Antigua sí, pero con oído

Os voy a contar una anécdota que todavía me da escalofríos… pero de los malos-malísimos, de los que no se curan ni con tila ni con sesión doble de Netflix. No, no hablo de un corte de luz viendo tu serie favorita. Hablo de algo más aterrador. De esos momentos en los que sientes cómo se derrumba todo lo que creías haber construido con amor, esfuerzo y buen gusto musical. Sí, amigos, os hablo de cuando tu hijo… canta reguetón por primera vez.

Tomad aire. Bebed agua. Agarraos fuerte a lo que tengáis cerca.

Pues nada, que un día cualquiera, soleado, inocente, lleno de posibilidades... mi hijo, que por aquel entonces era un enanujo angelical con más inocencia que dientes, llega del colegio como si nada, con su mochilita, su cara de “hoy he aprendido cosas útiles, mamá” y, de repente, empieza a canturrear. Yo, feliz, pensando que igual era una canción del recreo, de esas de corro y palmas… ¡JA! Inocente de mí.

Lo que oigo es algo tipo: “Sin pijama, sin pijama, nos vamos pa tu casa sin pijama, sin pijama…” Y yo, que iba tan tranquila caminando a su lado, me quedé tiesa, pero tiesa como estatua del Museo de Cera. Solo me faltaba un cartelito que dijera “madre en shock, no molestar”.

Giro la oreja en plan radar de la NASA, y le digo, con una mezcla de susto y esperanza:
-“Hijo… ¿qué es eso que estás cantando?”
Y él, sonriente, sin ápice de culpa, como si me estuviera contando que han pintado el patio del cole:
-“Una canción que pusieron en clase, mami.”

¿En clase? ¿¡EN CLASE!?
¿Pero qué clase es esa? ¿Educación Sexual por Bad Bunny? ¿Música y Movimiento estilo “frotis intensivo”? Por lo visto, la profe dejaba cada día a un niño elegir la canción del día. Y ese día, pues una niña —que seguro ya tenía playlist propia en Spotify llamada “perreo preescolar”— eligió eso.

Y ahí tienes a toda una clase de criaturas inocentes, aún con olor a Petit Suisse, aprendiendo más sobre cómo acabar desnudo en casa ajena que sobre la fotosíntesis. Todo muy Montessori, pero con Daddy Yankee.

Total, que yo, más mosca que un plátano olvidado en verano, me pongo a investigar. Porque una es madre, pero también agente del CNI versión maternal, con el navegador lleno de búsquedas como “letra sin pijama análisis” o “cómo bloquear YouTube sin parecer dictadora”.

Y la encuentro. No la canción. La obra maestra del erotismo rítmico exprés. Le doy al play con miedo, como si fuera una ouija musical. Y oye… ¡madre mía! Me entró un mareo. Me hiperventilaba. Me daban los siete males y dos bonus tracks.

Y le digo al niño:
-“¿Esto os han puesto en el cole?”
Y él, tan pancho:
-“Sí, esa mami.”
Y yo ya visualizándome organizando una asociación “Padres por la decencia musical” o “Contra el reguetón escolar”. Pero ¿para que? No se puede luchar contra el gigante.

Pero en fin, esto lo recordé porque justo ayer el mismo hijo, ya más grandecito, con criterio musical desarrollado (¡bendito sea el rock clásico y la ausencia de autotune!), me suelta con cara de niño traumatizado:
-“Mamá, ¿pero cuándo se va a acabar el reguetón? Está en todas partes.”

¡Ay, hijo mío! Si yo tuviera la respuesta, te la tatuaba en el brazo y me hacía camisetas con ella. Porque sí, es que está en todas partes. Es una plaga bíblica, pero con base de discoteca y letras de dudosa ortografía.

Vas al súper: reguetón.
Pones la radio: reguetón.
Vas al dentista: reguetón, justo cuando te meten la fresa en la muela.
Vas a la Seguridad Social y mientras esperas a que te cojan el teléfono… reguetón.
Yo ya estoy esperando que salga el cura en la misa y diga: “Podéis ir en paz… pero antes, un temita de Karol G.”

¿Y qué es el reguetón, en esencia? Pues nada, un loop infinito de cuatro acordes, siempre los mismos, con un ritmillo que parece que alguien ha puesto a batir claras de huevo a compás. Y luego están las voces. Por favor, esas voces…

Cantan como si acabaran de correr una maratón cuesta arriba, en pleno agosto y con resaca. Con más pereza que un lunes sin café. Es como si les hubieran dicho: “Canta algo sexy, pero que no se note que estás vivo.” Y por supuesto, ni vocalizan. Tú estás ahí intentando entender si ha dicho “pijama” o “panama” o “me llamo Susana”, y nada, todo suena igual.

Y claro, el autotune. Ese milagro de la tecnología moderna, esa muleta digital que hace que hasta un router pueda sacar un disco de platino. Porque no es que no sepan cantar, ¡Dios me libre de pensar eso!, es que el autotune es parte del “concepto artístico”.

¿Y la estética? ¡Oh, la estética! Un desfile de cadenorras de oro tamaño abrecartas medieval, chanclas con calcetines blancos, chandals brillantes con estampados dignos de un sofá de los 90, gafas de sol tamaño parabrisas y todo con pose de "mírame, que soy estrella del perreo" aunque si pasaran por tu lado en el metro no les dabas ni el último Donut.

Y claro, siempre rodeados de chicas despampanantes, todas con más maquillaje que ropa, moviéndose como si tuvieran un contrato con el Instituto del Movimiento de Caderas Sensuales. Porque si no hay frote explícito, no es reguetón, es otro género menor, como el trap melancólico o la bachata deprimida.

¿Y las letras? Bueno, mejor no profundizamos, que nos entra la risa y una mala hostia a la vez que... Pero en resumen: parecen escritas por un adolescente que se cayó dentro de un cubo de feromonas y luego quiso rimar “bellaquita” con “camioneta” porque sí. Nada de metáforas, ni sutilezas, ni doble sentido. Aquí todo va directo.

Y ya, por terminar de redondear la faena, el otro día mi hermano me dice que fue a comprarle un chándal a su hija. Pequeña, pequeñisima, vamos que aún no han aprendido a atarse los cordones. ¿Y qué encuentra? Pues tops. Sí, tops. ¿En la sección de casi bebés? ¿Estamos todos locos? ¿En serio vamos a normalizar que niñas de 4 años lleven ropa que ni las Spice Girls se ponían en su época más atrevida? ¿Pero esto qué es? ¿Una tienda de ropa o un casting para mini influencers de Instagram?

Que ya me cuesta digerir ver a niñas de 10 años vestidas como si fueran a grabar el remix de “La Gasolina”, pero si empezamos en la etapa preescolar… pues nada, que la infancia nos dure lo que dura un TikTok.

Y sí, ahora podéis llamarme carca, boomer, retrógrada, viejuna, lo que queráis. ¡Con mucho orgullo! Porque si eso significa seguir creyendo en canciones con letra, melodía y ropa acorde a la edad y a la dignidad femenina, entonces que me estampen el sello de “abuela cebolleta” en la frente. ¡Pero con estilo!. ¡Viva lo retro, viva la sensatez y que viva el rock and roll.

Buenos días, y que el reguetón os pille confesados y con tapones para los oídos.

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