La humanidad ha perdido el manual de instrucciones


¿En serio? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar? Porque, francamente, esto ya no es ni una película de ficción de serie B: es como si alguien mezclara un guion barato con un algoritmo furioso y lo dejara hervir hasta que explota toda lógica. Supongo que todos os habéis enterado, esta semana han matado a bocajarro a alguien que estaba exponiendo su opinión en una universidad, ese supuesto lugar mítico donde se supone que se debaten ideas y no se reparten balas como folletos. Y, por lo visto, el tipo que apretó el gatillo debía de tener un máster en “interpretación literal del odio”. Alguien decidió que la mejor forma de resolver un debate era pasar directamente a la biología forense. Innovador.

Obviamente, puedo entender, en el mismo sentido en que entiendo que hay quien colecciona colillas usadas, que gente un poquito trastornada, tras pasar horas y horas viendo vídeos que el algoritmo les insiste que “sí, esto es exactamente lo que necesitas pensar”, acabe confundiendo un argumento con una amenaza personal. Porque el algoritmo es muy cariñoso: te da siempre lo mismo, hasta que te crees que el mundo es un solo gran meme en bucle. Y claro, si le metes en vena solo una bocanada de una ideología con la sutileza de un bazooka, pues lo normal es que al final se le crucen los cables rojos con los azules y diga: “hostia, ese es el demonio, a por el”. ¡Genial! Locos ha habido desde siempre, lo triste es cuando le dan un arma y acceso a YouTube.

Pero atención, que aquí viene la parte que realmente alimenta mi fe en la extinción de la especie humana: los aplausos. Sí, sí, aplausos y celebraciones barias. Como si fuera un espectáculo de variedades donde alguien grita “¡otra canción!” y en vez de guitarra tocan un rifle. Hay gente celebrando la muerte como si fuese la puntuación final de un reality. Gente que por la mañana firma cartas pidiendo el fin de genocidios y por la tarde manda stickers de “olé” cuando alguien muere por pensar distinto. ¡Qué coherencia tan reconfortante! Es como pedir que te receten menos azúcar y luego frotarte las manos en la pastelería.

Yo, por mi parte, no voy a ser hipócrita: muchas veces he pensado “qué bien haría al mundo que esa escoria no hubiera nacido”. Hablo de asesinos, traficantes de personas, de pederastas cobardes y asquerosos… esa gentuza que para mi ni siquiera merece el esfuerzo de un juicio justo. Pero eso es distinto. ¿Por qué? Porque hay una diferencia entre desear justicia por crímenes reales y aplaudir la desaparición de alguien por tener ideas con las que no comulgas. ¿Desde cuándo matamos por opiniones? ¿Es que estamos en modo “censura radical” pero en versión homicida? ¿Ha despertado una nueva inquisición?

Y lo glorioso es que de esos deficientes emocionales y mentales celebrantes hay tanto del país del muerto como un nivel mas de deficiencia que no son ni del país del tio. O sea: ni conocían al tipo, apenas sabían quién era y aún así montan una fiesta de entierro por Zoom porque el tio era del partido incorrecto para ellos. Como si el odio tuviera pasaporte y tasa de roaming. ¿Desde cuándo la brutalidad política es un souvenir global? ¿Nos han repartido tarjetas de fidelidad del rencor?

Aquí va una sugerencia para todos esos fanáticos: bajad del tóxico carrusel ideológico. Dejad de inyectaros noticias sesgadas como si fueran vitaminas. Probad, por ejemplo, a leer algo que no vaya 100% con vuestra línea de pensamiento. Sí, ya sé, suena a herejía moderna, pero hay un invento llamado “libros” y otro que se llama “viajar”. Probadlos. Salid de la cueva, conoced gente que no piense exactamente como vosotros. Increíble, vereís que no os morderán.

Porque ser humano es compartir, debatir, equivocarse y, quizá lo más radical de todo, escuchar. Y no hablo de la versión “escuchar para responder”, esa que consiste en esperar que la otra persona acabe de hablar para soltar tu ideario, hablo de la escucha auténtica, la que lleva a aprender cosas nuevas o al menos a descubrir por qué alguien piensa distinto. Eso es lo que ha hecho avanzar a la humanidad: no un coro homogéneo de cabezas idénticas, sino un montón de voces que se rozan, se pelean y, a veces, crean algo mejor. Pero claro, eso no vende tanto como la indignación perpetua, ¿verdad?

Porque la verdad y el trasfondo de todo esto es que nos quieren divididos. Y eso lo hacen tan bien que hay gente que se apunta a la división con la devoción de un club de lectura mal pensado. Siguen líderes mediocres que venden respuestas fáciles y caras, mientras recortan la complejidad. Y hay masas, sí, masas, que aplauden sin pensar. Y no sé qué da más rabia: si los políticos de saldo que trafican con palabras como si fueran mercancía deteriorada, o los borregos que no dejan de mirar el teléfono sin pestañear hasta que la pantalla les dicta el pensamiento.

¿La solución? Pues no es sencilla, si lo fuera, lo venderían en un curso de fin de semana con certificado y foto en Instagram. Pero hay remedios caseros: leer con criterio, viajar sin etiqueta, tener amigos que te contradigan (y que no te lo tomen a mal), y sobre todo, practicar la habilidad ancestral de la ironía. ¿La ironía? Sí: la elegancia de no tomarse todo tan en serio hasta que la realidad decide pasar por tu puerta con una guadaña. Y, por favor, usar el sentido del humor como escudo y como bisturí: corta la estupidez y no deja cicatrices permanentes.

Y ahora, en plan sincero y sin tanta guasa: esto es muy grave. No podemos normalizar la violencia como respuesta a las ideas. No podemos festejar la muerte ajena como si fuese un gol en la final. Sería como celebrar un incendio en el barrio porque estabas cansado de los ruidos: absurdo y peligroso. Porque cuando la muerte se convierte en espectáculo, el espectáculo pierde la noción de humanidad. Y cuando pierdes la humanidad, lo único que te queda es un público aplaudiendo en una sala vacía.

Así que termino con una petición humilde, sin dramatismos ni lemas grandilocuentes: por favor, dejad de pensar que la solución es anular al que piensa distinto. Abandonar la costumbre de usar la violencia simbólica y real como terapia colectiva. Aprender a debatir sin que el debate termine en un parte forense. Y si sois de los que celebran la muerte ajena, haceros un favor: apagad el móvil, id a una biblioteca, o mejor aún, a un parque, sin teléfonos por supuesto, y mirad a la gente. Son humanos, no estribillos.

Ah, y una última cosa: si alguien cree que huyendo a otro país se salva de esta locura... lo siento, hoy en dia la estupidez por desgracia parece que ya es global. No hay país seguro para la negligencia moral. Pero sí hay lugares donde, si la gente todavía sabe escuchar, quizá puedas respirar un poco mejor. ¿Sugerencias? Pues eso, que me las deis vosotros, porque yo ya estoy pensando en comprar una tienda de campaña anticainismo ideológico y abrirla en algún lugar donde aún se pueda debatir sin recibir balas por respuesta. ¿Alguna idea de donde puedo ponerla?

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