Cuidadito pequeñuelos, hay una nueva Mari en el corral

Ay, las Maris… LAS MARIS. Mis queridas, idolatradas, envidiadas y, sobre todo, secretamente temidas Maris. Porque sí, queridos, todos hemos visto alguna vez a una Mari en acción y hemos sentido ese sudor frio recorriéndonos la espalda. Son como las jefas finales de un videojuego: te las encuentras en el súper, en el banco o en la frutería y sabes que, si se ponen serias, no hay cajera, ni funcionario, ni decreto ley que pueda con ellas.

Esas heroínas del día a día que, aunque lleven la permanente más apretada que el moño de una folclórica en pleno directo de TVE, se plantan en la vida con la seguridad de quien ya ha sobrevivido a todo: guerras, crisis económicas, bodas de tres días, comuniones con marisco sospechoso, reuniones de vecinos y al mismísimo Ikea. Y han salido vivas. Y encima con la vajilla intacta, los muebles montados y la dignidad por las nubes.

Las Maris. Esas mujeres que tienen un currículum que ni la NASA: máster en economía que ríete tú de los de Harvard, cátedra en cocina tradicional, doctorado en paciencia con hijos, nietos, suegras, vecinos, cuñados y hasta el del butano. Y esa habilidad legendaria para colocarse en cualquier cola, la que sea: del pan, del banco, del ayuntamiento, del concierto de Bisbal, o incluso del sorteo de Navidad y zas!, teletransportarse mágicamente al principio. Es como si hubieran hackeado la Matrix, pero en zapatillas y con el bolso lleno de tickets y caramelos de menta sueltos.

Y no es solo eso. Las Maris no solo saben hacer un cocido de esos que resucitan a un muerto en tres cucharadas. También tienen ese superpoder de: yo te arreglo el armario de Ikea con una cucharilla de postre, cinta aislante y un trozo de alambre que guardé ‘por si acaso’ en el 98. Y encima, cuando salen de la tienda, siempre, siempre, siempre… se llevan lo mejor. Es como si tuvieran un radar interno que les vibra cuando hay una ganga.

Y hoy, aqueridos, tengo que confesarlo: hoy ha nacido una Mari. Sí, sí, que no os engañe esta carita angelical que conserva el cerebro congelado en los 30 recién cumplidos. Porque como no me miro mucho al espejo, mi cerebro está ahí en plan: tranqui, reina, sigues joven, sigues diva, las arrugas son un invento del capitalismo. Pero claro, la gente de la calle me ve tal cual, sin estar condicionada y no se traga ese filtro. Y hoy lo he comprobado.

Os cuento. Voy al súper, uno de esos que le ponen a todo el 3x2 porque parece que les da miedo vender algo normal. Que ya casi te obligan: ¡llévese tres litros de lejía por el precio de dos, aunque viva en un estudio de 40 metros cuadrados y no tenga ni fregadero! Pero yo, como buena aprendiz de Mari, veo un agujero legal. Y digo: de cabeza, cariño, que aquí hay oro.

La trampa estaba en las pastas de dientes. El cartelito decía clarinete: “3x2 en formatos de 75 ml y 50 ml”. Perfecto. Yo cojo 3 packs de dos pastas de 75 ml. Vamos, que ni la CIA podría decirme que no vale. Llego a caja, y la cajera, una jovencita monísima, con ojos brillantes de “aún me quedan sueños por cumplir”, no me hace el descuento. Yo, claro, le digo: “perdona, pero el descuento en las pastas de dientes ¿por qué no está?”. Y ella, con esa ternura de quien aún no sabe que la vida es una hipoteca y que el wifi no siempre llega a todas partes, me suelta: “ah, es que es solo para formato de 75 ml.”

Yo saco mi as bajo la manga. Le enseño la caja, donde pone CLARAMENTE 75 ml. Pero nada, ella me mira con esa mirada que significa: “ya me ha tocado la pesada de la semana”.

Llama a la supervisora. Otra chiquilla encantadora, también en prácticas de paciencia, que viene con esa sonrisa de: “a ver cómo le digo a esta señora que no sin salir herida de aquí”. Y repite el mantra: “es solo para formato de 75 ml, esto es un pack”. Yo, inmutable, cual estatua de sal pero con bolso le digo: “Mira la caja 75 ml. ¿Dónde pone que los packs no entran?”.

Silencio. Ellas se miran. Yo les intercepto el mensaje telepático: “Tía, qué hacemos con esta… que no se rinde. Misión imposible cari.”

Entonces, ¡atención! aparece la jefa máxima. Un poco menos jovencita, pero aún con esperanza de pillar un vuelo barato a Ibiza. Y me dice: “mire, señora, no entra porque es un pack”. Y yo, con toda la calma, le digo: “Aha, ¿y dónde pone que los pack no entran?”.

Ella, con cara de “se me está acabando la paciencia y todavía no he fichado para salir”, responde: “no hace falta ponerlo, ya se entiende”. Y yo, como si fuera Perry Mason, le vuelvo a señalar la caja: “75 ml.”

En ese momento pasó. Ese instante mágico. Me miró fijamente a los ojos y… lo vi. Vi mi nuevo poder. Vi una alfombra roja que me llevaba directamente a la puerta del Club de las Maris, con un coro celestial de señoras aplaudiéndome y aclamándome en bata y rulos, todas con sus grandes bolsos en la mano. Y de la boca de la supervisora ha salido la frase que me ha cambiado la vida:

—“No pasa nada, no entra pero se lo vamos a hacer igual.”

¡¡¡Dios mío!!! ¡¡¡Me han dado la razón sin pelea!!! Eso es como desbloquear el último nivel del videojuego. Eso ya no es insistir, eso es superpoder. Eso es ascender oficialmente en la jerarquía Mari. ¡Queridos, queridas, saludad a la nueva Mari oficial!

Lo sé, tengo que aprender a gestionar este nuevo estatus. Seré cauta, seré prudente, prometo no abusar… (bueno, un poquito sí). Porque ahora, amigos, ya no soy una ciudadana normal. Ahora tengo mi carnet invisible de Mari, que me da poderes que ni los Avengers.

Así que, id entrenando vuestras excusas, porque la próxima vez que me toquen la paciencia, sacaré todo mi arsenal Mari: el bolso gigante con mil tickets de compra, caramelos de menta con pelusa, la mirada láser que atraviesa almas, y esa frase definitiva que no falla: “perdona, bonita, pero eso NO es así.”

Y entonces, queridos… no habrá escapatoria. Porque ser Mari no es un hobby. Es un estilo de vida. Es tener radar para las ofertas, temple para las colas, diplomacia para las discusiones y cara dura para el mundo entero. Y yo, oficialmente, he cruzado al otro lado cariño.

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