De los heavys a los hombres lobo Hola queridos, criaturas del algoritmo, flores del WiFi y víctimas del scroll infinito. Hoy vengo a hacer un ejercicio de arqueología humana: demostrar, sin ningún tipo de filtro ni dignidad, lo VIEJUNA que soy y lo exageradamente afortunada que fui al nacer en 1975 . Sí, cuando el Ebro solo tenía una orilla y el mayor hallazgo tecnológico era que el VHS se rebobinaba solo. Os pongo en situación. El otro día voy a recoger a mis hijos al cole, ese safari diario donde una ya va mentalizada como quien entra en una reunión de la ONU pero con mochilas con ruedas y, como siempre, de camino a casa me van contando sus aventurillas mañaneras. Que si uno ha traído galletas sin gluten, que si otro ha suspendido mates pero con autoestima alta, que si la profe ha dicho “chicos y chicas y chiques y chiquis y entidades conscientes”. Y de repente, mi hijo mayor suelta: —Mamá, ¿sabes lo que ha hecho un therian ? Perdón. ¿Un qué? ¿Un trapero? ¿Un entrenad...
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Mostrando entradas de febrero, 2026
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Escaños vacíos y maletas guardadas Hola, queridos. Poneos cómodos porque hoy vengo en modo diva fiscal ofendidísima pero elegante. Como ya os conté en otro episodio de “Autónoma al borde de un ataque trimestral”, cada tres meses me entran unas ganas irrefrenables de hacer la maleta, coger mi dignidad, mi portátil y largarme de este país con la misma energía con la que Beyoncé abandona el escenario tras un bis. Dramática, sí. Exagerada, también. Pero puntual con mis impuestos, siempre. Claro, mi marido no me tomaba en serio. Él estaba ahí, tranquilo, asalariado, con su nómina entrando religiosamente cada mes, viviendo en esa fantasía maravillosa llamada “retención automática”. Hasta que el otro día ocurrió. El despertar. El momento Matrix. Está él mirando su nómina, frunce el ceño y me dice: —Oye… este número que hay aquí al lado de mi sueldo… ¿qué es? Y yo, con mi mejor risa irónica, esa que mezcla ternura y ganas de decir “ay, criatura”: —Cariño… ese es tu sueldo. El de v...
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El suelo es lava Oh-Dios-mío. Queridos todos, hoy comparezco ante vosotros, metafóricamente subida a una caja de fruta, con bata de boatiné indignada ondeando al viento, para anunciar que HE LLEGADO AL LÍMITE DE MI PACIENCIA. Ese límite del que tanto se habla, ese que crees que es infinito… hasta que un día resbalas a dos centímetros de casa y ves tu vida pasar en cámara lenta. A ver, voy a explicarme despacito, que vengo con la vena del cuello latiendo al ritmo de un tambor tribal. Seguro que todos habéis oído ese dato tan moderno, tan europeo, tan de conversación de brunch: “En España hay más perros que niños.” Estupendo. Maravilloso. Nada dice “sociedad avanzada” como discutir si tu perro es intolerante al gluten mientras tú cenas cereales. El país avanzando hacia un futuro donde los parques infantiles serán sustituidos por circuitos de agility y los columpios tendrán dispensadores de bolsitas biodegradables. Pero no. Ese no es el dato que me tiene al borde del colapso ne...