San Mateo: de feria medieval a fiestón riojano

Seamos claros: septiembre en Logroño no es un mes, es un estado de ánimo. Cuando los viñedos se ponen dorados, el Ebro huele a mosto y los vecinos empiezan a sacar las camisetas de peñas del fondo del armario, sabes que se acerca San Mateo, la gran fiesta de Logroño y, de rebote, de toda La Rioja.

Pero para entender este fiestón hay que viajar atrás. Y no me refiero a “cuando yo era joven y aguantaba más”, no: mucho más atrás.

El primer antecedente oficial se remonta a 1352. Sí, hace casi 700 años ya andaban de juerga. Bueno, de juerga… en realidad de feria. El rey firmó un documento (muy serio, muy sellado, muy medieval) que autorizaba a Logroño a organizar un mercado. Lo que hoy es San Mateo empezó siendo un mercadillo: gallinas por aquí, sacos de trigo por allá, paños de lana, artesanías y algún que otro vendedor que seguro también decía “me lo quitan de las manos”.

Imagina las plazas llenas de campesinos regateando, mercaderes voceando sus productos y, de fondo, rezos para que la cosecha no fallara. Vamos, el Amazon Prime del medievo, pero sin repartidor y con olor a corral.

El 21 de septiembre se escogió como día grande en honor a San Mateo. Y aquí viene la ironía: San Mateo fue apóstol, evangelista… y recaudador de impuestos. Sí, tu patrón festivo es básicamente Hacienda con barba y túnica. A los logroñeses de la epoca aquello les debió parecer de lo mas apropiado: ¿qué mejor santo para unas ferias nacidas del comercio que el que cobraba tributos?

Saltamos al siglo XIX, cuando los reyes decidieron formalizar la cosa. En 1818, Fernando VII dio el visto bueno y en 1845 Isabel II firmó un decreto que fijaba las fechas de la feria en septiembre. Traducción: la fiesta se movía al final de la vendimia. O sea, al momento perfecto para beber vino sin remordimientos porque ya estaba todo recogido.

En el siglo XX, los logroñeses dijeron: “Vale, ya tenemos feria, ya tenemos santo… pero falta lo obvio: el vino”. Así, en 1957, nació la primera Fiesta de la Vendimia Riojana. Fue un espectáculo: carrozas, bandas de música, estandartes, peñas… y el acto estrella, el pisado de la uva en pleno Espolón.

Dos mozos vestidos con traje regional subieron al lagar y empezaron a aplastar racimos a pisotón limpio. El mosto resultante se ofreció a la Virgen de Valvanera, patrona de La Rioja. Todo muy solemne, muy emotivo… siempre que no pienses demasiado en esos pienreles, claro.

A partir de ahí, las fiestas crecieron como la espuma: en 1959 apareció la primera Feria del Vino de Rioja, en 1968 la de Flores y Plantas… cada década sumaba algo nuevo, como si fueran las actualizaciones de una app que nunca deja de dar sorpresas.

Desde entonces, cada edición cuenta con su Reina de las Fiestas (rebautizada en 1991 como Vendimiadora Mayor) y también vino un Vendimiador Mayor, que son algo así como los embajadores oficiales del jolgorio.

A su alrededor, se multiplican los actos: concursos de calderetas, frutas y hortalizas, corridas de toros, encierros “vintage” que recordaban a los del siglo XVI, ferias de pelota larguísimas, conciertos, obras de teatro, fuegos artificiales… y lo mejor de todo: las peñas. Ellos son el alma de la fiesta. Montan chamizos, preparan degustaciones, tocan tambores, cantan, bailan y logran lo imposible: que hasta el más tímido acabe enganchado a una conga.

En1977 Logroño copia a Pamplona y lo peta, alguien dijo: “Eso de Pamplona con el chupinazo está muy bien… pues lo hacemos aquí”. Y así nació el chupinazo o cohete anunciador de San Mateo. Desde el balcón del Ayuntamiento, se lanza un cohete y… ¡boom! La ciudad entera explota en alegría, abrazos, cánticos y litros de vino.

Es el momento más esperado del año. Porque sí, las fiestas empiezan cuando lo dice el programa, pero empiezan de verdad cuando suena ese estallido.

El elixir oficial de estos días a pesar de ser la fiesta de la vendimia, no es el famoso y fantástico vino de Rioja, no, es el zurracapote. Su origen está en Calahorra, donde la Peña Philips lo inventó para acompañar los dulces de Semana Santa. Lo que empezó como bebida casi religiosa acabó convirtiéndose en la gasolina oficial de todas las fiestas riojanas.

La receta es simple e inmortal: vino tinto, azúcar, limón y canela. Se deja reposar un par de dias y… voilà. Dulce, fresquito, entra fácil y al tercer vaso estás convencido de que bailas mejor que nadie. En San Mateo, los chamizos de las peñas lo sirven sin descanso, y rechazarlo es prácticamente un delito social.



Vale, ahora que ya conoces la historia y te sientes casi un experto, aquí van los consejos de supervivencia oficiales para no naufragar en San Mateo:

  • Uniforme básico: pañuelo al cuello, bota al hombro y ropa que estés dispuesto a sacrificar en honor al vino y los pinchos. Si te importa mancharte, mejor quédate en casa viendo Netflix.

  • Horarios: jaja, olvídate. San Mateo no sabe ni qué es un reloj, y tú tampoco lo vas a saber entre carrozas, pregones, peñas y fuegos.

  • Alimentación: pinchos, mas pinchos y pan como si no hubiera un mañana. Todo lo demás es decoración para la foto de Instagram.

  • Sueño: inexistente. Dormirás en octubre… o cuando te arrastre la resaca.

  • Peñas: súbete al carro. Son como GPS humanos pero con más ritmo y menos paciencia. Si una peña pasa a tu lado, síguela. Te llevará a lugares donde beberás, bailarás y tal vez olvides tu nombre, pero nunca te aburrirás.

  • Zurracapote: ojo, parece inofensivo, dulce y refrescante, pero es un pequeño demonio embotellado. Un par de vasos y empezarás a creer que eres Beyoncé.



Ya ves tu, lo que empezó en 1352 como un mercadillo de gallinas se ha convertido en una fiesta de Interés Turístico Nacional. Hoy, San Mateo es la mezcla perfecta de tradición y desmadre, de vino y devoción, de historia y ganas de pasarlo bien.

Y cada septiembre, Logroño recuerda al mundo que aquí no solo se hace el mejor vino… sino que también sabemos cómo celebrarlo. Logroñeses, logroñesas ¡Viva San Mateo!


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