Gafas 2030: Vigilancia con Estilo. Vista HD a tu Privacidad

¡El futuro según nuestro visionario Mark Zuckerberg! Según el oráculo de Silicon Valley, para 2030 ya no necesitaremos teléfonos móviles. ¿Por qué conformarnos con un aparatito que solo escucha todo lo que decimos, registra nuestras ubicaciones y almacena nuestras fotos más vergonzosas? ¡tachán! las gafas inteligentes los sustituirán. ¿Qué puede salir mal? ¿Un dispositivo que no solo escucha todo lo que decimos, sino que también ve exactamente lo que vemos? Nada sospechoso ahí. Claro, gafas que no solo sabrán qué estás mirando, sino también qué piensas mientras lo haces. La privacidad está sobrevalorada, ¿no? ¡Qué idea tan retro esa de tener secretos!

Imagina por un momento lo que eso significa: tu vida, literalmente, una película en streaming. Y no, no eres el director. Si hasta ahora Meta (o Google, o quien sea) sabía qué buscabas en internet, con quién hablabas y qué comprabas, ahora tendrá un asiento VIP para ver todo lo que haces. Y lo mejor: ni siquiera podrás fingir sorpresa cuando te sugieran anuncios de un curso para mejorar tu posición corporal, porque las gafas ya lo habrán detectado antes por ti. Un día estarás en una reunión aburrida mirando memes de gatos en tus súper gafas. Zuckerberg, o quien sea que maneje el botón rojo en Meta, no solo ve a qué gato le das "me gusta", sino también si te ríes o solo sonríes. Quizás incluso detectan si estás pensando "¡Qué tontería de reunión!". ¿Privacidad? Eso ya es la palabra clave para tu Wi-Fi, no un derecho humano.

Y no seamos ingenuos, porque el espionaje digital tiene que venir completo. No basta con saber lo que compras con tu tarjeta, teléfono o, si te sientes moderno, con tu reloj inteligente. En el futuro, pagar con dinero físico será una anécdota arqueológica. "¡Mamá, mamá, mira! Este es un billete de 50 euros, lo usaban en el siglo XXI para comprar cosas sin que el gobierno supiera exactamente a qué hora comías churros en la plaza."

Y si piensas, felizmente, que al menos tus pensamientos son privados, ¡error! Es cuestión de tiempo que las gafas detecten patrones en tu cara y te digan: "Detectamos que estás triste, aquí tienes un descuento en chocolate amargo" o "Vemos que te interesa demasiado esa persona, ¿quieres añadir su perfil de Instagram a tu lista de observación secreta?". Para Zuckerberg y compañía, el lema es claro: no más secretos.

Si crees que puedes escapar de esto con unas vacaciones, olvídalo. Llegas al aeropuerto y entregas no solo tu pasaporte, sino tu “flor”, porque tienes que pasar por un escáner en el que te ven en pelotas (por tu seguridad). Por fin llegas al hotel y toca explicar quién eres, con quién vas, dónde os conocisteis, y qué promesas os hicisteis bajo la luna. ¿Es tu amante? Perfecto, incluye una carta firmada por tu pareja oficial. Y no te olvides de los informes de tus últimas dos discusiones familiares.

Mientras tanto, todos felices como corderitos tecnológicos. Cada vez más gente usa tarjetas, móviles y relojes para pagar un café. Claro, súper práctico, pero mientras tú te sientes James Bond, alguien está tomando nota de dónde estás, a qué hora, con quién, y qué diablos estabas comiendo. En el futuro, probablemente te pregunten si el café estaba lo suficientemente caliente para sus estadísticas globales.

Que sí, que pagar con el móvil es súper cómodo, claro. ¡Quién quiere llevar efectivo!, si es lo más sucio que existe. Pero no nos engañemos: lo que sacrificas es cualquier rastro de anonimato. Y, oye, si vamos a seguir sacrificando intimidad, al menos que las gafas proyecten hologramas de dragones mientras caminas. Ya puestos, que sea algo épico.

Pero, ¿sabes qué? Todo esto no parece molestarle a casi nadie. Nos venden esta distopía como un avance. Porque, claro, es tan cómodo. La gente va feliz, cabeza baja, con sus teléfonos y relojes inteligentes, volviéndose gradualmente más dependientes, más solos y, vamos a decirlo, más tontos. ¿Familia? ¿Amigos? ¿Conexión humana? Bah!, eso es cosa del pasado, como los VHS o el Nokia 3310.

Más información, menos comunicación. Más tecnología, menos humanidad. Para cuando nos demos cuenta, estaremos solos, seres asociales con una playlist de anuncios personalizados sonando en la cabeza, ignorando el hecho de que, poquito a poco, nos estamos convirtiendo en ovejitas digitales. Ovejas que se miran en el espejo con gafas futuristas y piensan: "¡Qué cool soy!", mientras el pastor tecnológico les da una palmadita en la cabeza.

Así que sí, Mark, tráenos tus gafas mágicas. ¿Privacidad? ¿Para qué la queremos? Si total, seremos un rebaño feliz, guiados por el resplandor de nuestras gafas, directos al próximo algoritmo que nos diga qué pensar, qué comprar y, si se tercia, cómo sentirnos. Porque si ya somos ovejas, al menos que nos veamos bien mientras nos conducen al redil. Con suerte, el perro que nos pastoree tendrá alguna función de realidad aumentada para lanzarnos memes mientras obedecemos.

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