ningún caso la mayoría. Los críos aprenden. Aprenden de sus padres, de sus adultos responsables y por supuesto, de la sociedad que, con mucho cariño, los ha preparado para perfeccionar el arte de atormentar a los demás sin recibir ninguna consecuencia.
Ahora, pensemos un segundo en los padres. Esos seres mágicos capaces de traer vida al mundo pero que algunos, a veces, parecen incapaces de enseñar a sus hijos a distinguir entre “divertido” y “humillante”. Algunos de estos padres viven en un mundo paralelo donde su hijo es perfecto, un ser de luz, una mezcla de Einstein y Gandhi, y cualquier crítica externa es simplemente maldad gratuita. “Mi hijo no hace nada malo”, dicen, mientras ese mismo hijo pasa los recreos acosando y martirizando a otros niños. Claro, cómo no, es que los demás son “los raritos”, y ahí termina toda responsabilidad.
Otros padres, en cambio, tienen un talento especial para ignorar a sus hijos. Parece que su lema es “Mientras no me de el coñazo en casa, todo lo demás da igual”. Y con esa filosofía el resultado es un niño completamente libre para experimentar con la crueldad como si estuviera un laboratorio de química. Para estos todo lo que haga su vástago, simplemente les da igual.
Y hay un tercer tipo, que es quizás el más fascinante: los padres que creen que “educar” es algo opcional. No, no necesitan enseñar límites, empatía o respeto porque ellos solos se arreglarán, se auto gestionan, tienen que fluir en la vida, tienen que aprender a ser independientes. Y, efectivamente, aprenden que el mundo está para aprovecharlo, que las reglas son sugerencias y que, por supuesto, los adultos siempre miran para otro lado. Para estos padres lo que haga su retoño bien hecho está porque la vida es así.
Así que cuando vemos a un acosador en el colegio, no nos engañemos, no es un accidente biológico, es un producto. Un producto cuidadosamente elaborado por sus adultos “responsables” que, de un modo u otro, han decidido que la responsabilidad parental es algo opcional o relativo. Y, mientras tanto, los niños absorben ese ejemplo, lo procesan y nos lo devuelven en forma de bullying perfectamente calibrado.
Los padres son los arquitectos invisibles del caos. Ellos plantan las semillas y los colegios riegan lo que ya ha crecido. Porque vamos ahora a los colegios, esos templos de la educación, llenos de carteles motivadores y campañas anti-bullying. Con caras famosas posando para fotos y frases inspiradoras, mientras todo funciona exactamente como un paraguas roto bajo la tormenta. Porque, bajemos al terreno real. Ahí dentro, nunca nadie ve nada y nadie hace nada, todo está perfecto, “Son cosas de chavales”, suelen decir.
Antes, si un niño molestaba a otro, recibía un correctivo instantáneo por parte del profesor y después por parte de sus padres en casa y problema resuelto, duraba la tontería lo que tus padres tardaban en castigarte. Hoy no, hoy no podemos frustrar a las criaturas. No… porque es su forma de expresarse, es como fluyen por el mundo. Claro que si majos, de expresar cruelmente su creatividad y su ingenio humillando a los demás.
Y, por supuesto, la víctima siempre paga el pato. Y si por un casual, algún día saca fuerzas de no se donde para defenderse… ¡oh, sorpresa! Ella tiene el problema, ella tiene que explicar porque hizo lo que hizo y obtendrá un correctivo ejemplarizante.
Porque, queridos, todo parece estar diseñado para que los malos ganen. Siempre, en todos los aspectos de la vida. Desde la política, pasando por las empresa y llegando a los colegios… vamos, hasta en la cafetería de la esquina. Todo este sistema cuidadosamente pensado para recompensar al que hace trampas, al que actúa sin escrúpulos, al que molesta y saca ventaja. Mientras tanto, los niños buenos aprenden que la bondad no solo no compensa, sino que es un boleto directo al sufrimiento.
Y no olvidemos el remate moderno, las redes sociales, donde influencers motivacionales y campañas institucionales te dicen “sé tú mismo”, mientras tu compañero de clase te humilla en TikTok frente a miles de desconocidos. Antes, un mal trago en el cole terminaba con la campana de salida. Hoy no, hoy el bullying continúa persiguiéndote a cualquier hora del día. Porque, ¿quién necesita paz cuando puedes ser acosado mientras comes, mientras caminas, mientras respiras? Qué maravilla, un sistema educativo que te enseña a ser resiliente, mientras te prepara para una vida adulta donde nada ha cambiado.
Todo esto es un espejo, un reflejo perfecto de nuestra sociedad. Predicamos respeto, empatía y bondad pero lo que realmente enseñamos es que la astucia, la crueldad y el poder siempre triunfan. Los niños solo están copiando nuestro ejemplo.
Así que no, el bullying no es solo un problema de crios. Es un reflejo de nuestra incompetencia como adultos, como sociedad, como seres humanos. Estamos criando supervivientes, no héroes. Les enseñamos que ser bueno no sirve de nada, que la justicia es opcional y que la crueldad, irónicamente, es mucho más efectiva que la bondad.
Y esta es la gloriosa realidad del bullying. Un espectáculo donde los malos siempre ganan, los adultos miramos para otro lado, y los niños aprenden rápido que ser buena persona es opcional, que ser empático, justo y educado puede dejarte agotado, confundido y, de paso, con moretones, en el mejor de los casos solo emocionales. Pero, ¡eh! al menos eres un buen ciudadano obediente.
Porque la vida, queridos, parece que hoy en día funciona así: los tramposos triunfan, los egoístas se salen con la suya, los abusones obtienen medallas invisibles y tú, el buenazo, puedes apuntarte a un curso de mindfulness para sobrevivir mientras el mundo a tu alrededor es un circo de psicópatas en miniatura.
Así que celebremos que nuestros hijos sean pequeños maestros de la crueldad y la supervivencia, que aprendan a explotar al prójimo con una sonrisa angelical, y que los adultos responsables sigamos repartiendo consejos inútiles y hashtags motivacionales.
Aplaudid, queridos, aplaudid, porque en este gran teatro llamado sociedad, la maldad parece que siempre tiene la última palabra.
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