Son mis amigas
La vida… ¡Ay, la vida! Qué rápido pasa, ¿eh? Ya sé, ya sé, esto es un topicazo digno de frase de taza de “Mr. Wonderful” de lo más cursi que has visto en tu vida. Pero oye, por ñoño que suene, ¡es que es verdad, maldita sea! Un día estás comiéndote un Bollycao en el recreo y al siguiente estás pagando la cuota de la hipoteca y diciendo cosas como “el euríbor está por las nubes”. Flipante, ¿eh? Pero bueno, topicazo o no… es cierto. La vida vuela. Te despistas un segundo y ¡pum! Estás pagando el IBI, haciendo la compra en modo automático, y comprando cepillos de dientes por pack de tres en Amazon como si eso fuera el planazo del sábado. Qué romántico todo.
¿Os acordáis de cuando éramos jóvenes? Pero jóvenes de verdad, ¿eh? No este tipo de juventud postiza de “tengo 37 pero hago yoga y bebo zumo de apio así que me siento de 25”. NO. Me refiero a la juventud real, a la adolescencia pura, la que te da granos, emociones descontroladas y una resistencia al sueño digna de estudio científico.
Ahí estabas tú, con tu camiseta de Barricada y tu muy mejor amiga con la de los Hombres G que eso era mezclar agua y aceite pero oye, quedaba tan bien. Tu carpeta de la Super Pop con fotos de ídolos que probablemente hoy están en la cárcel o en “Supervivientes”, tu habitación llena de posters de todo tipo y sobretodo tus amigas. Ese grupo de amigas que era como una mezcla entre Las Chicas del Cable, una comuna hippie y una organización secreta. Nos contábamos TODO. Hasta lo que ni sabíamos aún. Compartíais secretos de alto riesgo tipo “me gusta el vecino del quinto pero no se lo digas a nadie, ¿eh?” (que por supuesto se enteró medio barrio antes del recreo), dramas vitales como “mi madre me ha castigado y se ha arruinado mi vida para siempre”... y aventuras extremas como colarte en el local de moda con 15 años con tu carné falsificado como si estuvieras entrando en Área 51. Épico. Todo era súper intenso, súper dramático, súper vital. O sea, si a tu amiga le pasaba algo “¿Cómo que tu madre no te deja? ¡Pero si es viernes! ¡Si no vienes tú, no vamos ninguna!” — lealtad nivel mafia siciliana.
Y claro, en
tu cabecita hormonal, estabas segura de que esas amigas iban a estar contigo
siempre, todo el rato. Como las Spice Girls, pero sin la gira mundial ni el sueldo.
Y entonces… llegó la adultez. Sí, esa gran estafa. Porque crecer suena muy
bonito, pero en realidad es un coñazo
colosal donde cambiamos los dramas del grupo por dramas de verdad: hipotecas,
hijos, facturas de la luz, sobrevivir al grupo de whatsapp del cole y no morir
en el intento de preparar lentejas mientras el WiFi falla. Ese tipo de cosas
que hacen que una se plantee escapar a una cueva.
Asi que ese grupito tan unido empieza a hacer lo que toda relación hace con el tiempo: desintegrarse elegantemente, empieza a desinflarse, como un globo después de un cumpleaños. Lentamente… pffffft.
No es que un día se acabe todo en plan telenovela turca. No, no, no. Es algo
más sutil. No hay una ruptura formal. Nadie dice: “Chicas, esto ha sido un
placer pero me retiro del grupo”. No. Es algo más sutil, más poético. Un “ahora
no puedo quedar”, un “se me ha complicado el día”, y finalmente un “¿quién
eres?” cuando escribes algo y ni siquiera te contestan. Literalmente te sientes
como cuando hablas con Siri en modo avión.
Pero eh, no pasa nada. Porque aunque no os veáis cada día, aunque ya no os contéis los dramas en tiempo real, aunque una esté en Murcia, otra en Albacete y otra atrapada en una reunión de Zoom eterna... ese vínculo sigue, ese lazo invisible permanece. Aunque no os veáis cada día, aunque ya no compartáis secretos cada media hora como si fuera un reality, hay algo que se queda. Ese germen, esa semilla adolescente que se planta entre risas, chuches y decisiones estúpidas sigue dentro.
Claro, te haces mayor. ¡Madurar es un viaje alucinante! Y por “alucinante” quiero decir “agotador”. Tienes tu vida, tu trabajo, tu familia... y esos adorables hijos que, sorpresa, absorben todo tu tiempo como si fueran pequeñas aspiradoras humanas de energía y paciencia.
Entonces, un
buen día, estas ahí te sale la nostalgia, te dan ganas de ver a las chicas,
sacas el móvil y lanzas el mensaje al grupo, dices: “¡Venga chicas, ¿quedamos? Que
hace mucho que no nos vemos!”. Y eso, queridos, no es fácil. Es la Champions
League de la vida adulta. ¿Conciliar agendas? Es más fácil que un político diga
la verdad en campaña.
Un día tú dices “chicas, ¿nos vemos esta semana para tomar algo?” y se desata
el apocalipsis logístico:
— “¿Os viene bien esta semana?”
— “Uy, yo
imposible, el martes tengo pediatra, el miércoles inglés del niño y el jueves
dentista.”
— “Justo esta semana podía yo.”
— “¿Y la que viene?”
— “Perfecta para mí.”
— “Yo no puedo, me voy a visitar a mi suegra. Que no es vacaciones, es
penitencia.”
— “Y yo tengo curso online de Excel. Obligatorio. Sí, yo también me quiero
morir.”
Y así pasan días, semanas, eras geológicas. Y lo más triste: no avanzas. Te puedes llegar a pasar hasta el WhatsApp, si, si, yo he llegado a ver el final del whatsapp intentando quedar con mis amigas. Y cuando por fin, milagrosamente, lográis coincidir una pequeña parte del grupo... es como si te tocara la lotería. Pero en versión emocional.
Mira, cuando por fin lo conseguís, cuando Júpiter se alinea con Saturno y milagrosamente el universo conspira para que un1/3 del grupo coincidamos en una misma coordenada espacio-temporal… eso, queridos, es oro puro. Es como abrir un baúl de recuerdos con olor a Nenuco y risas tontas. Te sientas, pides una cervecita, y en cinco minutos ya estáis rajando como si no hubiera pasado ni una hora desde el último día que os visteis. Os reís de los mismos chistes malos, os ponéis al día con más rapidez que el informativo de Antena 3, y por un ratito... vuelves a tener 14 años. Pero esta vez con gafas progresivas, lumbalgia y menopausia. Pequeño detalle.
Así que hoy,
este podcast, esta oda a la amistad con raíces adolescentes y ojeras adultas,
os lo quiero dedicar a vosotras. Sí, vosotras, mis amigas de siempre, las que
no necesitan explicación, las que entienden un emoji, un audio de 3 minutos o
un meme de los años 80 como si fuera una carta de amor.
Chicas, somos la leche. Un
poquito desnatada ya, pero leche al fin y al cabo. Os quiero mucho, y ojalá
algún día logremos quedar más de tres sin tener que sacrificar una virgen en
años bisiesto una noche de luna llena.
Y por favor,
a ver si el mes que viene logramos cuadrar un jueves. Solo un jueves. No pido
la paz mundial, ni que bajen los precios del aguacate. Solo un super jueves de
amigis.
Que esto no es una cumbre de la OTAN chicas, ¡es una caña y unas bravas!
Os quiero.
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