Querido alcalde: esto no ha sido un fiestón, ha sido una semana gastronómica
Pues sí, queridos, resulta que el viernes escuché a nuestro queridísimo alcalde, ese hombre con tanta imaginación que debería estar escribiendo novelas de fantasía junto a Tolkien y Roald Dahl, decir con todo el desparpajo que las fiestas mateas de este año han sido “fantásticas”. Y no solo fantásticas sino casi una mezcla entre los Carnavales de Río, Tomorrowland y la Feria de Abril…
Y claro, yo pensé: “¿Fantásticas? ¿En serio? ¿Pero este señor y yo vivimos en la misma ciudad o él se teletransportó a otra dimensión?” Porque yo tengo ya mis buenos 50 tacos, medio siglo, con sus canas, sus achaques y todo, y resulta que todavía conservo una cosa que, por lo visto, se le ha borrado al alcalde de la cabeza: la memoria. Sí, la memoria, esa cosa que se activa sola y que sirve para recordar cosas más allá del último discurso o del último selfie cortando una cinta.
Así que, ya que al señor alcalde parece que se le ha olvidado cómo eran unas buenas fiestas de verdad, vamos a hacer un pequeño repaso, un viaje al pasado, un “Érase una vez San Mateo”. Abróchense los cinturones, que vamos a remontarnos 20 añitos atrás, nada menos que a 2005.
Ay, qué tiempos aquellos… cuando las fiestas se vivían con intensidad, con sudor y con agujetas en las piernas de tanto ir de un lado a otro.
Había encierros: con sus carreras, su adrenalina y sus sustos de los buenos, de esos que luego se comentaban en el bar durante meses. Había fuegos artificiales todos los días. Sí, TODOS LOS DIAS. No tres, ni dos, ni uno. Todos los santos días, como un reloj. Que uno se acostaba oliendo a pólvora y ceniza, y tan feliz.
Teníamos degustaciones y hasta muestra de casas regionales. Que uno podía pasar de Galicia a Andalucía sin Ryanair, sin colas en el aeropuerto y sin límite de equipaje.
Había partidos de pelota para adultos por la tarde y para jóvenes por la mañana en el Revellín. Porque antes se pensaba en todos, y no como ahora, que parece que el programa lo hace un comité de cinco señores mayores con insomnio.
Había toros y teatro, porque aquí te salía lo mismo un astado que un Calderón de la Barca. Y para los peques: Gorgorito, los míticos gigantes y cabezudos, las ferias y un montón de actos infantiles. Porque antes los niños no se pasaban las fiestas pegados a la pantalla del móvil, no, antes los niños aguantaban jornadas maratonianas de cabezudos persiguiéndoles, y aún pedían más.
Y las actuaciones musicales repartidas por toda la ciudad, que ibas de un barrio a otro y parecía que estabas haciendo un tour musical europeo sin salir de Logroño. Todo eso aderezado con la Casa de Andalucía y la carpa de las peñas, que eran como entrar en Las Vegas versión riojana: luces, risas, zurracapote y gente bailando como si no hubiera mañana.
Y lo mejor de todo, los conciertazos del ayuntamiento… ¡ay los conciertos! En 2005 tuvimos a Manolo García, David Bustamante, Jorge Drexler, Jarabe de Palo, Fangoria y La Fuga. ¡Eso era un festival digno de colgarse en el cartel de un Viña Rock!
Avanzamos diez años. Llegamos a 2015 y ya empezamos a notar un pequeño “toque minimalista”. Como si alguien hubiera dicho: “Las fiestas son demasiado divertidas, vamos a calmarnos un poquito”.
Los encierros desaparecen y entran en juego las vaquillas. Que no es lo mismo, pero también molan.
Eso sí, Gorgorito seguía todos los días, porque cuidado, que si quitas a Gorgorito aquí se nos monta un referéndum.
Los fuegos artificiales también resistían, todos los días menos uno. O sea, que todavía podías dormir poco y mal, como debe ser en fiestas.
La música en los barrios empieza a flojear, se va apagando poco a poco, pero aún quedaban algunas cosillas para no sentir que vivíamos en un lunes eterno.
Y en cuanto a conciertos estelares… pues mira: Najwa-Jean, Nancys Rubias, Alejo Stivel y fíjate que casualidad, otra vez La Fuga, que ya parecen de plantilla fija cada diez años. Una mezcla que te podía dejar bailando, cantando, o mirando el cartel diciendo: “¿y este quién era?”. Pero al menos había variedad, y no te daba la sensación de estar escuchando la misma playlist en bucle.
Y ahora sí, llegamos al presente, al glorioso 2025, donde las fiestas parecen más bien el programa de MasterChef que unas fiestas patronales.
Tenemos la feria de pelota y taurina, para que no se diga que no hay tradición. Las ya clásicas vaquillas, porque claro, siempre tienen que estar para salvar el honor. Dos, sí, DOS días de actos para los peques en el Ayuntamiento, porque total, para qué más, si ahora los críos tienen móviles y tablets y con eso ya se entretienen solitos.
Gorgorito aparece cuatro días, cual Guadiana riojano: sale, desaparece, vuelve a salir. Y los fuegos… chan chan chan… ¡tres días! Sí, TRES. Y ojo al detalle: el día grande, el 21, nada de nada. Ese día se celebró con un silencio sepulcral. Porque claro, ¿qué mejor manera de conmemorar el día grande que no hacer nada?
Y en cuanto a conciertos… queridos, preparaos para la emoción: el gran, el único, el irrepetible Mikel Izal. Que no seré yo quien diga que es mal artista que luego me crucifican los modernos, pero esta abuela confiesa que no sabe quién es. Igual soy yo, que me he quedado anticuada, pero qué queréis que os diga, yo estaba esperando a un Manolo García, un Fangoria, o al menos un Bisbal moviendo rizos.
Ah, perdón, se me olvidaba la actuación de La Rock-A. ¡Cómo se me pudo pasar! Esa joya del programa.
Y el resto, degustaciones, degustaciones y más degustaciones. Que parecía que en vez de San Mateo estábamos en “Logroño Gastro Fest”. Todas, eso sí, por un módico precio, que uno ya piensa: “¿Me voy a hacer cola en una degustación a 3 euros el pincho o me bajo al bar de la esquina, que me cobran lo mismo, tengo silla y me ponen servilleta?”. Pero bueno, no me voy a quejar de esto muy alto que si no es por las peñas aquí uno ni se entera de que estamos en fiestas.
Y yo pregunto: señor alcalde, ¿qué incentivo había aquí para que la gente no huya a Salou? Porque atraer turismo con un pincho de panceta con chorizo… mire, igual vienen los de Oión si les pilla de paso, pero lo que es París, Londres o Berlín, no los veo yo aterrizando en Agoncillo por esto, la verdad.
Así que, con todo el respeto, señor alcalde, permítame decirle: o bien usted se emociona con muy poquito, o bien antes, hace no tanto, sí sabíamos lo que era divertirse de verdad.
Eso sí, se lo digo desde el cariño, ¿eh? Sin ironía ni nada… ¡faltaría más!
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