Del burgués, al pringado. Una historia rural

Hola, queridos. Estaba yo esta mañana escroleando, porque una es culta, informada y profundamente moderna, café en mano, dedo suelto y dignidad media, cuando de repente zas, me aparece una noticia. Una de esas que no solo te informan, sino que te obligan a parar, levantar la vista del móvil y mirar al infinito como si estuvieras en una película española de los 90: plano largo, música tristona, cara de “esto antes no pasaba” y una sensación general, de me están engañando pero elegantemente.

Y claro, he pensado: esto no se pasa por alto, esto se comenta. Así que sentaos, relajaos, ajustaos la bata mental y vamos a reflexionar juntos, como sociedad civilizada… o lo que quede de ella a estas alturas. Vamos a hablar de la lotería en España, ese maravilloso invento que mezcla esperanza, matemáticas que nadie entiende y una fe casi religiosa en que “este año sí, cariño, lo noto. Porque la lotería no es solo un juego: es una promesa, una caricia al alma, un “¿y si…?” que te acompaña mientras sabes perfectamente que no.

Resulta que la lotería llega a España gracias a Carlos III, que la importó desde Nápoles como quien trae una receta exótica. En plan: “Mira qué mono esto, cariño: la gente paga por soñar. No ganan casi nunca, pero oye, se ilusionan.”
Y así, en 1763, el 10 de diciembre para ser exactos, se celebra el primer sorteo. Nada moderno, nada digital, todo muy ilustrado, muy peluca blanca, muy “
confía en el Estado, que sabe lo que hace”.

Pero la fantasía grande, la loteria tal y como la sufrimos hoy, nace en 1811 en Cádiz, por obra y gracia de Ciriaco González Carvajal, que dijo: “Tenemos la Hacienda hecha un solar por la Guerra de la Independencia… ¿y si hacemos que la gente nos dé dinero voluntariamente creyendo que puede hacerse rica?” Y oye, visionario.

Así nace la Real Lotería Nacional de España, presentada con una frase maravillosa:“un medio de aumentar los ingresos del erario público sin quebranto de los contribuyentes”. Es decir: no es un impuesto, pero lo pagas. Y sin engañarte, magia pura, ilusionismo fiscal.

En 1812 se hace el primer sorteo en Cádiz, luego va expandiéndose como una franquicia del capitalismo emocional: Cádiz, San Fernando, Ceuta, Andalucía… y cuando los franceses se van, la lotería entra triunfal en Madrid en 1814, donde ya se queda como quien no quiere perder el trono. Porque ya se sabe, una vez que pruebas la capital, ya cuesta volver al pueblo.

Luego llega Fernando VII, que decide que “Lotería Nacional” suena peligrosamente liberal, así que la cambia a “Lotería Moderna”, luego vuelve a Nacional, luego otra vez Moderna… en fin, el típico lío de nombres de quien no sabe muy bien si gobierna personas o conceptos. Incluso en la Guerra Civil cada bando tuvo su propia “Lotería Nacional”, porque si algo nos define como país es que ni para soñar juntos nos ponemos de acuerdo.

Pero venga basta de historia, vamos a lo que importa: el dinero, queridos. Lo que de verdad nos reúne aquí.

Año 2000. Qué época, qué fantasía. La recaudación rondaba los 1.894 millones de euros.
Año 2025:
3.554 millones. Porque la ilusión, como los impuestos y la ansiedad, nunca baja, solo se reinventa.

En el año 2000, el premio del Gordo por décimo era de 30 millones de pesetas, vamos 180.300 euros actuales. ¿Y sabéis qué era lo mejor de todo esto? Que Hacienda no tocaba ni un céntimo. Tú cobrabas, sonreías, brindabas y el Estado te decía: “Gracias por participar, reina.” Y se iba, sin drama, sin mordisco.


¿Y qué podías hacer con ese dinero?
Pues
vivir casi como un marqués venido a menos, pero feliz. Podías comprarte una vivienda nueva en Madrid por 29 millones de pesetas. Un piso decente, con paredes, con ventanas, con dignidad, no un “coqueto espacio diáfano con posibilidades”. Podías comprarte varios coches de gama media, porque un coche costaba unos 12.000 euros. O uno de lujo, si te sentías traviesa. O casa + coche + apartamento en la playa + tranquilidad mental durante años. Sí, tranquilidad. Esa cosa que ahora no entra en ningún presupuesto.

Y todo esto con el salario mas común de la época, unas 125.000 pesetas mensuales osea, unos 752 euros. Vamos que ¡te convertías automáticamente en un burgués de los buenos, de los que ya no miran precios, de los que dicen “luego vemos”, de los que no saben cuánto cuesta el aceite porque no lo miran.

Ahora despierta querido que viene la realidad del nuestros dias: Año 2025. Premio del Gordo: 400.000 euros. Y aparece Hacienda, sonriente, cercana: “Hola, soy tu amiga.” y por ese saludo tan cariñoso te quita 72.000 euros. Vamos que te quedas con 328.000. Gracias por venir, vuelve pronto.

¿Y qué haces hoy con eso?

¿Comprar una vivienda en Madrid? Claro que sí guapi. Según quien seas ni para la entrada. Porque ahora con ese premio si quieres una casa tienes que mudar te a una capital de provincia: Logroño, Zaragoza, Valencia, Sevilla… precioso todo, ojo, no nos quejamos. Ahí, con suerte, algún pisito medio mono igual cae.
Y si te
empeñas en quedarte en Madrid, aportas una entrada “sustancial” y luego rezas, rezas fuerte, para que tu querido proveedor de pasta, osea, tu colega del banco, tenga a bien concederte el resto. Todo esto teniendo en cuenta que el salario más común en España es de 1.381€. Ahora ve tú al banco, sonríe, y pide una hipoteca. A ver qué tal va la experiencia.

¿Coches? Sí, claro. Quieres gama alta?… pues mira a ver el mercado de segunda mano. Porque el lujo ahora también se recicla.

En resumen: Has pasado de ser un burgués a, 25 años despues, ser el mismo pringadillo, pero con algo más de aire para respirar. Un poquito, no te emociones, no te vengas arriba.

Y a que viene todo esto, tranquilidad queridos, ahora voy.

Villamanín, León. ¿Os suena? Un pueblito encantador. Toca el Gordo. Alegría, besos, eurofria y champán como si no hubiera un mañana. Hasta que, presuntamente, alguien se queda con más papeletas de la cuenta, otros dicen que fue un inocente error. Siempre se trata de un error cuando hay dinero.

Cada boleto debía cobrar 72.000 euros tras el saludo a hacienda. Pero como hay más papeletas de las que toca, algunos proponen una quita común y cobrar 60.480 euros cada uno. Oye, menos da una piedra, ¿no? que antes no tenían nada.

Y de repente, un pueblo tranquilo, donde sus gentes se saludaban amablemente por las calles, se convierte en Los Juegos del Hambre por 11.500 cochinos euros.

Y alguien dirá:“¿Cómo que cochinos euros?” No os pongáis nerviosos queridos que aquí es exactamente donde yo quería llegar. Porque esos 11.500 euros no son cochinos. Son sagrados, son intocables, son el límite moral de la civilización.

Porque mira qué curioso: cuando viene Hacienda, sonriente, perfumada y con la mano extendida, y decide que te quita parte del premio, decimos amén.
Porque cuando el sueldo ya no da ni para llegar a mitad de mes, decimos amén.
Porque cuando suben los impuestos, aparecen otros nuevos con nombres creativos y seguimos pagando por respirar, decimos amén.
Porque cuando vivimos objetivamente peor que hace 25 años, trabajamos más, cobramos menos y compramos peor… decimos amén.
Todo amén, todo correcto, todo normalísimo.

Ahora bien. Que tu vecino Paco, el del tercero, al que saludabas todos los días, presuntamente haga exactamente lo mismo que lleva décadas haciéndote el sistema, y ahí no. Ahí se acabó la comprensión, ahí sacas el colmillo, ahí te transformas.“No sin mis 11.500 euros, Paco.”

Y ojo, no digo que no tengas razón que la tienes. Pero es fascinante cómo nos han educado para tolerar el atraco elegante y organizarnos solo contra el atraco cutre.
El de traje y sello es gestión. El del vecino es traición.

Nos quitan miles al año en silencio y lo llamamos normalidad.
Nos quitan poder adquisitivo, tiempo de vida y futuro, y lo llamamos madurez.
Nos venden que es lo que hay, que no se puede hacer nada, que otros están peor… y
asentimos como muñecos del salpicadero.

Eso sí, luego nos indignamos mucho. En el bar, en el grupo de WhatsApp… Con un “esto no puede seguir así” seguido inmediatamente deno hacer absolutamente nada.
Porque oye, quejarse sí, pero mover el culo ya...

Y ahí está la pregunta incómoda, queridos, la que no queremos mirar de frente porque arruina el vermut: ¿cuánto te están quitando cada día… y desde hace cuánto tiempo?

Haz cuentas. O mejor no las hagas, porque cuando veas el resultado igual entiendes por qué vivimos cansados, cabreados y resignados… pero seguimos comprando el décimo.

Porque soñar no cambia nada. Pero anestesia de maravilla.

Y oye, por solo 20 eurillos, ¿quién se resiste?



Comentarios

Entradas populares de este blog