Boomer si, pero con las orejas limpias

Bueno, bueno, bueno… vamos a ver. Cuando una cree que ya ha tocado fondo, que ya el universo no puede sorprenderle con nada más, que ya lo ha visto absolutamente todo, aparece la vida y dice: “¡Cariño, sujétame el cubata, que ahora viene lo bueno!”.
Y claro, yo, inocente de mí, pensaba que lo del reguetón era el sótano final, el punto más bajo de la humanidad, el abismo insondable. Vamos, que ahí ya habíamos coronado el Everest del mal gusto y no había más cumbre que escalar. Pues resulta que no, queridos. Resulta que no estábamos en el Everest… ¡estábamos en la planta baja! Porque la caída libre continúa, y sin paracaídas. Ni Red Bull te da alas para remontar esto.

A ver, aviso para navegantes: si sois personas sensibles, con un corazoncito frágil y orejitas delicadas, quizá deberíais darle al stop ahora mismo. Porque lo que voy a contar hiere más que pisar un LEGO descalzo. Avisados estáis.

Bueno, pues allá vamos. Después de esa gloriosa generación de cantantes que yo llamo “los perezosos vocales”, esos supuestos artistas que cantan como si acabaran de despertarse de la siesta con legaña incluida, pijama arrugado y un trauma existencial de fondo… bueno, pues ahora como si la vida no fuera ya bastante cruel, nos llega una nueva especie musical. Porque sí, queridos, la evolución de Darwin también llega a la música, solo que aquí la selección natural falla más que un tren de RENFE.

Presento en sociedad a “los cantantes acomplejados”.
¿Y qué es un cantante acomplejado? Pues muy sencillo: es ese espécimen que reniega más de sus raíces que yo de las fotos que me hicieron en la EGB con flequillo. Ese que, siendo más español que la tortilla de patatas, se empeña en sonar como si hubiera nacido en un barrio de Puerto Rico después hubiera pasado su infancia en Miami y su adolescencia en la cueva de un loro con sinusitis.

O sea, que tú lo ves en las entrevistas, y habla como cualquiera de aquí: “Sí, tío, nada, pues me mola mucho la música, ¿sabes?”. Normal, estándar, de barrio. Pero luego se sube al escenario, agarra el micro y ¡zas! De repente su lengua entra en modo Google Translate versión caribeña. Y tú en el público, pensando: “¿Pero qué le pasa en la boca a este chaval? ¿Se le ha colado un duende pueltorriqueño en las cueldas vocales, mi amol? ¿Se ha tragado un diccionario de jerga caribeña edición deluxe y todavía lo está digiriendo?”.

Y claro, luego esta el combo, que es lo mas de lo mas, la mezcla explosiva: el cantante cansado con cantante acomplejado. Eso ya no es música, eso es eso como si el traductor de Google cantara en directo después de 3 copas de anís. Una combinación letal.

Imaginad la escena: el chaval sale al escenario, con cara de que arrastra tres mudanzas y una depresión, empieza a cantar con menos ganas que yo de planchar la ropa, y encima con un acento que ni él mismo sabe de dónde lo ha sacado. Yo de verdad que me pregunto: ¿No se le desencaja la mandíbula de tanto folsal? ¿No debería venir acompañado de un logopeda, un fisio y, ya que estamos, un subtitulador oficial?

Y ojo, que yo hago un esfuerzo real por entender las letras, lo juro. Pero entre el bostezo permanente, el “puelto” en lugar de “puerto”, y las palabras inventadas que ya ni el diccionario de la RAE se atreve a meter, pues claro… la experiencia auditiva acaba siendo parecida a escuchar al perro soñando cuando se pone a ladrar dormido. Que no sabes si está cantando, gimiendo, pidiendo comida o  directamente recitando poesía contemporánea.

 

Entonces yo pienso: vale, si ya de por sí la música de hoy me aburre, ¿qué hago yo en un concierto de estos? Pues muy sencillo: me preparo como Dios manda: saco de dormir, almohadita cervical, antifaz… y hala, a disfrutar el show como una sesión de yoga delux. Porque con las luces parpadeando, el altavoz vibrando y la voz arrastrada del cantante, la siesta es premium. Premium con mayúsculas.

Y no me malinterpretéis, que luego me vienen los modernos: “Ay, qué pesada eres, eres una autentica boomer, no entiendes el arte, no comprendes la nueva ola musical”.
¡Pues claro que no la entiendo! ¿Cómo la voy a entender si lo único que me transmite es sueño, confusión y la sospecha de que esta generación ha perdido no solo el gusto musical, sino también el sentido común y las ganas de articular consonantes? Antes una escuchaba música y se emocionaba, lloraba, bailaba… ahora escuchas esto y lo único que te entran son ganas de pedir un café intravenoso para no caer en coma.

Y ojo, que yo no digo que todo tenga que ser Mozart, Queen o Sabina. No, no. Que la música ligera y pegadiza está muy bien. Pero es que ahora, a cualquier cosa le llaman música. Mira, como sigamos así, cualquier día alguien se graba bostezando en bucle, le pone autotune, le mete un beat de fondo, le añade un tum-tum-tum, y toma: hit del verano, directo al número uno de Spotify y con videoclip playero.

En resumen, que si esto es el futuro musical que nos espera, id abriendo las discotecas-cama. En vez de pista de baile, litera para todos. Tú entras, te tumbas, y el DJ te susurra en acento importado hasta que caes rendido. “Glasias pol venil, buenas noches, y que duelmas con sabrosura baby”.

Así que nada, llámame, exagerada, anticuada, cascarrabias… lo que quieras. Pero mientras tanto, seguiré con mis gustos musicales “prehistóricos”, esos que al menos me mantenían despierta. Porque sí, boomer soy… pero mis oídos todavía distinguen entre cantar y arrastrar vocales como si fueran muebles.

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