Padres, Hijos y WiFi: Crónica de un Desastre Anunciado
Ayer asistí a una charla que daba la Policía sobre los peligros de internet en los dispositivos de nuestros hijos. La cosa empezó tranquila: redes sociales, aplicaciones sospechosas, ciberdelitos y todos asintiendo como expertos en la materia... hasta que miré alrededor. Ahí descubrí que esto no era solo una charla, era una convención de especies parentales que bien podría aparecer en un documental de la BBC. Agarraos fuerte, que esto no tiene desperdicio.
Por un lado están los padres que viven en el maravilloso mundo de los unicornios de luz y color. Esos que creen que internet es básicamente Barrio Sésamo y sus hijos sólo ven videos de gatitos y hacen puzles. Que miran a su pequeño retoño con ojitos brillantes: "Uy, ¿mi pequeño meterse en líos o tener problemas?" Mi hijo solo lo tiene para jugar al Brawl Stars y ver dibujos animados". Mientras tanto, el angelito, sentado en el trono del baño, está desfalcando el Banco de España desde su móvil con una habilidad que ya quisieran los de La Casa de Papel.
Luego tenemos a los padres hipercontroladores, agentes del FBI frustrados, los reyes del ¿tu móvil? Mío. Esta gente tiene software espias que haría palidecer a la NSA. Programitas milagrosos que les notifican en tiempo real qué escribe, qué borra, qué sueña, qué piensa, qué ve y probablemente hasta cuántos pasos ha dado hoy. Que estén prohibidos por ley parece un detalle sin importancia. "Es por su bien" piensan, mientras el crío se acostumbra a tener menos privacidad que un personaje de reality.
En la otra esquina del cuadrilátero parental están los padres influencer, esos modernos, estilosos, guays, siempre tan “cool” en redes, llenos de fotos de familia perfectas: "Día precioso de paseo en el parque con mi pequeño tesoro #Feliz", seguido por 2400 likes y una colaboración con una marca de papillas. Luego apagan la cámara y dejan a su hijo en modo avión, que el móvil sea la nueva niñera para que el "pequeño tesoro" deje de dar la turra. Suele coincidir con los padres que entregan un iPad con el ánimo de quien lanza comida a un león: que coma y me deje en paz.
Pero, atención, también están los padres que conviven con el mismísimo hijo de Satán. Sí, ese niño que lía pollos en redes, insulta al vecino y hackea cuentas ajenas... pero no, no te confundas: la culpa NUNCA es suya. Nooo, ¿es que no ves que todo son "cosas de niños"? Ellos se lo buscan: “Fue el otro quien le pidió que lo llamara gordo gafoso y lo ridiculizaran en el patio”. Estos padres son unos cracks del arte de las excusas; si te despistas, acabas creyéndoles y recriminando a tu propio hijo.
Y en el otro extremo estan los padres zen. Aquellos que respiran profundo, mientras usan su cuenco tibetano y dejan fluir a sus hijos como ríos serenos hacia el caos absoluto. El pequeño golpea a medio curso, monta una criptomoneda sospechosa y se graba destrozando farolas... y sus padres: "Todo fluye, todo enseña. No lo limites, que luego se trauma, ellos eligen su camino, hay que respetar su libertad". Por favor, cuidado con la mezcla padre zen e hijos de Satán. Porque os aseguro que las consecuencias para vuestros hijos pueden ser dos: acabar construyendo un imperio criminal a los doce o deprimidos de por vida porque se convirtieron en el blanco de sus “chiquilladas”.
Por último, y con un nivel casi testimonial, el mito, los padres normales. Sí, esos que aúnan amor, firmeza, responsabilidad y sentido común. Los que a veces premian, a veces castigan y, sobre todo, los que no se hacen los locos cuando toca hablar de responsabilidades y respeto. Padres equilibrados, admirables y poco frecuentes, vamos con los dedos de una mano te los cuento. No hacen ruido, no son virales, porque están ocupados educando a sus hijos. Pero oye, gracias a ellos, aún hay esperanza.
¿Y yo? ¿Qué a qué grupo pertenezco? Hombre, por supuesto al último, sí, al de los padres ejemplares, ¿cómo no? Pero bueno, preguntádselo a mis hijos si no me creéis... Eso sí, no os quiero asustar, tener cuidado con lo que habláis, que mi software espía (ilegalísimo, por supuesto) funciona tan bien que hasta a veces me dice lo que estáis pensando vosotros.
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