Quiero hibernar hasta junio
Ayssss… señores, señoras, criaturas del Señor… quedan cuatro días. ¡Cuatro miserables días para la vuelta al cole! ¡Y yo, que según los medios debería estar descorchando champán, estoy con menos ganas que ellos! Que ya es decir, porque mis hijos hablan del colegio como si les llevara a trabajar a una mina en el siglo XIX. “¡Madreee, no quiero volver!” Pues yo tampoco, hijo, pero alguien tiene que pagar el Wifi. Ellos al menos van a reencontrarse con los colegas, a intercambiar cromos, a hacer gamberradas en el patio. Yo lo que me reencuentro es con el despertador a las 7 de la mañana, que suena más violento que la alarma de incendio de un centro comercial.
He preparado los uniformes… que oye, con lo que valen los uniformes de hoy en día, yo ya estoy pensando en abrir un OnlyFans de medias escolares y corbatas a rayas. Luego, el material escolar… otro pastizal. Pero vamos, un pastizal nivel: “Señora, ¿me da un kilo de folios y un par de riñones?”. Y los libros… bueno, los libros que no entran en gratuidad… porque claro, los cuatro que faltan son justo los que valen como si fueran primeras ediciones de Cervantes. Y ahí estoy yo, pagando y sonriendo, como si no pasara nada, pero por dentro pensando: “Esto no es educación obligatoria, esto es una estafa piramidal”.
Eso sí, tenemos que dar gracias a la famosa “gratuidad” de libros. Yo creo que algún político cuando la inventó dijo: “Así la gente no se queja, porque algo gratis tienen”. ¡Gratis! Que gratis lo que se dice gratis… a mí me salen sarpullidos solo de escuchar esa palabra en septiembre.
Pero ojo, que no es solo el desembolso de dinero, no. Es que septiembre trae consigo un pack completo de sufrimiento. Ese madrugón diario y a esa velocidad, que parece un episodio de Benny Hill, pero en versión parental. Para los jóvenes de ahora no saben de que hablo en esta referencia… mejor que no lo sepáis, porque si emitieran esa serie hoy, tendríamos titulares en todos lados: “Humorista denunciado por 47 delitos en un solo sketch”.
A lo que iba, las mañanas son un sprint olímpico. Parecemos el equipo de relevos del colegio. Uno no encuentra la mochila, el otro busca los calcetines, yo buscando la paciencia… ¡que ya la perdí en mayo, pero la sigo buscando, por si acaso!
Eso sí, por la tarde viene la gymkhana extraescolar: uno tiene música a las 17:00, el otro balonmano a las 17:05, pero en otra punta de la ciudad, el tercero (que no tengo, pero a veces aparece un niño extra en casa, nadie sabe cómo) a natación. Yo ya me estoy planteando pedir el Uber familiar: un conductor para cada hijo y que me manden el recibo mensual.
Y llega el listillo de turno que te suelta: “Es que los padres apuntáis a los niños a demasiadas extraescolares”. Pues mira, guapo, a mis hijos los apunto a lo que ellos quieren, sus padres pueden y me da la gana. Y si pudiera los apuntaba a “Cómo aprender a hacerme la cena” o “Introducción a planchar camisas”. Eso sí que sería útil.
Pero el cansancio se acumula. Tú empiezas septiembre con energía, con ilusión… y ya en octubre estás peor que un zombie de The Walking Dead. Y claro, llega Semana Santa y dices: “Ay, qué bien, unas mini vacaciones”. JA. JA. Mini vacaciones mis narices. Semana Santa es cuando confirmas que tu cuerpo ya solo se sostiene a base de café y milagros. Ellos descansan, tú, sobrevives.
Y no acaba ahí la cosa. Porque a los pocos días de empezar… ¡ay, amigo! Llegan los grupos de WhatsApp del cole. Esa maravilla moderna donde 27 madres y un padre perdido que nunca habla, pero que está ahí como espía silencioso, discuten durante dos horas si mañana los niños tienen que llevar camiseta chándal o uniforme… y al final, resulta que qie cada uno va vestido de una manera y parece que van a grabar un videoclip de reguetón.
Y esas plataformas escolares… ¡Qué maravilla tecnológica! ¡Un videojuego para padres! Antes tus padres no sabían nada de ti, te preguntaban: “¿Tienes deberes? ¿Has estudiado? Vale, pues tira a la cama”. Y ya está. Fin de la supervisión parental.
Ahora no. Ahora tienes que conectarte a 14 plataformas diferentes, cada una con una contraseña que olvidas a los 3 minutos. No te digo mas que tengo un Excel con las contraseñas de los Excels. Ahora necesitas tres másters: uno en Google Classroom, otro en Canva y otro en el dichoso Excel. Yo me he visto en situaciones tan absurdas que he tenido que usar el Excel para calcular cuántas manualidades pendientes teníamos.
Y ojo, que me apunté hasta a la Escuela de Idiomas para refrescar el inglés por culpa del dichoso bilingüismo. “Va a ser buenísimo para los niños, señora, van a salir bilingües.” Sí, bilingües mis narices que cuando vayan al medico a ver si les entiende porque se saben todos los huesos y demás en ingles y en español no tienen ni idea.
Y las tardes de deberes?, eso es como hacer prácticas de magisterio en casa. Esa tortura medieval disfrazada de “tiempo en familia”. No es tiempo en familia, no. Es tiempo en el que tú descubres que la paciencia que creías tener era un mito. Esas horas de deberes equivale a un máster en Magisterio, otro en Psicología Infantil y un doctorado en Cómo no perder los nervios cuando tu hijo no entiende lo que es una fracción. Que digo yo, pero que hacen en clase si luego hay que explicarlo todo en casa otra vez?
Yo ya voy a pedir que me convaliden la carrera de Maestra de Primaria. Porque te lo juro, si sobrevives a las matemáticas de la eso y a la sintaxis de 6º… ¡puedes dar clases en Harvard! No te digo mas que me veo a mi misma diciendo: “Cariño, hoy no puedo salir, que mañana tengo examen de Sociales de 2º de la ESO”.
Y aún hay quien dice: “¡Qué suerte, que los niños vuelven al cole, por fin vamos a descansar!”. JA. Perdona, descansar, ¿dónde? Porque yo lo que quiero es que me teletransporten directamente a junio del 2026. ¡Sí, sí, y 4 años más tarde también! Me da igual perderme comuniones, Navidades y cumpleaños. Hibernación parental YA. Que alguien invente una cápsula, me despierta en junio, y me encuentre a los niños con las notas en la mano y yo con un gin-tonic en la otra.
Hola, somos los hijos, y tenemos algo que confesar: el cole NO nos gusta. Nada. Cero.
Ni regalado con chuches de por medio. Vamos a ver ¿a quién le parece buena idea levantarse de noche para ir a escuchar a alguien explicar los ríos de España durante una hora? ¿En serio?
Y luego encima nos hacen copiar en el cuaderno, que eso es como la versión medieval de la impresora.
O los exámenes sorpresa… sorpresa para vosotros será, porque nosotros ya sabemos que nos queréis suspender.
Y lo mejor es que siempre dicen: ‘Esto lo vais a usar toda la vida’.
Sí, claro, profe, seguro que un día en el súper me paran y me dicen: ‘Oiga, no puede pagar hasta que me haga un análisis sintáctico del ticket’.
Así que, mamá, no te hagas la mártir… que si a ti te agobia el grupo de WhatsApp, a nosotros nos agobia la vida entera llamada colegio.
Firmado: los auténticos damnificados de septiembre.
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