Un mechero, tres críos y el apocalipsis social

Hola, queridos. Yo pensaba no dar el coñazo hasta después de las fiestas. Sí, una heroica idea de madre moderna: desaparecer del mapa, dejar que la gente viva. Pero nada, la vida tenía otros planes para mí. Porque hay cosas que ocurren que claman ser contadas a ver si se me va a olvidar que una ya esta mayor.

Imaginad la escena: salida de las vaquillas. Parque adyacente, ambientazo de fiesta, olor a choricillo y calimocho, niños con el pañuelo al cuello y yo en plan “madre que vigila, pero no agobia, porque... soy guay” que te voy a decir. Mis hijos, 10 y 12 años, un amiguito y servidora, formando el equipo de supervisión parental más surrealista de la historia. Y de pronto llega el momento clave: la pregunta infantil más peligrosa jamás formulada:
“Mamá, ¿podemos echar unos petardos?”.
Ahí, amigos míos, el corazón de cualquier adulto da un vuelco. Porque sabes que respondas lo que respondas, vas a perder.

Y yo, en un alarde de valentía suicida, les di… un mechero. Sí, lo hice. ¿Motivo? Pues porque creo que los niños tienen que hacer cosas de niños a la edad de los niños. No sé, llámame revolucionaria, llámame inconsciente, llámame loca del coño, pero yo lo vi clarísimo. Claro, error de cálculo número uno: subestimar la euforia infantil combinada con pólvora de feria. Eso es como darle una copa de Jäger a un Erasmus: sabes cómo empieza, nunca cómo acaba.

Antes de seguir, un inciso: soy de esas madres que han tenido animales desde antes de que existiera TikTok. He criado caballos que te miran con más dignidad que diputados en el Congreso, he cuidado gallinas con más coherencia que algunos tertulianos de televisión, y sé distinguir un pollito de una alarma de incendio. Vamos, que de bichos entiendo.

Así que les doy instrucciones: “Ojo con los perros. Si veis uno, esperáis. Nada de sustos, nada de traumas perrunos”. Responsabilidad parental nivel premio Nobel. Y los chavales, obedientes… hasta que la obediencia se tomó un descanso sindical. Pasa un perro, esperan. Otro, vuelven a esperar. Y cuando ya parece que el universo les guiña un ojo… ¡PUM! Primer petardo. Risas, sudores fríos, esa adrenalina que años después se recordará con frases tipo “¿te acuerdas de aquel día en las fiestas…?”. Segundo petardo: complicidad máxima, mirada de “somos criminales, pero de los adorables”. Y entonces, como en un spin-off cutre de Fast & Furious, aparecen ellos: dos señores de pelo en pecho y neurona en huelga, cuarentones, cada uno con perro, y cara de “soy la autoridad suprema en este parque”.

¡Qué cojones hacéis mocosos!”, “¡Iros a vuestra puta casa!”, “¡Eso no se puede hacer!”. Vamos, el repertorio poético completo del energúmeno medio. Yo, en plan monja franciscana con el aura de Gandhi, les digo: “Perdón, son niños, estaban nerviosos, no os habían visto…” ¡ojo! que todavía estaban lejos, todo esto gritando desde la distancia, pero ya montando la escena como si fueran héroes de Marvel en versión rural. Les pido perdón con el dramatismo de actriz de tragedia griega. Perdón, perdón, perdón.

Pero no, ellos no querían perdones. Se crecían. La testosterona en ebullición, retroalimentándose como dos pavos reales cabreados. Y los niños, claro, muertos de miedo pensando que iban a venir a zurrarles por un “pum” que ni siquiera asusta a una paloma. Yo, con voz zen, pero por dentro con ganas de repartir hostias como panes, les digo a los chavales: “Tranquilos, que gilipollas hay muchos, y hoy habéis conocido a dos de manual”.

Y es que pongamos perspectiva: los petardos de mis hijos no eran bombas atómicas, eran de esos que hacen un puf tímido, más flojo que un pedo en misa. Pero claro, vivimos en un país donde la gente ya no recuerda haber sido niño. O practica la desmemoria selectiva como deporte nacional.

Porque hoy por ley puedes llevar al perro a todas partes. A todas. A la farmacia, al súper, a la peluquería… si me apuras, hasta al altar. Pero cuidado, que hay bares, hoteles y restaurantes donde un niño no entra ni con invitación. Sociedad moderna, siglo XXI: país dog friendly, infancia persona non grata. Una “República del Silencio”, donde la risa infantil es delito de odio.

Ojo, que yo sé que hay padres que son un cuadro. Los que tienen hijos porque “tocaba en la agenda”, y los sueltan por ahí como si fueran drones autónomos mientras ellos se taladran la cerveza en la terraza. Esos existen, sí. Pero no, no somos todos. Y ya se, esos cuatro incompetentes molestan más que un grupo de WhatsApp de padres del cole preguntando por el jersey perdido de Juanito.

Pero bueno, aquí es donde me enciendo: prioridad máxima, que el perrito no se estrese. “¡Oh, cuidado, que el caniche puede llorar!”. Pero los niños, oye, que se jodan, que la resiliencia se hereda y que aprendan pronto que el mundo es un campo de minas. Eso sí: luego esos mismos señores esperan que esos niños crezcan, trabajen, paguen sus pensiones y de paso les cambien las pilas del audífono.

En fin, parece ser que vivimos en la era en la que la sensibilidad se mide en especies. Perros con prioridad absoluta, niños con tarjeta VIP al ostracismo. Un mundo maravilloso donde importa más que un bulldog no se estrese que que un crío recuerde con cariño su primera travesura.

Y yo os digo, queridos: si seguimos así, lo próximo será prohibir a los niños reír, porque el eco puede molestarle a un pequinés. Y dentro de nada, en las calles, veréis carteles que digan: “Se admiten perros. Niños, solo atados y con bozal”.

Así que, el perrito os paseará en la vejez, el perrito os pagará la pensión, el perrito os cambiará los pañales en la residencia. Porque total… los niños ya estarán escondidos en un búnker, traumatizados por haber encendido un petardo.

Yo, por mi parte, firmo como la madre que sobrevivió a las vaquillas, a los mecheros, y a los dos energúmenos con ínfulas de juez municipal.

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