Si alguna vez te han jodido con una sonrisa administrativa, comparte.
Hoy vengo a pediros un favor. Tranquilos queridos, no os asustéis, que no es el típico favor de “ayúdame a hacer una mudanza” ni de “cuídame al perro que me voy de vacaciones a Cancún”. No. Lo mío es mucho más sencillo: necesito que compartáis esto. Pero compartidlo mucho, rollo plaga bíblica, que lo vea hasta el primo lejano que siempre te manda cadenas de WhatsApp de “Buenos días con café”.
La historia que os voy a contar parece un sketch de La que se avecina, pero no: ha sido mi semana. Resulta que un familiar muy cercano por desgracia cae enfermo y necesita un tratamiento. Le recetan varias cosas y todo bien… hasta que llegamos al diamante de la corona: una cosa muy concreta, muy necesaria y, cómo decirlo finamente… Caro, pero caro de esos que piensas: “¿Pero esto cura o te paga una semana en un hotel con spa?”.
El resto de las cosas, perfecto, concedidas sin problema. Pero esto en concreto, al llegar a la farmacia nos dicen: “Uy, no, esto no está concedido, esto si lo quieres lo tienes que pagar tu”. ¡Ah, bueno! Pues nada, que se cure con abrazos, infusiones de manzanilla y el poder del pensamiento positivo.
Yo, inocente de mi, pienso: “Bah, un error administrativo, seguro. Un Excel mal rellenado, un funcionario que se despistó porque estaba mirando vuelos baratos en Skyscanner. Voy y lo arreglo”. ¡JA! Qué ternura la mía. Aysss
Llego al sitio. La inspectora no está. Obvio, seguro que estaba en una reunión importantísima sobre cómo recortar aún más las cosas necesarias y nuevas formas de decir “no” con una sonrisa. Dejo mi teléfono. Al rato me llaman: “No, no es un error. Es que no lo vemos indispensable”. Perdona… ¿cómo que no indispensable? ¿Qué queréis, que llegue medio muerto para entonces sí concedérselo? Claro, porque la recuperación rápida no es indispensable, lo indispensable es esperar a que el paciente esté más cascado que el mando de la tele.
Vuelvo a ver a la doctora que lo recetó. Ella, ojiplática, me dice: “Tranquila, no te preocupes, lo volvemos a pedir y ya está”. Súper amable, un amor. Adivinad, volvemos a la farmacia y... Oh, sorpresa… otra vez denegado. Esto parece el reality “Adivina cuántas veces te podemos joder el día”.
Regreso al edificio para encontrarme con la inspectora. Esta vez me cuesta pero la pillo. Y su respuesta es oro puro: “No lo concedemos porque todavía no está suficientemente mal”. Maravilloso. ¡Aplausos! O sea, que para que le den el medicamento, primero hay que estar al borde del Game Over. Vamos, que si todavía puede caminar sin arrastrarse como un zombi de The Walking Dead, no merece ayuda.
Y ahí viene la guinda: “Es que el ministerio no lo permite”. ¡El ministerio! Ese ente mágico que sirve para todo. “No, no lo digo yo, lo dice el ministerio”. Ah, bueno, si lo dice el ministerio… será palabra de Dios.
Vamos a resumir: una persona que ha trabajado toda su vida, que ha pagado impuestos como si fueran cromos de la Liga, que ha sido autónomo (sí, autónomo, esa figura mítica que vive con una espada de Hacienda colgada sobre la cabeza), que ha dado empleo a otros, que ha contribuido siempre a todo… y ahora recibe a cambio una pensión que da risa, un sistema sanitario que lo trata como si fuera un número de serie defectuoso y, encima, le niegan lo que una doctora considera esencial. ¡Bravo! Que alguien le dé un aplauso lento al sistema.
Y luego te dicen: “Es que no hay dinero”. ¡Qué casualidad! Para estas cosas nunca hay dinero díselo a los del Ela. Pero para dietas más largas que la Biblia, para obras públicas que nunca se terminan, para gambas, mariscadas, viajecitos de trabajo con hotel 5 estrellas… para eso sí. Pero, eh, no caigamos en populismos, ¿eh? Vamos al fondo de la cuestión.
Toda tu vida comportándote bien. Pagas tus impuestos, obedeces las leyes, no das guerra te aguantas cuando Hacienda te aprieta como un limón cada tres meses... Vamos, eres el ciudadano ideal. Y a cambio, ¿qué tienes? Carreteras con socavones tan profundos que probablemente conectan con Australia. Una sanidad con más colas que un concierto de Bad Bunny. Y una educación pública tan maravillosa que hasta los políticos que la defienden a capa y espada luego mandan a sus hijos al “Very Best College” del barrio o en la “Very Best University” del centro de Europa. Hipocresía nivel Dios.
¿Y el transporte público? Bah, de eso ni hablo, que lo oyes todos los días en las noticias. Entre huelgas, retrasos y precios, al final te sale más barato y más seguro comprar un caballo.
Entonces yo me pregunto: ¿por qué tengo que ser una ciudadana ejemplar? ¿Por qué tengo que obedecer normas y leyes si otros no lo hacen y encima se van de rositas? ¿Por qué tengo que dejar que me expriman como a una naranja reseca cada trimestre? ¿Qué gano yo portándome bien? ¿Un aplauso? ¿Un diploma al buen contribuyente? ¿Un pin de “yo pago mis impuestos”?
Y aquí , en este punto, es donde salen los zombis agradecidos del rebaño, los que llevan el manual de insultos bajo el brazo, a decir: “Facha, facha, facha”. Porque, claro, si hoy en día, no repites como un loro el discurso oficial, automáticamente eres facha. Pues mira, llámame como quieras. Facha, marciana, señora del visillo… pues nada, llamadme lo que queráis, me da exactamente igual. Yo sé perfectmente lo que pienso y lo que soy, que es bastante más que repetir slogans como si fueras Alexa campeón
Y mientras tanto ¿qué pasa? Nada. La gente seguirá scrolleando, pasando de largo, dándole like al enésimo vídeo de gatitos. Porque aquí nos pueden estar clavando un palo por el culo, y ni con eso la gente se levanta a protestar. Y ojo, palo sin vaselina, que somos pobres pero dignos.
Así que lo digo claro: esto necesita un reseteo completo. Un Ctrl+Alt+Supr. Un reinicio de fábrica. Porque así no vamos a ningún lado. Porque este sistema es inviable. Y el que no lo vea que se compre gafas.
¡Despertad de la matrix, coño!
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